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Soñamos con el fin del mundo

Sueños…

Era el mediodía en el Capitolio, el nuevo presidente de la principal potencia del mundo pronunciaba su discurso de aceptación del cargo ante una multitud de soldados y banderas. Todo lo contrario, al sueño de todo mandatario, al asumir el cargo, es ser vitoreado por las multitudes enardecidas al verlo tomar el juramento. Este 20 de enero, solamente había banderas, soldados y armas, todos en un silencio sepulcral.

Todos nosotros, al igual que Joe Biden, nos levantamos todos los días con incertidumbre sobre el futuro. Cada mañana, el azul del cielo, la hermosa luz solar y el despliegue del viento aromatizado de las montañas nos trae una realidad estigmatizada. Nos acompaña la incertidumbre de la continuidad de la pandemia mundial, la crisis del desempleo, el riesgo de la inflación, el ver la mayoría de los locales comerciales vacíos. No llegará febrero con la algarabía de los estudiantes, de los niños con sus mochilas pesadas de cuadernos.

Pero, no perdemos la esperanza de un futuro mejor. De un ser humano consciente de su impacto negativo sobre la naturaleza y las especies. Confiamos en que la sociedad civil será capaz de reiniciar el rumbo de la esperanza y que los humanos podremos reconstruir la sociedad con un consumo mínimo, con el control de la población y la creación de grandes áreas naturales protegidas.

Estamos ante la gran coyuntura. Escogemos el camino de la democracia equitativa y solidaria, construyendo seres humanos nuevos, educados, respetuosos de la naturaleza; o vamos hacia la catástrofe: las guerras, las pandemias, la cultura del petróleo, el control de la inteligencia artificial, el desempleo, el humano obsoleto e innecesario. La cuestión clave es crear un sistema económico-social con respeto al 50% de la naturaleza virgen o continuamos el camino de la eficiencia, productividad y consumo destructivo del planeta.

Puede ser ingenuidad. Pero el centro del problema pasa por el desenlace de la sociedad de Estados Unidos. El imperio con discurso democrático está en riesgo, y con él toda la humanidad. La catástrofe será peor sí en este nuevo combate triunfa el capitalismo feudal de Rusia o China. La catástrofe anunciada del imperio yanqui gira en torno a que perdió su razón de existir. La presidencia de Biden estará marcada por la disyuntiva: continuar la estrategia de una superpotencia dominante basada en la fuerza militar y la búsqueda de recursos materiales y humanos baratos que generan tensiones y confrontación internacional. O, la búsqueda de una alianza que establezca una lógica humana de convivio con la naturaleza, generando estrategias de protección de las especies y sociedades humanas basadas en principios democráticos de convivencia pacífica, respeto a los derechos humanos y consumo mínimo de supervivencia, que sea una esperanza para el planeta.

Algunos analistas consideran que estamos ante el fin del imperio yanqui, ya que, al desaparecer la URSS, perdió su enemigo fundamental y su razón de existir. Ciertamente, al terminar la segunda guerra mundial Estados Unidos pudo convertir la nueva era en un segundo renacimiento, tenía el monopolio militar del mundo, tenía la simpatía del planeta, producía cerca del 60% de la producción mundial; en fin, era la única superpotencia. El segundo renacimiento, que aún se espera, sería un mundo respetuoso de la naturaleza y sus especies, con un sistema económico de producción abundante y repartida equitativamente, con inversión en educación, salud y protección de todas las especies.

Todo falló, Estados Unidos fue orientado por el complejo financiero-militar-petrolero hacia una estrategia de control militar y promoción de confrontaciones que justifiquen el gasto militar. Aquella parecía la vía para fortalecer el liderazgo de Estados Unidos, y el aumento de la tecnología y el conocimiento de armas parecía darles la razón. Pero al final, nos encontramos con un imperio encadenado en sus propias redes, un mundo sin esperanzas y el auge de ideologías totalitarias en todo el mundo.

Construir un sistema democrático mundial, con respeto a los derechos humanos y respeto a los derechos de las otras especies a vivir en condiciones naturales es el único fin positivo para una nueva era. El esfuerzo de un nuevo mundo es indispensable en América, en donde viven una gran cantidad de países en medio de la pobreza, el analfabetismo, la desnutrición, basta observar los datos de baja productividad. En los países desarrollados y ricos el PIB per cápita es de $60 mil, en los países de clase media entre 10 y 20 mil; los pobres menos de $5 mil. Allí surge la desesperación por emigrar al norte, hacia un futuro ilusorio. Aquí tenemos, algunos ejemplos de baja productividad, resultado de administraciones estatales ineficientes y corruptas:  Haití, 697 de PIB/pc; Nicaragua, 1,830; Honduras, 2,590; Belice, 3,970; El Salvador, 4,020; Guatemala, 4,380.

Podrá la administración Biden promover la educación, salud, pequeña empresa y protección del ambiente con el fin de mejorar el nivel de vida de todos. O, nos ofrecerá confrontación. Soñamos con el fin de un mundo de guerra y confrontación, queremos un nuevo renacimiento.

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