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Los extremos nunca son buenos

Poptun

No hay duda que el arribo de Trump al poder en Estados Unidos, abrazando el patriotismo y rechazando el globalismo, sólo incrementó la polarización en ese país.  El escritor francés Guy de Maupassant, refería que el patriotismo es el huevo de donde nacen las guerras. Y es que un patriotismo tergiversado suele ser una amenaza cuando promueve ideas intransigentes porque pueden provocar graves daños a la sociedad.

Una muestra fehaciente es el discurso profesado por Trump con su slogan que lo llevó al poder: “Devolvámosle a los Estados Unidos su grandeza” una frase patriótica que, en lugar de promover la unidad nacional y los valores que crearon esa Nación, tuvo una consecuencia adversa: sólo avivó grupos de extrema derecha, la discriminación, el racismo, la xenofobia.

Los grupos extremistas de derecha han provocado una serie de ataques terroristas en ese país, ya que expanden un discurso de odio y pretenden construir una unidad nacional obligatoria, eliminando a través de la violencia o intrigas, a aquellos que piensan y opinan distinto. Esa circunstancia ha transformado a la sociedad norteamericana, pues somos testigos de cómo el país de las libertades camina hacia el fascismo, y convierte a los mismos estadounidenses en sus propios enemigos.

El asalto violento al Capitolio estadounidense, el 6 de enero de 2021, es una señal del fanatismo que promueven las ideas extremistas, puesto que acredita que las pasiones irascibles ciegan a quienes las profesan, ya que absurdamente, en lugar que los partícipes se enorgullezcan de poseer un sistema democrático fuerte, pretenden librarse de ese modelo político, y convertir a EE.UU. en una democracia fallida.  Ahora la democracia como sistema político peligra en el globo terráqueo, luego que la potencia que la promueve y defiende, quedó ridiculizada a nivel mundial y llena de sombras por haber sido incitada la insurrección desde adentro del gobierno y porque posiblemente quede en la impunidad.

Las ideas extremistas son muy peligrosas.  Esas doctrinas han creado monstruos como Adolf Hitler, Benito Mussolini, Francisco Franco, entre otros. Así mismo son provocadoras de guerras, luego que la Primera y Segunda Guerra Mundial, se originaron por la expansión de ideas radicales que facilitaron la comisión de actos atroces y de barbarie en contra de la dignidad humana de millones de personas. Sin embargo, las ideas extremistas no sólo son de derecha, sino que también de izquierda. Josef Stalin, es un ejemplo que también del lado izquierdo hay dictadores y que el totalitarismo puede reinar en líderes de derecha o izquierda.

Las ideas extremistas han derramado sangre innecesaria y son una justificación para atropellar derechos humanos. Las ideas extremistas son un legado de esos líderes negativos y de las dictaduras que muchos países han vivido. No obstante, los extremos nunca son buenos, luego que las posiciones políticas extremas despiertan sentimientos de odio, resentimiento, venganza, que no facilitan la convivencia, ni la tolerancia, ni la empatía, ni solidaridad y sólo generan convulsión, conflicto y violencia.

Las ideas extremas incontroladas, tal y como ya lo indiqué, han generado en el pasado, la vulneración de derechos humanos, dolor y muerte. La profusión de ideas extremas, sin lugar a dudas, desarrollan el fanatismo en su máxima expresión.  La Segunda Guerra Mundial, es el mayor ejemplo de lo que es capaz la humanidad bajo la influencia de esas ideas, y es por eso que la Declaración Universal de Derechos Humanos decretada al finalizar la misma, es un instrumento jurídico que no sólo es útil para promover el respecto y protección a los derechos humanos y libertades del hombre, sino que especialmente sirve de recordatorio para “no permitir nunca más la barbarie y ultraje a la dignidad humana”.

Superar la polarización es importante para que haya paz y el goce efectivo de los derechos humanos.  Abandonar los extremos ideológicos y transitar por el centro, es un signo de madurez y necesario para que prevalezca la igualdad, la diversidad y la inclusión que suscite la convivencia humana pacífica, porque “Aceptar, respetar y comprender que existen otras opiniones, otros puntos de vista, es el gran principio de la sabiduría”.  Recordemos que ser diferentes y pensar distinto no nos convierte en enemigos.

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