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La evaluación requiere ser “vacunada”, no importa “el laboratorio”

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Pedagógicamente se plantean tres tipos de evaluación: Diagnóstica, Formativa y Sumativa, siendo las características de cada una de ellas las siguientes: 

Diagnóstica: Orientada a explorar los niveles de conocimientos previos que poseen los estudiantes relacionados con las asignaturas o con unidades o contenidos de las mismas.  Tiene como función: detectar carencias, lagunas, aspectos confusos o ya superados, etc.

Formativa: Tiene un fin educativo y se orienta hacia la mejora permanente del estudiante. Las pruebas sistemáticas, se podrían catalogar en este tipo de evaluación, en dependencia del enfoque que cada docente le dé a la misma, y las recomendaciones proporcionadas por escrito o remota y de forma individual a los estudiantes con la finalidad de suministrarles sugerencias y/o orientaciones necesarias para superar sus desaciertos, con miras a mejorar la calidad de sus aprendizajes. 

Sumativa:  Nos permite constatar la eficacia de una propuesta didáctica, si se lograron los objetivos o competencias y en qué medida. Se implementa en las evaluaciones parciales o cortes evaluativos y finales en las que el estudiante alcanza la calificación de aprobado o reprobado.

Pero en el caso de esta última, se enmarca dentro de la metodología tradicional; escalas diversas 1-100; 2-5; 0-10; A+ A-… C+, D; A-F, etc. donde en el caso de las letras, sus equivalencias equivalen a rangos numéricos.

Hasta aquí, al parecer todo bien, me refiero a lo que aplicamos en nuestros países, diría que, en tiempos normales, normalidad muy compleja ante la situación tan heterogénea que vive el planeta Tierra por la pandemia y sus diversas modalidades de clases donde el estudiante “asiste” presencial (físico o sincrónicamente) en su horario normal de clase; semipresencial donde asiste presencialmente a la institución dos o tres días de la semana, o semipresencial bajo la modalidad sincrónica-asincrónica vía en línea, y quién recibe sus clases, sin asistir físicamente al colegio, instituto o universidad con las excepciones en ésta última para clases meramente prácticas, realizaciones de exámenes (evitando con ello la copia vía digital) y el resto desde el hogar. 

Queda la modalidad del uso de la televisión[1], y la radio como medios más tradicionales y económico con relación a que no todos cuentan con recursos tecnológicos.

La evaluación, para el evaluado, para todos constituye un factor de estrés, pero a la vez de un alto componente de subjetividad (que se basa en los sentimientos de la persona), donde un o una docente vacila por el esfuerzo que hizo el estudiante – que incluye problemas personales: padres divorciados, trabaja, etc.; de salud y tecnológicos: no cuenta siempre con recursos, ni condiciones – y “lo aprueba”, otorgándole el punto que le faltaba.

En lo personal – sean letras con sus equivalentes numéricos o números – sería necesario repensar si la evaluación debe cambiar – al menos la sumativa – quedando las dos anteriores, diagnóstica y formativa y cuyas evaluaciones se desarrollen como actividades de control sistemático, con un incremento moderado de evaluaciones, controladas y planificadas por los docentes, y eliminando los exámenes parciales o finales.

La evaluación debe ser “vacunada”, no importan las dosis, que requieran los “pacientes” ni las medidas de como conservarlas, pero es un buen momento, para el cambio.


[1] 127 países en el mundo utilizan la televisión como herramienta de educación para los niños; Más de la mitad de los países están utilizando los mensajes de texto, el móvil o las redes sociales como sistema alternativo para ofrecer educación: en un 74% de los países de Europa y Asia Central. UNICEF junio 2020

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