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La política del reality show

En Campaña

A fines de la década del 60 el duque de Edimburgo, príncipe Felipe Mountbatten, tuvo una idea: mostrarle al mundo la vida cotidiana de la realeza británica. El objetivo era enseñar que los integrantes de la familia real eran personas de carne y hueso, con problemas como puede tener cualquier ser humano, así como también mejorar la popularidad de la reina y los monarcas.

Así fue como en 1969 la BBC de Londres emitió por televisión el documental Royal Family. Por primera vez la ciudadanía podía observar lo que sucedía detrás de los muros del Palacio de Buckingham, apreciar cosas tales como a la reina Isabel firmando papeles, la familia a pleno desayunando o al mismo Felipe cocinando unas salchichas en la barbacoa.

El documental causó tal impacto que la reina pidió su censura y que se lo guardara en los archivos fílmicos de la BBC bajo la prohibición de volver a ser exhibidos, ya que entendía que la exposición mediática afectaría en forma negativa a la realeza. Preveía que el filme haría perder el halo mágico de la corona, así como también la mística de la nobleza.

Royal Family posiblemente haya sido el primer antecedente de actores políticos que buscaban cambiar o mejorar su imagen ante la ciudadanía, valiéndose de la televisión. Esa relación entre políticos y pantallas fue evolucionando con el paso del tiempo a lo largo de un poco más de medio siglo, hasta llegar a nuestros días.

La política no era ajena a la televisión hasta entonces, por el contrario, incluso hacía casi una década que se había celebrado el histórico primer debate presidencial televisivo en los Estados Unidos entre John Kennedy y Richard Nixon. Lo que posiblemente sucedió a partir de ese momento es el nacimiento del reality show de la política, estrategias trazadas por los actores políticos, mostrando su intimidad y presunta cotidianeidad, utilizando las pantallas para mejorar su imagen y humanizarse ante la sociedad.

El formato documental volvió a ser utilizado una y otra vez por políticos. Quizás uno de los casos más recordados sea la transmisión en directo del rescate de los 33 mineros sepultados en la mina San José, en Chile, que fueron rescatados por el gobierno de Sebastián Piñera, y que se transmitió por la televisión y en donde el mandatario fue una figura central de la transmisión.

Otros políticos optaron por la farandulización de la política. El caso más recordado para los latinoamericanos debe ser el del recientemente fallecido presidente argentino Carlos Menem. El jefe de Estado basaba parte de su estrategia de imagen en apariciones mediáticas practicando deportes junto a figuras como Maradona, conduciendo vehículos de rally o relacionándose con mujeres mediáticas, como la misma diva argentina Susana Giménez o su casamiento con la Miss Mundo chilena Cecilia Bolocco.

Las técnicas de persuasión utilizadas por estos políticos fueron emparentando el rating televisivo con la popularidad política, que no siempre van de la mano, y que incluso en muchas ocasiones pueden estar divorciados, como le ocurrió a otro presidente argentino, Fernando de la Rúa.

En los últimos años muchos de estos actores político-mediáticos buscaron nuevas técnicas, más emparentadas a lo que buscaba la realeza británica: generar empatía, mostrarse cercanos al pueblo y como un par. El expresidente argentino Mauricio Macri fue un abanderado en ese sentido, montando sets de filmación que mostraban que viajaba en transporte público, pero no contó que hoy cualquier ciudadano tiene un celular y puede acceder a las redes sociales para denunciar la manipulación mediática con fotos de backstage.

Actualmente varios mandatarios latinoamericanos, con sus particularidades, hacen uso de estas técnicas. No es de extrañar ver imágenes del presidente argentino Alberto Fernández guitarra en mano entonando una canción. Tampoco extraña la imagen disruptiva del jefe de Estado de El Salvador, Nayib Bukele utilizando su imagen de rockstar de telenovela, apareciendo públicamente ataviado de campera (Chumpa) de cuero y gorra de béisbol.

En Uruguay, el presidente Luis Lacalle Pou, mostrándose una y otra vez como un musculoso surfer, hombre de familia que va de compras junto con su esposa, caminando tomados de la mano por la principal avenida, junto a un séquito de medios de comunicación que cubren la poco creíble escena de espontaneidad, o socorriendo a algún ciudadano que ha tenido un percance y justo es tomado por un medio de televisión. 

Hace más de cincuenta años que se utilizan estrategias mediáticas para humanizar a los líderes políticos mostrando su quehacer cotidiano, pero hace bastante menos que confundimos la popularidad con el rating. La cuestión será, en una coyuntura de crisis sanitaria, económica y política, cuáles son los personajes que queremos tener en la pantalla y cuáles manejando los destinos de un país.

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