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Un heroico maestro de la libertad

Pluma Invitada

Expresión de gratitud al profesor Armando de la Torre

El católico E. Michael Jones relata que Napoleón le dijo al cardenal Consalvi: “¿No se da cuenta de que, si yo quisiera, podría destruir la Iglesia?” Consalvi respondió: “Su Majestad, incluso nosotros los clérigos no lo hemos logrado en casi 2,000 años.” Supe de ese suceso durante una cátedra magistral de Religiones Comparadas impartida por Armando de la Torre.

En una cátedra sobre mujeres extraordinarias en la historia de la humanidad, también impartida por él, supe de la banalidad del mal sobre la cual trató la filósofa Hannah Arendt cuando Adolf Eichmann, en Jerusalén, pretendió justificar su participación en el exterminio de judíos en los campos de concentración del nacionalsocialismo.

Precisamente Armando de la Torre puede disertar sobre la historia de la iglesia católica y luego, con igual competencia, disertar sobre un tópico de un género completamente distinto. Y Armando agrega, a su extraordinario conocimiento de los más diversos tópicos generalmente humanísticos, su convicción sobre el valor de la libertad en la civilización occidental, y su persuasiva exhortación a combatir por ella, y defenderla y conservarla.

Desde su trinchera en las aulas universitarias Armando ha declarado la guerra al totalitarismo; y ha llamado a los jóvenes a perseguir un elevado fin moral: Vox enim ad libertatem vocatis est, es decir, Jóvenes, vosotros sois los llamados a conquistar la libertad. “Un hombre no es más que otro si no hace más que otro”; y él, con la dedicación de su vida a educar y predicar el ideal de la libertad, ha sido más que otros.

En Occidente contienden dos ideales incompatibles: la libertad y la igualdad. Son incompatibles porque la libertad conduce de manera natural a una legítima desigualdad; y la igualdad (si fuera posible) conduce a una ilegítima supresión de la libertad. Y Armando afirmaría que la única igualdad admisible moralmente es aquella que consiste en la igualdad de libertad. Todo intento de igualarnos, sea cual fuere, frustra esfuerzos, destruye sueños y causa injusticia.

El marxismo ha muerto y “no hay agua suficiente que pueda limpiar de sus manos la sangre derramada en su nombre”. Con la cantidad de cadáveres que carga el comunismo como si fuera su mejor faena, ¿cómo comprender las razones por las que profesores y académicos siguen predicando el marxismo, y venerando a Marx, y esperando la redentora revolución que propugnaba? Quizá una razón es la envidia y el resentimiento o, como dice Ludwig von Mises, la ambición frustrada, es decir, la ambición de aquellos que creen ser mejores; pero no demuestran serlo en una sociedad que demanda no meramente la presunción de ser mejor, sino esa demostración de serlo.

Armando, sin tiempo que perder con su agudo análisis, ya ha manifestado su inquietud por la persistencia del marxismo y la obstinación de sus predicadores. No solo ha manifestado esa inquietud. También, con persistencia, pero no con obstinación sino con tenaz razón, dotado de rara elocuencia y de una apasionada vocación pedagógica, ha combatido al marxismo y a sus predicadores. Ha combatido ese totalitarismo que intenta resurgir entre las ruinas que legó el benéfico derrumbe de aquel imperio ideológico, de aquel imperio que impuso la más oprobiosa servidumbre humana que ha contemplado la historia. Aludo al derrumbe de la alianza que se llamó Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Bueno, ya será una lucha que tenemos que emprender las siguientes generaciones. Armando: es tu turno de disfrutar tu hogar y tu linaje. Tus memorias y tus honras. Y en mi caso, es mi turno agradecerte el enriquecimiento moral e intelectual que has provocado en mí.

En el diálogo El Banquete, Platón afirma que “los buenos hombres asisten sin invitación a los banquetes de los otros buenos hombres.” Y así yo me he infiltrado a los banquetes armandianos; y he mantenido durante más de quince años una noble amistad. Siempre que le he buscado, lo he encontrado. Es amigo, maestro y aliado. Y le rindo gratitud. Por él logré toparme con grandes pensadores e ideas entre las que destacan las palabras tan sabias de Kant: “Dos cosas llenan mi ánimo de admiración y respeto, de manera nueva y creciente: el cielo estrellado sobre mí, y la ley moral dentro de mí.”

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