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Una metáfora tan oportunista como preocupante

Existe Otro Camino

La utilización de este ocurrente recurso deja margen para diversas interpretaciones no solo respecto de la política doméstica, sino que también configura una suerte de advertencia para el primer mundo.

El presidente Alberto Fernández, haciendo gala de esa arraigada picardía criolla, invocó este “hallazgo literario” buscando trazar un paralelismo entre el viejo caudillo nacional y el actual mandatario norteamericano. Algunos prefirieron ridiculizar el planteo de fondo. Al burlarse del ardid discursivo, corren el riesgo de minimizar la relevancia de estas declaraciones sin detenerse en una lectura más reflexiva acerca de sus derivaciones.

En la tierra del corto plazo todo lo que se dice es fugaz y sirve solo a los efectos prácticos de conseguir objetivos tan efímeros como intrascendentes. Puede ser un error bajarle el precio a ese incidente, sobre todo cuando para ello se acude a esos prejuicios propios de una mirada de cabotaje.

Es evidente que un gobierno debilitado por sus tensiones internas, plagado de inconvenientes que requieren de remedios urgentes se aferrará a lo que sea posible para salir del trance y convertirlo pronto en una anécdota pasajera una vez que se haya superado el escollo. La proximidad de las elecciones de medio término, la temible segunda ola del coronavirus en su fase ascendente, la indiscutible escasez de vacunas, una crisis económica combinada con una inflación creciente constituyen un cóctel muy sofisticado difícil de esconder, especialmente cuando un resultado electoral inminente amenaza con renovadas complicaciones.

El desesperado desafío de contentar al flamante líder extranjero apunta a optimizar la relación para así avanzar velozmente en las negociaciones que se iniciaron semanas atrás y que se están concretando en este instante.

Si el oficialismo consigue dosis adicionales que permitan inmunizar contra el covid-19 a la población y obtiene un acuerdo razonable con el FMI, habrá gestionado algo de ese oxígeno extra que requiere a gritos.

Todas estas maniobras se hacen para coquetear con la primera potencia, pero al hacerlo es clave apelar a cierta inteligencia retórica para no aparecer claudicando de un modo humillante o exhibiendo tantas contradicciones.

El relato fervorosamente anticapitalista, tan recurrente en esta era, fue el mayor impedimento para buscar soluciones allí donde correspondía hacerlo. Por eso se gestaron vínculos con los otros poderosos del planeta para abrir la puerta a las vacunas rusas y chinas, tal vez las únicas disponibles.

La geopolítica viene haciendo su parte e influye en las decisiones. A estas alturas sostener en alto algunas banderas no es tarea sencilla, sobre todo cuando la inestabilidad política y las elecciones regionales muestran tanta volatilidad y los circunstanciales socios del “vecindario” no ayudan a construir un escenario demasiado cómodo para los que hoy gobiernan.

Sería muy acotado el análisis si solo se dedicara a lo local. Es que la idea de comparar a Perón con Biden se sustenta, en realidad, en el progresivo giro ideológico que EE. UU. viene perpetrando hace años. No solo se trata de la controversial elección de noviembre del 2020, aún teñida de sospechas, en la que Trump pierde la chance de ser reelecto, sino también del constante crecimiento de las tendencias de izquierda en USA.

Esto tiene poco de novedad, pero queda claro que esta versión de Biden, se parece más a Sanders, su contendiente interno en las primarias que a la de aquel moderado que durante dos mandatos fuera el vice de Obama. En el reciente discurso ante ambas cámaras, el nuevo presidente americano confirmó el ambicioso proyecto con el que pretende profundizar el “Estado del bienestar”, multiplicando la inversión pública en infraestructura e incrementando cuantiosas partidas del gasto social, entre otras demagógicas promesas con las que alardeó durante ese espectáculo populista.

Tal vez esa faceta tan genérica, cínica como difusa, sea la más atractiva para el peronismo y se convierta en la excusa perfecta para aplaudir esta impronta que pretende imponerse en la política del “gran país del norte”.

Más allá de la innegable actitud ventajista argentina que aprovecha variadas justificaciones para seducir al “gigante” de la mano de este puente que ha encontrado para disimular su ancestral desprecio por el “imperio”, es a los ciudadanos americanos a quienes debería inquietarles la comparación.

Antes de la llegada de Perón al poder este territorio fue uno de los preferidos por los inmigrantes para radicarse definitivamente aquí, desarrollarse y forjar una familia para cumplir todos sus sueños.

Varias décadas después, en las que mayoritariamente gobernó el justicialismo con sus múltiples matices, ellos no tienen muchos logros para exponer. Sus supuestas conquistas no le pertenecen. Su sesgo autoritario, contrario a la república y su estilo arrogante no son atributos que puedan ser ignorados sin faltar a la verdad.

Hoy una pobreza estructural inocultable, indicadores de todo tipo que avergüenzan, una corrupción insoportable y una decadencia en materia de valores que es imposible defender han dejado una huella imborrable que no permite sentirse orgulloso de casi nada. Si un observador internacional lograra separar la paja del trigo, si consiguiera dejar de lado, solo por un segundo, la intención descarada de este grupo de bribones sudamericanos y se pudiera concentrar en repasar la historia real, debería empezar a alarmarse de que estos políticos vayan por el camino que otros ya transitaron destruyendo casi todo a su paso.

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