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De transfuguismo y peores males

Evolución

Se conoció que el miércoles de esta semana se intentó introducir en el Congreso una propuesta de reforma a la Ley Orgánica del Organismo Legislativo cuyo objetivo sería dejar sin efecto algunas de las restricciones que existen para que diputados que han formado parte de bancadas de un determinado partido puedan integrar otros bloques legislativos como resultado de una escisión dentro del partido al que pertenecieron, y con la posibilidad de conservar los cargos que ocupen en comisiones y junta directiva. El esfuerzo resultó infructífero y algunos diputados, más por la conveniencia propia que les representa eliminar rivales políticos, lo denunciaron como un intento de reactivar el transfuguismo.

En realidad, la mayoría de diputados se han dado cuenta del grave error que cometieron, más aún en función de sus mezquinos intereses, cuando aprobaron las reformas que sancionaban a los diputados que se cambiaban de partido o de bancada, vedándoles la posibilidad de ocupar cargos directivos dentro del congreso, y más aún, de volver a postularse como candidatos en otro partido. No tomaron en cuenta aspectos como la posibilidad de cancelación de su propio partido, o el interés por abandonar un partido o de incorporarse a otro por razones legítimas. Por supuesto, éstas vendrían a ser las excepciones. La realidad es que la mayoría de diputados tránsfugas no superan la estatura moral de las ratas que saltan de un barco que se hunde, transfugan por su propia supervivencia política y nada más. Tampoco tomaron en cuenta el artículo 34 de la Constitución, el cual reconoce el derecho de libre asociación que tiene todo ciudadano, incluidos diputados inescrupulosos y sinvergüenzas, lo cual les garantiza que puedan asociarse libremente, es decir sin restricciones ni sanciones, a cualquier organización política que deseen, así sea por las razones más espurias. En el populismo barato que impera en nuestro país, implementaron la prohibición del transfuguismo para apaciguar las exigencias de una población que se encontraba en un momento de efervescencia, pero que tampoco comprende el problema. Y cuando no se entiende correctamente cuál es el verdadero problema, tampoco se va a saber cuáles son las soluciones de fondo.

Lo que en realidad provocaron los diputados con la reforma fue agravar el problema de la partidocracia imperante en Guatemala, que peculiarmente se caracteriza por el poder de mando que tienen los dueños de los partidos sobre sus diputados, quienes en lugar de ser “representantes del pueblo” o de sus distritos, pasan a ser sus subalternos rasos. Esta subordinación del diputado al dueño del partido se originó desde el momento en que los dueños del partido deciden el orden del listado para la postulación de candidatos. Solo quienes estén en los lugares más altos del listado tendrán posibilidades de alcanzar una curul, y solo los que se alineen con el dueño, una vez electos, serán ubicados en un lugar favorable en el listado para la siguiente elección. En pocas palabras, el sistema de listas garantiza la sumisión de los diputados a las órdenes del dueño del partido. Es más, el transfuguismo es precisamente una de las consecuencias de este nefasto sistema de listas. No es otra cosa que ratas buscando posiciones altas en otros listados o con otros partidos con mejores probabilidades, precio que pagan con su obediencia y sumisión. Y ahora que quedan prácticamente obligados a permanecer en el mismo partido, o a quedar fuera de la actividad política por completo, lo único que se logró fue acrecentar el poder de los partidos políticos y sus dueños sobre los diputados, cuya función en la actualidad se limita a levantar la mano cada vez que así se les ordene.

La solución al verdadero problema de fondo es muy sencilla. Se debe eliminar el sistema de listas y se deben crear subdistritos electorales uninominales, es decir donde solo un diputado será electo por cada subdistrito. Esto es algo que propuse desde hace más de diez años y es una idea sobre la cual he escrito y expuesto ampliamente y que ha venido ganando tracción en la sociedad, pero que al final siempre ha resultado saboteada. Solo en un sistema uninominal se puede recompensar o castigar a un candidato por su trayectoria, por su afinidad sobre la base de cualquier criterio que se quiera emplear, como también por ser tránsfuga. Solo con un sistema uninominal el poder permanece en el elector y no en manos del dueño del partido. Ahora que sabemos cómo se resuelve el problema del transfuguismo y otros males peores, lo que queda es impulsar la reforma correcta.

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