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El expresidente de Guatemala Juan José Arévalo Bermejo, afirmó que “Las universidades y todo centro educativo se justifican por los maestros que en ella enseñan y si en ellas no hay buenos maestros, lo mejor es cerrarlas porque degeneran en negocio y en simulación”. Esta máxima nos advierte visionariamente, lo que debe ser educar.

Es un hecho que las y los docentes están al centro de todo proceso educativo. Sin ellos nada se puede, con ellos, todo es posible en la capacitación de competencias y en la formación de una conciencia ciudadana enhebrada con un conjunto de valores que enaltecen a la humanidad.

Efectivamente, si la educación es el eje necesario para dar un salto cualitativo en nuestra sociedad, se nos plantea como cuestión de orden central, la formulación de los fines de esta que se orientarían a definir el tipo de programas que se enseñarán a los niños, a los jóvenes y a los adultos. Hoy, existen nuevas demandas cognitivas del trabajo y la exigencia de los empleos nos apura a pensar que el tema de las nuevas competencias en los currículos escolares, se convierte en una urgencia a resolver de manera seria y con un fundamento epistemológico del sentido de la palabra educar. Como afirman los teóricos de la educación al decir que el contenido de los currículos escolares se aloja en el mundo que los sujetos aprendientes viven y vivirán, tomando en cuenta que cada uno de nosotros, somos hijos de la historia. El propósito de la escuela, dicen, es formar a los estudiantes para que contribuyan a crear una sociedad mejor, más humana, más equitativa. La pregunta fundamental en todo esto es ¿cómo educar?

Entendemos que el nuevo papel de la educación y el conocimiento en la sociedad supone definir el rol de las y los educadores. Los docentes no sólo deben estar convencidos de las virtudes del cambio educativo, sino comprometidos para llevarlo a la práctica en su quehacer cotidiano con sus estudiantes. Los enfoques verticalistas y burocráticos no son viables en estos procesos, en los cuales se deben alcanzar consensos con los diferentes actores que generen acuerdos básicos, particularmente, en lo que se refiere a las nuevas demandas que la sociedad exige a la escuela.

No debemos olvidar que educar es una tarea que hoy más que nunca debe contribuir a superar problemas centrales como la degradación del ambiente, la violencia desenfrenada, la discriminación, el alto índice de desnutrición infantil, la pobreza galopante, el desempleo, la crisis económica, la producción de alimentos, la migración que no para hacia el norte a pesar de que los migrantes enfrentan un drama familiar e individual. La corrupción entronizada que parece un cáncer difícil de extirpar y como colofón de esta realidad, la presencia de la pandemia que agudiza el sistema de salud maltrecho, lo cual, se constituye en un aguijón para las autoridades educativas a fin de apresurar el paso hacia la alfabetización digital. En ese sentido, se debe preparar para aprender a aprender, tal y como afirma Unesco. El educador, debe educar en ciudadanía.

Interesa destacar, el papel del profesorado que ha de tener la misión, entre otras, de desarrollar la competencia cívica en sus alumnos. Formar niveles de afectividad que predispongan a las y los alumnos a actuar con una orientación comunitaria, motivado por el sentido del deber y la responsabilidad. Consolidar las conciencias ciudadanas predispuestas hacia el interés general y en el fortalecimiento de las virtudes de la humanidad.

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