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Derechos fundamentales

Pluma Invitada

Desde el día que perdí mi libertad frente a dos machetes desenvainados, he cuestionado la existencia de los derechos como lo entiende la mayoría de las personas. Yo sabía en ese momento, instintivamente, que yo no tenía derechos y que pararme a exigirlos hubiera significado mi muerte.

Lo único que podía hacer en ese instante era actuar sobre la suposición, no puesta a prueba por mí hasta ese momento, que los seres humanos son racionales. Mantuve la calma y me quedé sentada sobre el tronco que había usado como sillón para ver el valle de Itzapa y el volcán de Agua en la distancia desde una colina en Chimaltenango. Salir huyendo hubiera significado o mi culpabilidad o que quienes se me enfrentaban eran animales incapaces de razonar. Ninguna alternativa hubiera suscitado una reacción positiva para mí. Respondí a sus preguntas y me devolvieron mi libertad.

Todo derecho es condicional, depende de la voluntad del que necesita obligarse a respetarlo o otorgarlo para que exista. No puedo exigirle a un tigre que respete mi libertad, igual que en ese momento, a esos dos hombres armados, cuyas mujeres tenían miedo de que yo me robara a sus niños, no les podía exigir nada sin consecuencias demasiado desagradables para contemplar. Desde ese momento, como adulta, que me vi sin libertad, he luchado intelectualmente con este hecho. Hubo un momento en que llegué a creer que los derechos no existían.

Y, de cierta manera, tenía razón, no forman parte de las leyes físicas del universo. Únicamente existen en una dimensión social entre seres con libre albedrío, seres quienes, a través de la razón, pueden modificar sus intenciones al distinguir y poder escoger entre varias opciones. Sin embargo, no por eso, dejan los derechos de ser condicionales. Mientras uno tenga los medios para defender su libertad y su propiedad, los tiene. Si no, los puede perder.

Por eso, para mí, la lucha por tener libertad y otros derechos necesita ser librado en la dimensión intelectual, en el plano de la razón. Para los tigres y otros poderosos, basta su poder para tener lo que quieren, para el resto, no nos queda más que razonar, negociar, y formar alianzas. Pero ni la razón ni las ligas sirven si los opositores son más poderosos. Y, los números son poderosos e implacables.

Sólo puede negociarse y razonar con individuos o grupos que podrían quedar fuera de la protección de un grupo lo suficiente numeroso para poder defender a sus miembros. Al final, en el mundo, podrían enfrentarse dos grupos igualmente numerosos y poderosos, pero al luchar por supremacía, muchos de sus miembros individuales podrían perderlo todo, de ambos lados. Los números no piensan, los individuos sí y la razón es la única arma que tenemos.

Sin embargo, los números siguen siendo importantes. Alianzas siguen siendo importantes; la economía sigue siendo importante, para todos. El reto es ¿cómo razonar y persuadir a los que tienen los números para que respeten la libertad y propiedad de quienes no tienen poder? Hacerles ver que no son invulnerables y que su fuerza empieza con el individuo.

Mi ensayo de persuasión se ha desviado de la línea tradicional libertaria al abandonar la idea que los derechos son inviolables. Para muchos, demasiados, ni la libertad, ni la propiedad, ni los contratos son inviolables. Para ellos, al verse en desventaja frente a los que tienen más propiedad y más poder, lo axiomático es la igualdad, la educación, la salud, etc. Y, ellos son los más numerosos. Ellos imponen sus condiciones.

De manera poco inteligente, o sea sin razonar bien con una preponderancia de información válida, muchos poderosos, al verse en desventaja ante números más grandes, han querido concederles muchas de sus demandas. Lo han hecho sin ver que, al obligar a todos a someterse a la fuerza mayor del gobierno para dar y quitar, arriesgan destruir todo lo que hace posible lo ganado y lo regalado.

El problema con la tradición es que conserva basura junto con tesoro, sin que la mayoría pueda distinguir uno del otro. Eso incluye la tradición libertaria o liberal, como lo queramos llamar. El hecho que lo hayamos aceptado sin analizarlo minuciosamente ha permitido que los políticos “liberales,” como usan el término en Estados Unidos, coopten la palabra derecho para conseguir votos y aumentar su poder sin que hayan analizado las consecuencias de lo que hacen, tampoco.

Hay que entender que la idea de libertad y de propiedad se dio entre iguales, personas que podían defenderse de los ataques a su libertad y propiedad de quienes los rodeaban. Para no desgastarse en peleas infructuosas, acordaron, explícita o implícitamente, respetarse. Con el crecimiento del intercambio pacífico que se dio bajo estas circunstancias, surgió el comercio y el mercado.

Con el comercio y el mercado, crecieron las ciudades y la necesidad de acuerdos más formales entre extraños, los contratos, cuya validez fue respaldada por la comunidad de comerciantes. Fueron los contratos los que dieron luz a la idea de los derechos y obligaciones. Los romanos perfeccionaron todo lo relacionado con el contrato dentro del derecho romano.

En las ciudades, empiezan a afianzarse los vicios más obscuros de los números. Cuando había disputas, era la mayoría la que respaldaba a un lado o el otro. Por supuesto que, cómo en cualquier situación, se dan los abusos y la mayoría respalda a quien les de más ventaja porque, por supuesto, todo está abierto a la negociación, incluyendo el respaldo. Eso lleva a las perversiones que todos hemos conocido con la democracia.

No voy a enumerar todas las innovaciones desde los tiempos de oro de la antigua Grecia hasta los tiempos de oro del liberalismo que se han dado para frenar esas degeneraciones, basta con decir que estamos en jaque otra vez ante el abuso tradicionalmente relacionado con la democracia. Basta decir que no hemos encontrado una base intelectual sólida para los principios liberales.

En mi búsqueda de esta base sólida, he rechazado cualquier cosa como dogma, como sacrosanto, que no pueda ser dudado, incluyendo la idea que la libertad y la propiedad sean derechos. Para mí, si nadie se ha comprometido explícitamente a respetarlos, no es un derecho. Todo derecho conlleva una obligación libremente adquirida, sin coacción, ni engaño.

Entonces si no hay obligación libremente adquirida, no hay derecho que pueda reclamarse y justificar el uso de la fuerza para hacerlo valer. Esto anula todo reclamo por “derechos sociales,” que no son más que el uso de la fuerza que los votos les dan a los políticos.

Nadie está más interesado que yo en tener un fundamento concreto e inviolable para la libertad y la propiedad. Empero, esto parece haberme hecho entrar en conflicto con mis amigos liberales o libertarios porque me niego a referirme a la libertad y la propiedad como derechos, por la falta de obligación voluntaria de parte de los demás, derechos que, por cierto, los políticos socialistas se empecinan en negar como fundamentales porque eso no permitiría que la propiedad pueda ser arrebatada legalmente a sus dueños para poder cumplir con sus promesas de campaña.

El problema entonces es: cómo darle a la libertad y propiedad ese fundamento intocable. Se tiene que apelar a lo que sus detractores más valoran, lo que les da la ventaja contra los poderosos, emprendedores, prudentes, trabajadores, y hábiles. No se llaman socialistas por nada. Son inteligentes y compiten con empresarios por recursos y el único recurso al que pueden acceder son las masas. Dependen de su fuerza numérica. Son empresarios de las masas y hay que verlos en esta luz, más fríamente.

Hay que quitarles la justificación que utilizan para embaucar a las masas. Hay que hacerles ver que, sin la libertad y la propiedad, no hay sociedad. Que sin contratos libremente acordados no hay derechos de ningún tipo, no hay intercambios pacíficos, no hay comercio, no hay mercado, no hay economía, no hay trabajo, no hay producción en gran escala, no hay riqueza que se pueda distribuir pacífica o coactivamente.

Y si los políticos son nihilistas, hay que hacerle ver explícitamente a las masas que la fuente de sus beneficios es la sociedad, que nadie hace sociedad con quien usa la coacción o el engaño para obtener lo que quiere, o quienes incumplen con sus obligaciones libremente adquiridas, o quienes hacen daño sin compensar equitativamente. Hacer cualquiera de esas cosas a nivel de legislación es socavar las bases de la sociedad que la sostiene y origina todos los beneficios que esta produce.

Si se tiene que usar la palabra derecho para la libertad o la propiedad porque está tan arraigada en la costumbre, hay que llamarlos derechos fundamentales, los únicos que no se pueden negociar si queremos sociedad y no una finca de patrones y humanos domesticados. Son el fundamento para cualquier sociedad, cualquier asociación, cualquier comunidad, cualquier agrupación pacífica de personas, hasta de animales. Sin sociedad, sólo puede haber guerra, revoluciones, sabotaje, jungla donde impera la ley del más fuerte. Por eso siempre fracasa el socialismo.

Aun entre animales, si no se respeta la libertad y la propiedad, hay guerra, eso sí, entre quienes tienen las posibilidades de ganarla; los demás tienen que salir huyendo. La libertad y la propiedad son así de fundamentales; la alternativa es la guerra por infinitos medios, el más atractivo siendo el socialismo. Pero, aunque el cerebro humano dota a casi cualquier hombre o mujer con las posibilidades de ganar, no necesariamente le concede la victoria, especialmente si mata a la gallina de los huevos de oro.

Este artículo está dedicado a Luis Enrique Pérez, quien no me ha dejado en paz con su insistencia en denominar a la propiedad y libertad como derechos. Tangencialmente, a Andrés Ayau, quien creo que se ha alejado de mi por lo mismo. Saludos y el más grande cariño de una aliada en la misma lucha.

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