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¡Entiendan! … ¡No somos cavernícolas!

Mirilla Indiscreta

Como estertores intermitentes que preceden a la agonía y la muerte, nuestra República se agita en medio del alboroto, confabulación, manipulación, ignorancia y temor inducido, de una población, que sin tenerlo claro, se resiste a perderla.

No entendemos muchos, que la República no es un concepto abstracto, ajeno a la sociedad y al individuo.

La República es una creación política de los seres humanos, cuya tendencia gregaria, buscó, con gran sufrimiento a través del tiempo, formas de articular la convivencia.

Inicialmente, la familia originaria, primitiva y nómada, cuya inteligencia, como testimonio diferenciado del resto de quienes habitaban la tierra, podía expresar y comunicar su pensamiento, dejándolo registrado en cientos de cavernas que la acogieron como primer hogar.

Hiriendo sus entrañas protectoras, con herramientas accesorias a sus manos, que describían sus luchas, como observadores agudos, que sumaban al instinto de sobrevivencia los primeros anales de una incipiente cultura universal.

Retornar a este relato elemental, en un momento, que de manera sistemática, se cercena la esencia y origen del conocimiento y aniquila la cultura para instalar un nuevo ciclo y forma de convivencia humana, se convierte en una consigna, que impida, que un supuesto Nuevo Orden Mundial, sustituya abrupta y abusivamente en el hemisferio occidental, nuestra concepción judeo-cristiana de la humanidad y sus valores éticos y morales.

En medio de una luminosa explosión tecnológica, que reta con ventaja la inteligencia humana de la gran mayoría de la población, pareciera un anacronismo impropio y hasta insultativo, recordar la evolución conductual de los seres humanos y la complejidad del origen de las instituciones que se formalizaron hasta nuestros días y que no se crearon por generación espontánea. 

Pero es evidente que la confabulación de los intereses económicos y políticos imperantes en esta hora crucial de la humanidad, crecen y se fortalecen transformando en despojos nuestra cultura identitaria, globalizando conductas colectivas que proscriben a ese ser único e irrepetible, qué con férrea voluntad, pero sin poder real, se resiste a fundir con la masa, su maravilloso libre albedrío.

La lucha por la República, es una gran batalla por la Democracia y la Libertad, que, integrada a la dignidad, impone por decoro y decencia defender la soberanía y la autodeterminación libertaria de todos los pueblos del mundo.

Es el tiempo de la decadencia de los imperios y el empoderamiento de las libertades ciudadanas frente a la opresión de los Estados totalitarios, dictatoriales o colonialistas.

Los remedos imperiales ya no tienen espacio en la geografía de los Estados conformados por pueblos independientes y libres.

Los procónsules y sus impostores o autonombrados interventores locales, se quiebran frente a la reacción y energía que provoca en los ciudadanos, la opresión, el irrespeto y la agresión, al espíritu patriótico, forjado como razón de ser de su propia existencia.

Avasallar, de manera insensata ese sentimiento, es irresponsable además de peligroso.

Miles de años de evolución, convulsa, sangrienta y creadora, señalan con elocuencia, el patético final, de imperios, dictadores, explotadores y opresores, víctimas despreciables de su propia corrupción.

Pero hay que aclarar que no se puede apostar al patriotismo y la corrupción al mismo tiempo.

Igualmente afirmar, que los nombres que caben en una página son muy pocos para pretender alquilar o vender un país, pero son muchos para tener el valor de apuntarse como traidores.

Quienes apelan y exigen la unidad del pueblo, deben saber que el llamado a la unidad, desde el poder, implica la decisión de compartir responsabilidades de conducción y dirección que eviten convalidar actos impropios y agendas escondidas que toleran la corrupción operativa o el vulgar latrocinio.

Y quienes lo hacen desde la oposición, con sus actos, deben demostrar, que no son instrumentos inmorales de la intervención extranjera.

Pero el sentido común nos dicta que, por muy soberanistas, que nos vuelva la coyuntura, debe considerarse que para retar al poderoso externo debe contarse con nuevos aliados de un peso equivalente o cercano en la geopolítica estratégica global.

De lo contrario, solo se prolongará la agonía de una caída inevitable, que se llevará de ribete, al país entero.

Por esa razón, si existe la decisión de defender la República debe discutirse a fondo, en primera instancia, lo absurdo y contraproducente de la intervención, con los propios interventores, elevando el nivel político y diplomático de nuestros emisarios. 

Y tomando en cuenta estas consideraciones estratégicas, se debe convocar a ese encuentro nacional, irrenunciable y prometedor.

Por aparte, siempre he pensado, que quién se ofrece de verdugo, en nombre de un imperio cuestionado y en confrontación creciente, en sus propias entrañas, lo cuelga la plebe liberada y lo anota como sicario la historia. 

¡Al parecer hay algunos voluntarios!

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