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Fracaso en la vacunación

Evolución

Esta semana se conoció que la segunda fase del programa de vacunación contra el covid-19 estaría iniciando la primera semana de abril, aunque hay medios que han indicado que será hasta la segunda semana y, por supuesto que con el nivel de improvisación que ha caracterizado este proceso, en realidad nada se puede afirmar con certeza. En esta fase se ubican las personas mayores de 70 años y personas con enfermedades crónicas, considerando que este grupo etario y con éstas condiciones son quienes tienen un mayor riesgo de padecer los efectos más graves, incluso letales, de la enfermedad. Ello, a pesar que a la fecha solo se han vacunado a alrededor de cien mil personas de las ciento treinta y cinco mil que se tenían previstas para la primera fase, conformadas por personal de primera línea. Ha habido muchos señalamientos en cuanto a que muchas de esas dosis se han administrado a personal que no lo amerita o que no reúne las cualidades de personal de primera línea o que debe ser atendido prioritariamente, y que también se ha dejado de atender a personal médico del seguro social y del sector privado, por ejemplo, que debió haber sido incluido en esa fase. Con esos antecedentes, pocos argumentos hay para suponer que las siguientes fases del programa de vacunación serán ordenadas, transparentes, efectivas y eficientes. No se tiene siquiera claridad de cuándo arribarán al país las millonarias dosis supuestamente ya compradas y hasta pagadas, según anunció el presidente hace unas semanas. Tampoco se conoce con claridad cómo el gobierno hará efectiva la compra de todas las dosis restantes necesarias. Habrá que estar muy atentos y exigentes para que todos estos procesos se manejen de forma clara, abierta y transparente. Esperemos también que los mecanismos de orden, control, registro y cuenta de las vacunas administradas sean confiables y transparentes. 

Al ritmo que va el gobierno con la vacunación, es decir cien mil dosis por mes, tardaría cien meses, o sea ocho años con cuatro meses en vacunar a diez millones de personas.

Un ritmo verdaderamente vergonzoso que solo demuestra la ineptitud con la cual el gobierno ha manejado el proceso de vacunación que ha decidido monopolizar, con la consiguiente ineficiencia de todo y cualquier monopolio estatal. Proceso, por cierto, al cual llegó muy tarde, siendo de los últimos países de la región en hacer las gestiones para la adquisición de vacunas, razón por la cual vamos tan atrasados. Desde luego que las principales farmacéuticas, dada la inconmensurable demanda mundial, han decidido principalmente tratar con gobiernos, por lo que el acceso a la comercialización de parte de empresas privadas a nivel mundial es limitado. Pero, eventualmente, como es natural, los mercados irán encontrando su camino, y el gobierno de Guatemala, particularmente, deberá tener la visión clara de no obstaculizar la participación de la iniciativa privada en la satisfacción de esta necesidad, como exitosamente lo hace el mercado para cualquier otra. Esto no solo aceleraría el ritmo al cual la población quedaría inmunizada, sino que también permitiría que el gobierno se enfoque en aquellos ciudadanos con mayor necesidad y cuyas posibilidades no les permiten adquirir la vacuna por sus medios. Eso, por supuesto, tampoco implica que habremos de darle licencia al gobierno para consumirse el presupuesto asignado para la vacunación a manos llenas y sin rendición de cuentas.

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