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La visita de Kamala Harris

Mi Esquina Socrática

Se nos anunció a bombo y platillo la visita de la actual señora Vicepresidente de los Estados Unidos, Kamala Harris. Y al momento de leer estas líneas ya se habrá ausentado de aquí.

¿Un acontecimiento insólito en la historia de Guatemala? ¿Y para el resto del mundo también?… No lo creo; si acaso una nota del todo superflua dada la situación interna de Guatemala y, encima, por el entramado político internacional del momento.

A Kamala Harris, para hoy, ya la intuyo casi acostumbrada a sentirse inmerecidamente protagonista en el escenario político mundial, de la mano de un no menos inepto mediocre burócrata de ese mundillo primariamente reservado para los aprendices de brujo en Norteamérica.

No nos ha honrado su visita ni le deseo éxitos que implicarían otros tantos retrocesos humillantes para este país que a mí me ha sido tan acogedor y hospitalario.

Hasta el mismo detalle de haber nacido ella en California, en cuanto hija de un jamaiquino y una inmigrante hindú de filiación tamil, ya la marca de por sí como otro resbalón histórico en el vasto escenario de la inmigración a los Estados Unidos de América.

Además, que yo sepa, Kamala Harris ha preferido mantenerse ajena a la tradición cristiana evangélica tan peculiar de la población de ese nuestro gran vecino de probada vocación intensamente democrática por casi tres siglos.

Por otra parte, esa rara combinación de su estirpe asiática y caribeña a un tiempo la hacen en definitiva algo totalmente inaudito en la historia política de los Estados Unidos, detalle que, por supuesto, a Biden le viene sobrando.

Pero mucho más allá de ese rasgo étnico que le resulta tan llamativo en ese gran cuadro polícromo que todos conocemos como “los Estados Unidos de América”, se halla lo único rescatable de su identidad en los términos generales de ciudadanía y, encima, también de un risueño símbolo sexual.

Ulteriormente ha sido la única mujer en dos siglos y medio de historia de una progresiva liberación femenina que ha llegado a una posición tan cimera e influyente.

¿Qué la ha hecho merecer tanta notoriedad instantánea?

Tan solo esa imprescindible preferencia de un líder distraído y muy escasamente bien informado, el septuagenario Joe Biden. Y todo ello en cuanto reducido a un miope cálculo electorero.

Pero su repentino cargo honorífico ahora nos resulta de pronto un dato internacionalmente ya irreversible y habremos de asimilarlo como tal para los próximos tres años y medio.

Otro detalle que no menos ha aportado a su popularidad instantánea es su idiosincrasia individual, pues parece insertada en la corriente que los norteamericanos califican de muy “liberal”: es decir, del todo indiferente a las tradiciones cristianas y muy resaltante del secularismo extremo, muy notable entre los habitantes de esa California hoy casi pagana que la vio nacer.

En lo personal, además, me resulta demasiado superficial y desubicada dada la trascendencia mundial del cargo público al que ha sido llamada de repente.

Y éticamente, a mis ojos, la menos recomendable de las opciones para el momento crucial que se vive en esa gran nación que otrora fue tan puritana, y que en nuestros días se ha constituido en árbitro universal de última instancia en esta vida planetaria tan llena de altibajos súbitos e inesperado.

Tampoco la percibo como un símbolo de unión para sus compatriotas, sino más bien de un caos improvisado y de antagonismos políticamente apenas tolerables.

Espero que en esta apreciación no me haya equivocado demasiado. Pero la coyuntura internacional no me deja libre para otras conjeturas.

Sumado todo ello se me antoja como una “prima dona” bastante caprichosa y peligrosamente entrelazada con el nuevo movimiento de extrema izquierda “las vidas de los negros importa” (Black Lives Matters).

Su experiencia diplomática, reitero, es prácticamente nula. Y su actitud habitual frente a las múltiples y arraigadas contradicciones típicas de ese país, el más moderno y productivo en la entera historia del planeta, tiende a empujarla a planteamientos simplistas y extremos.

Ni siquiera ha osado hacerse presente en la frontera entre México y los Estados Unidos para informarse sobre el terreno de las realidades de la muy urgente crisis migratoria que Biden, con no menor ligereza, le ha encomendado solucionar (?).

Ese Presidente, más un burócrata de espíritu sindical que un dirigente político al estilo nacional, se encuentra muy al final de su vida útil a sus ya casi ochenta años de edad. Y hasta la misma dirigencia del Partido que lo ha llevado a la cúspide del poder político (Nancy Pelosi, Chuck Schumer y Andrew Cuomo) se muestran algo reservados a su respecto. En su lugar, seguramente habrían preferido a otro de más garra como Bernie Sanders o Adam Schiff.

Por mi parte siempre he admirado la trayectoria intelectual y cívica del conjunto de los habitantes de ese gran pueblo entre cuyos hijos además me cuento, pero no para este momento tan crucial dada la creciente amenaza global de una China cada vez más poderosa y desafiante.

Por todo ello creo que la principal debilidad de ese actual dúo de gobernantes es la falta de convicciones profundas entre sus objetivos al largo plazo, en buena parte debido a esa rampante desorientación que les es evidentemente común a casi toda la dirigencia demócrata.

El mejor ejemplo de la corrupta desubicación del mismo Biden lo hallamos en su indigno encubrimiento de los delitos de su hijo Hunter.

Estas apreciaciones podrán sonar a simplismos derrotistas políticamente incentivados, pero no lo acepto. A mis ojos, son simplemente observaciones derivadas de experiencias muy obvias y reiteradas a lo largo de la historia.

Para lo que, de momento, carecemos de alternativa legal alguna: El mundo árabe continúa desorientado y corroído por los extremistas antisistema en su seno. Europa ya no es ni de lejos lo que fue hasta mediados del siglo XX. Y nuestra América latina tan superficial y tan anárquica ha dejado de ser otra opción valedera.

La India, por su parte, es todavía un proceso interminable de integración cultural y racial. África no menos tan solo una vaga promesa para un futuro todavía más desdibujado. Y Rusia muy al fondo recluida en sus espacios enormes, pero poco habitables, constituye una imposibilidad demasiado personalista en torno a la figura de Vladimir Putin.

Creo, eso sí, que Donald Trump regresará al ruedo político dentro de año y medio. Y que todo parece sugerir que se volcará dos años después a otra campaña presidencial para el 2025.

Pero ¿y en el entretanto?

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