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El Señor Presidente y el individuo-siervo

Logos

En el presente estado de embestida coronaviral que sufre nuestro país, y de decisiones, actuaciones y obras del Señor Presidente, que han multiplicado el impacto catastrófico de esa embestida, ha surgido una clase de peligroso individuo guatemalteco que denomino “individuo-siervo”.

El individuo siervo cree que su mejor derecho es acatar los ilegales mandatos de la arbitraria voluntad del Señor Presidente, que aparentemente pretenden evitar la propagación del coronavirus, aunque realmente estén destinados a crear una dictadura.

El individuo-siervo cree que no tiene la obligación de pensar y de razonar sobre el ejercicio del poder público, y luego juzgar críticamente a un Señor Presidente que presuntamente intenta detener la embestida coronaviral; pero cree tener el derecho a confiar, con cómoda servidumbre, en la supuestamente celestial sabiduría de quien ejerce el poder presidencial.

El individuo-siervo carece del coraje cívico que obliga a juzgar a los gobernantes, y denunciar públicamente su desempeño socialmente destructor; pero tiene la vileza de someterse a ellos, y deificarlos y atribuirles una milagrosa infalibilidad; y sueña con besar sus manos y sus pies, y hasta agradecería ser azotado por ellos.

El individuo-siervo tiene la subyacente pretensión de que nadie piense y razone sobre el ejercicio del poder público, y juzgue críticamente al Señor Presidente, y que todos, extasiados, agiten banderas de servidumbre y, fervorosos, canten himnos que glorifiquen el señorío presidencial y celebren su presunta benefactora sabiduría.

El individuo-siervo está incondicionalmente dispuesto a obedecer los mandatos presidenciales que intentan detener la propagación del coronavirus; pero esa obediencia no es una virtud de ciudadano que tiene un elevado sentido de la legalidad. Es un vicio de súbdito que tiene una despreciable vocación de servidumbre. No es asombrosa convicción moral de acatar la ley. Es oprobiosa renuncia a ejercer el propio derecho.

Con la aparente intención de evitar la propagación del coronavirus, el Señor Presidente puede ordenar la permanencia del ciudadano en casa, es decir, ilegalmente puede ordenar que convirtamos nuestro propio hogar en una prisión; pero el individuo-siervo no solo acata esa orden, sino que exige ser encadenado en su propia casa.

Y ya encadenado, añora que el Señor Presidente lo visite. Y que lo contemple, no con pena, sino con admiración. Y que lo elogie por su elevado civismo, o por su sacrificado patriotismo, o por su ascético cumplimiento de la orden de prisión.

Y prisionero y encadenado, el individuo-siervo tiene la esperanza de que el Señor Presidente lo declare ejemplo grandioso de cívica santidad.

Y de aquellos ciudadanos que repudian las decisiones, actuaciones y obras del Señor Presidente, el individuo-siervo opina que esos ciudadanos “todo lo critican”, como si él supiera qué debe ser o no ser criticado. Opina que esos ciudadanos “nunca están satisfechos”, como si él supiera qué debe o no debe satisfacer. Opina que esos ciudadanos “no son expertos” en combatir el coronavirus, como si él supiera quién es aquel que tiene o no tiene ese expertaje. Opina que esos ciudadanos “no comprenden que el gobernante muere por el bien de todos”, como si él fuera el juez que debe dictaminar sobre aquello que es o no es el bien de todos.

Y a aquellos mismos ciudadanos que repudian las decisiones, actuaciones y obras del Señor Presidente, el individuo-siervo pregunta con ridícula solemnidad: “¿y ustedes qué han hecho por Guatemala?” Plantea esa pregunta como si él fuera autor de admirables proezas patrióticas. O pregunta, con igual ridícula solemnidad: “¿y ustedes qué proponen?” Plantea esta pregunta como si él fuera autor de fabulosas propuestas.

El individuo-siervo es la materia prima que ansiosamente demanda aquel Señor Presidente que cree que su simulada intención de detener la embestida coronaviral que sufre el país, le confiere poder absoluto, y por ello, poder de imponer, sobre la sepultura de la libertad, su miserable complacencia dictatorial; su perjuicioso capricho, su punible arbitrariedad, su peligrosa ineptitud, su infortunada negligencia y su temible estulticia.

Las recientes ordenanzas del Señor Presidente que aparentemente intentan reducir o por lo menos detener la propagación del coronavirus, exigen que actuemos como ciudadanos, y que despreciemos el miserable estatus de súbditos.

Debemos oponernos, con fundamento legal, a esas ordenanzas. Debemos oponernos porque ya demostraron fracasar; porque lesionan derechos; porque destruyen la economía; porque crean cesantía laboral; porque aumentan la pobreza y fomentan la mendicidad; y porque imponen una dictadura.

Somos ciudadanos. No somos súbditos. Somos amos de los gobernantes, y no siervos de ellos. Entonces, actuemos como ciudadanos. Entonces, actuemos como amos.

Post scriptum. Cito estas palabras de Thomas Jefferson, uno de los fundadores de los Estados Unidos de América: “El espíritu de resistencia al gobierno es tan valioso en determinadas circunstancias, que deseo que se mantenga siempre activo. A veces será ejercido equivocadamente, pero es preferible eso a que no pueda ejercerse”.

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