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Pandemia y crisis social

Sueños…

Vivimos el final de la primera etapa de la crisis socio-económica provocada por el Covid.

Ya en 1826 la extraordinaria Mary Shelley anunciaba el fin de la humanidad, provocada por el egoísmo humano, para finales del 2021. “¿No oís el fragor de la tempestad que se avecina? ¿No veis abrirse las nubes y descargar la destrucción pavorosa y fatal sobre la tierra desolada? ¿No asistís a la caída del rayo ni os ensordece el grito del cielo que sigue a su descenso? ¿No sentís la tierra temblar y abrirse con agónicos rugidos, mientras el aire, preñado de alaridos y lamentos, anuncia los últimos días del humano?” (Shelley, El último hombre)

En la página del FMI, leemos que las palabras de Mary Shelley se hacen realidad dos siglos después, cumpliendo su tenebroso anuncio. El FMI llama la atención, el comercio internacional se derrumba, el dólar debilita su papel de moneda internacional, Wall Street entra en pánico, las tasas cero mundiales hacen atractivas las ridículas deudas del tercer mundo, único lugar donde se pagan intereses altos. El desempleo, la pobreza, la incertidumbre se apoderan de los habitantes del primer mundo. Todo indica que el mundo hace un alto en su exagerado consumo, su atrofiante inversión en cemento (infraestructura y construcción), protege los últimos árboles o la caída será fatal y definitiva. No hay tiempo indica Lovelock, en otra novela realista, que parece de terror, La venganza de la Tierra.

Nos advierte el FMI, que su personal técnico sigue el tenebroso Índice de Tensión Social Reportada (RSUI). El RSUI proporciona un indicador mensual uniforme de la tensión social en 130 países desde 1985 hasta la actualidad. Los picos de la línea del índice se ajustan muy bien a las descripciones narrativas de la tensión en diversos estudios de casos, lo que hace pensar que el índice capta sucesos reales y no la tendencia de la atención o el interés de los medios de comunicación.

Surge en la información qué en los países con epidemias más graves y frecuentes, se experimentan mayores tensiones sociales. En un momento en que los centros del capital se enfrentan al riesgo de la quiebra del sistema financiero y el desplome de la autoridad de los gobiernos, las tensiones sociales se incrementen y provoquen incluso guerras civiles.

Y es que las tensiones no se acumulan hoy solamente en el tercer mundo. Europa y Estados Unidos ven renacer el fascismo que prepara un renacer de la violencia más extrema para resolver, ya no el problema social, sino el problema medio ambiental.

Nos dice el FMI, que los daños al tejido social que venía acumulándose se fermenten con fuerza durante y con mayor fuerza después de la pandemia. Durante la pandemia los gobiernos logran reducir la protesta social y las confrontaciones derivadas, pero al pasar la pandemia, en pocas semanas surgen como un relámpago las confrontaciones más radicales. Sin olvidar que la cohesión social, la cooperación se resalten durante las crisis, pero se rompe la unidad al desaparecer la crisis y quedar en claro las diferencias entre los grupos privilegiados minoritarios y las muchedumbres en desamparo.

En Estados Unidos y Europa se hace evidente que las políticas de dinero fiat y endeudamiento del Estado para mantener la demanda agregada están dejando de funcionar. El endeudamiento público, uno de los sostenes del capitalismo ha llegado a su cumbre borrascosa. La política económica del primer mundo olvidó el abc del capital. La economía se fortalece y genera riqueza para el control financiero y el financiamiento de los sectores rentistas (empleados públicos, banqueros, terratenientes, académicos, etc.), mientras el sector productivo funciona. La principal potencia capitalista olvidó los fundamentos de la economía, y se lanzó a desindustrializar su economía en búsqueda de elevadas ganancias basadas en la mano obra barata de Asia. Deng Xiaoping, en 1978, intuyó la caída del socialismo (un capitalismo de Estado sin los incentivos de la propiedad privada), e inició reformas hacia el traslado hacia el mercado. La hecatombe actual empezó al caer la Unión Soviética, y el paso completo de China, Vietnam, Singapur y varios países más a economías de mercados competitivos. Sucesivamente, las presidencias de Bush y Clinton, se veían presionados por las transnacionales gringas para abrir las puertas a la inversión en China.

Como lo relata Thierry Meyssan, en los años finales del siglo XX, Clinton logró que China entrara a la ‎Organización Mundial del Comercio (OMC). “En pocos años, las grandes empresas de ‎Estados Unidos trasladaron sus fábricas a China, beneficiando así a los consumidores y a sus ‎propios accionistas, pero en detrimento de los trabajadores estadounidenses.”

Los consumidores gringos y europeos salieron beneficiados, sus mercados se llenaron de mercancías chinas, baratas y abundantes, las transnacionales vieron crecer sus ganancias al infinito, el gobierno gringo aumento su poder y lujuria con deudas de más del 200% del PIB, y la fiesta parecía inagotable. El resultado, el traslado de las fábricas de producción a China y el resto asiático, la pobreza y el desempleo del pueblo gringo, la reducción porcentual de la clase media y la pérdida de poder del dólar. El desastre anunciado, y desde China, ¿por qué no?, llegó la chispa, el coronavirus.

Entonces, los profetas del FMI nos dicen, una vez que la pandemia se disipe la confrontación social se hará presente. Agravada por la falta de confianza en las instituciones, una gestión de gobierno deficiente, pobreza o desigualdad; y pérdida de la unidad nacional.

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