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Reminiscencias

Ventana Cultural

“Produce una inmensa tristeza pensar que la naturaleza habla mientras los hombres no escuchan” Víctor Hugo

Hace veinte años, El Salvador sufrió uno de los terremotos más devastadores que su historia escrita talvez haya conocido. El 13 de enero de 2001, las placas tectónicas de Cocos y Caribe se acomodaron de tal manera que el despliegue de energía fue tal, que destruyó poblados enteros, deslaves, llegando a convertir dicho fenómeno en un desastre de consecuencias catastróficas.

El Salvador, aunque es un país con una belleza natural, con abundante flora y fauna, no es en balde su apelativo de “El Valle de las Hamacas.” Ya que, por encontrarse en el trayecto del cinturón de fuego del Pacífico, es un país propenso a sufrir en cualquier instante un movimiento sísmico.

Durante la historia se han detectado muchos movimientos telúricos que han espantado a más de alguno en la población. Desde la invasión española se han registrado movimientos que han causado estragos a la tierra y cambios en su geología y geografía.

La línea de tiempo del Valle de las Hamacas registra desde el año de 1524 en que se fundo la ciudad de San Salvador. Muchos de los movimientos, no solo han sido esporádicos ni nada que se les parezca, también han existido sismos provocados por la actividad volcánica que es muy común en zonas como el Cinturón de Fuego donde abundan las fallas tectónicas.

Los terremotos, así como otros fenómenos naturales y climáticos, son manifestaciones de la tierra para mostrarnos que está viva y en movimiento. Tiene una inteligencia que la hace girar sobre su eje. Y, como diría Hipatia en uno de sus comentarios: “…, saben que las estrellas ni suben ni bajan, solo giran de este a oeste, siguiendo el curso más perfecto jamás concebido: el círculo. Porque la perfección del círculo reina en los cielos, las estrellas jamás han caído ni caerán…”

Desde la antigüedad, los nativos y los sacerdotes filósofos, han estado investigando a la naturaleza y sus movimientos, para entender un principio universal que nos rige a todos: todos somos parte inherente de la naturaleza. Todo lo que le afecta a nuestro entorno, nos concierne a nosotros también.

Los nativos conocían muy bien los ciclos de la naturaleza, y, por eso, no solo la estudiaban para conocer sus secretos, sino que tenían un contacto y comunicación directa con la misma y con el espíritu que la protegía.

No podemos evitar reaccionar ante un movimiento de tierra, o resguardarnos cuando hay frío o cuando hay huracanes. La misma naturaleza utiliza estos recursos para limpiarse, estabilizarse, y equilibrarse. Durante el proceso se pierden muchas cosas, y entre ellos la vida humana.

La naturaleza nos enseña a verla tal y como es, como un ser vivo que respira, siente, se mueve, y por eso necesita limpiarse para volver a su equilibrio. Ahora nos toca volver a la naturaleza, y el encierro obligado en el que, como humanidad estamos sometidos, nos lleva a buscar nuestro propio equilibrio, nuestro propio contacto con nosotros mismos y con todo aquello que nos rodea.

¿Cuántas veces no hemos escuchado que no hay que tirar basura cuando salimos? O ¿Será que este virus que ahora nos encierra nos querrá decir eso? Solo una cosa es seguro, hagamos lo que hagamos, la naturaleza no nos necesita para vivir, pero nosotros, la especie humana, necesitamos de la naturaleza para sobrevivir.

En estos días estuve recordando ese terremoto. Los deslaves, calles completamente destruidas, edificios y construcciones completamente colapsadas. Aunque la visión es dantesca y difícil de creer, la naturaleza nos está recordando que nosotros formamos parte de ella, la necesitamos para nuestra subsistencia, pero ella no nos necesita a nosotros para estabilizarse y equilibrarse.

“La tierra provee lo suficiente para saciar las necesidades de cada hombre, pero no la avaricia de cada hombre” Mahatma Ghandi

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