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Hacia un acuerdo de la sociedad para vencer el miedo y lograr la felicidad

Antropos

Guatemala es uno de los países, en donde  padecemos de ansiedad y de angustia. Y es tan contradictoria la vida humana, que la misma preocupación por la felicidad de la familia ve peligros por doquier, aún en las mismas sombras de las cortinas de la casa. Tal y como lo decía Kafka en su libro La Guarida en el que una alimaña del bosque excava su refugio y desde el interior camufla la entrada para que sus depredadores no la descubran.

Y esto no es un imaginario colectivo, porque normalmente nos arropamos en nuestro hogar y somos huidizos de la noche en la calle. En cada esquina  vemos peligros y cuando hacemos cola por alguna razón, nuestros ojos siempre están vigilantes con una mirada de desconfianza. Tenemos un temperamento a flor de piel vulnerable,  con una afectividad negativa. Rumiamos el miedo hasta convertirlo en  angustia patológica porque las preocupaciones cabalgan incesantemente. Sin embargo, como dice Kierkegaard en términos positivos, “la angustia es –también- la conciencia de la posibilidad”. Si, de la posibilidad de superar el miedo.

Estas enfermedades psicológicas que desembocan en la depresión con distintas fobias, tienen incidencia en el cuerpo debido a trastornos somáticos, como colon irritable, gastritis, constantes dolores de cabeza, hasta una persistente hipocondría que nos hace acudir con frecuencia al médico para aliviar la ansiedad. De ahí que la psiquiatría estudia trastornos de pánico, fobias sociales, estrés, trastornos obsesivos compulsivos, angustia o trastornos de ansiedad generalizada.

Ahora bien, ante este frenesí depresivo de las personas, surge la fuerza de la inteligencia orientada a construir la dignidad humana que es lo más hermoso, noble y útil que hemos inventado. O sea, nuestra clara posibilidad de ser felices. Y la consecución de la propia felicidad, no es más sino la gran posibilidad de convivencia digna con los seres que nos rodean. El desprecio, la mezquindad, el odio y la venganza, es lo que debe superarse en el camino que nos conduce al encuentro afectivo de metas mancomunadas.

Los ejemplos en la búsqueda de la felicidad humana, están presentes en el arropamiento cariñoso de la familia que produce placeres de la vida hogareña, en el amor y la amistad, en la satisfacción que produce cuidar a los seres queridos, en la ayuda que se le presta al vecino cuando éste está en apuros. La felicidad no tiene precio de mercado. No se encuentra en un centro comercial y no se vende en los almacenes.

La felicidad compartida, es la cura para una sociedad neurótica, llena de patologías depresivas. El camino hacia ella, no es tortuoso, sino placentero, porque encauzar los afectos positivos se traduce en praxis que  genera entendimientos. Y es a esto, lo que llamamos inteligencia. O sea, una sociedad es inteligente cuando logra resolver  sus problemas sociales, económicos, educativos, culturales, morales, políticos, religiosos  mancomunadamente. Y esto es posible, cuando trazamos un proyecto de sociedad en el que logremos con afecto, la construcción de la dignidad humana.

Hoy que vivimos “tiempos recios” por un virus que circula en el mundo entero, se pone a prueba el afecto, la empatía, el respeto, la solidaridad y sobre todo el amor que tanto se predica en todas las iglesias. 

Ciertamente son los estados y en particular los gobiernos, los responsables directos de velar por la salud y en este caso, de emplear todos sus recursos estratégicos para el combate a la pandemia, que va, desde la vacunación masiva, hasta el fortalecimiento de los sistemas de salud. La otra parte corresponde a las personas, a los individuos, a las familias, a los barrios, a las comunidades, a la sociedad en general a fin de alcanzar un acuerdo para enfrentar colectivamente a este enemigo que está socavando los destinos de nuestras vidas. Guardar el respeto hacia los otros, es no transgredir los protocolos necesarios para evitar el alza de los contagios. El gobierno tiene limitaciones, porque no puede coactivamente colocar un policía en cada casa para vigilar que no se hagan fiestas en donde peligra la integridad de las personas frente a un virus cada vez más agresivo.

De la prontitud, certeza y transparencia de las acciones del gobierno, junto con un acuerdo de la sociedad por la vida, dependerá un camino con menos sufrimiento y angustia. Todos tenemos derechos, pero ahora, más que nunca, nos corresponden más responsabilidades ciudadanas.

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