Ciudadanía versus corrupción en la administración pública

Antropos

La palabra corrupción en el más amplio sentido, significa cambiar la naturaleza de una cosa volviéndola mala, privarle de la que le es propia, pervirtiéndola. Referida a la administración pública, se llama corrupción al fenómeno por el cual un funcionario actúa de modo distinto a los estándares normativos del sistema para favorecer intereses personales a cambio de una recompensa. 

Existen diferentes tipos de corrupción, conceptuados por algunos autores, de la siguiente manera. Cohecho, o sea, el uso de una recompensa para cambiar a su propio favor el juicio de un funcionario público. Nepotismo, que es la concesión de empleos o contratos públicos sobre la base de relaciones de parentesco y no de méritos. Peculado por distracción, que se refiere a la asignación de fondos públicos para uso privado.

Significa que la corrupción en los ámbitos de la función pública se traduce como el deseo irreprimible de enriquecerse por la vía más rápida y a como haya lugar, lo cual parece ser, está a la orden del día en nuestra sociedad. Paralelo a este fenómeno, también se agregan otros problemas que se expresan en el resurgimiento del recurso de la violencia para alcanzar los objetivos prefijados. O bien, la proliferación de los delitos financieros y el uso progresivo de las drogas para conseguir placer. Todo esto en conjunto, se traduce en la pérdida de moralidad social e individual, así como el abandono de los ideales ciudadanos.

Frente a esta realidad, nos queda como ciudadanas y ciudadanos, la solución realista a largo plazo de invertir en la formación del ser humano, en el desarrollo y difusión del saber. Ampliar las responsabilidades individuales. Las competencias profesionales. El desarrollo de la inteligencia humana. El imperativo del corazón redoblando la inversión en la dimensión educativa permanente. A su vez, como expone el teólogo Leonardo Boff, es necesario la ternura porque es el cuidado para con el otro se traduce en el gesto amoroso que protege y da paz. En pocas palabras, desarrollar la inteligencia emocional.

Estas preocupaciones propias de la ciudadanía que aspira a construir una sociedad en donde se privilegie la dignidad de la persona humana y el respeto a la naturaleza, nos conduce, al abordaje del tema de la ética aplicada, como es la ética del servicio. En este sentido, surgió en la década del noventa del siglo veinte, un Comité dirigido por Lord Nolan en Inglaterra, orientado a definir unas “Normas de conducta para la vida pública”, con la convicción de responder a la demanda de la ciudadanía, deseosa de recuperar la confianza perdida en sus instituciones y en sus personalidades públicas. Obviamente, señala este documento, la existencia de un código ético no garantiza que sus destinatarios se ajusten a los valores, principios y normas que lo componen, pero expresa una inquietud de la sociedad de lo que aguardan de ellos y lo que estos esperan de sí mismos. O sea, aquello por lo que se comprometieron al aceptar responsabilidades públicas. 

El centro de las esperanzas del Informe Nolan, consiste en dos grandes máximas, a saber, considerar que cualquier persona es un fin en sí mismo y no puede ser tratada como un simple medio, ni manipularla como un instrumento. El segundo aspecto, considerar que la administración pública es una actividad social que precisa de sentido y legitimidad. El informe indica los siguientes principios:

  1. Integridad: los que ocupan cargos públicos no deberían colocarse bajo ninguna obligación financiera u otra con terceros u organizaciones que puedan influir en el desempeño de sus responsabilidades oficiales.
  2. Responsabilidad: los que ocupan cargos públicos son responsables de sus decisiones y acciones ante el público y deben someterse al escrutinio que sea apropiado para su cargo.
  3. Transparencia: los que ocupan cargos públicos deben obrar de la forma más abierta posible en todas las decisiones que toman y en todas las acciones que realizan. Deberían justificar sus decisiones y limitar la información sólo en el caso de que esto sea lo más necesario para el interés público.
  4. Honestidad: los que ocupan cargos públicos tienen la obligación de declarar todos los intereses privados relacionados con sus responsabilidades públicas y de tomar medidas para solucionar cualquier conflicto que surja, de tal forma que proteja el interés público.

Sin duda alguna, estas consideraciones y notas serían ociosas, indica el pensador Carlos Molina Jiménez, si todos fuéramos héroes morales al estilo Mahoma, Buda, Confucio, Sócrates, Jesucristo, San Agustín, San Francisco de Asís, Fray Bartolomé de las Casas, Gandhi, la Madre Teresa de Calcuta, el Che Guevara, Martin Luther King. Las acciones de estos personajes y otros que son paradigmáticos, se hallan totalmente motivadas por su visión del bien integral, al punto que ellos no repararon en los costos personales de sus actos. El ejemplo y testimonio que ofrecieron, son necesarios para transmitir a los demás el reflejo, por lo menos, del excepcional impulso ético que los abrasó; pero el tipo de respuesta que representan, no es generalizable, porque requiere un temple espiritual extraordinario. Incluso, si todos fuésemos como ellos, enfatiza Molina, los problemas que aquí nos ocupan, no existirían. ¿qué sentido podría tener el hablar siquiera de transparencia o corrupción en un mundo de santos?

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