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Surge el reto de una mejor sociedad

Antropos

Cada Estado y sociedad se sumerge en dinámicas que singularizan su forma de ser. La nuestra, la guatemalteca, se caracteriza en el origen de su propia historia. Desde la colonia el proceso ha delineado una segmentación en la cual ha prevalecido la discriminación como constante de la vida nacional.

Como resultado de esto y aunado por la globalización cuya tendencia se orienta a fecundar entidades políticas supranacionales, particularmente por el volumen de transacciones financieras y el control de los medios de comunicación. Así como la presencia del crimen organizado, la prostitución, el contrabando, entre otros, profundiza nuestra problemática nacional magnificándola. Complementariamente, pero muy importante cada vez, está presente una migración constante en la búsqueda de trabajo y sus consecuencias naturales de la desintegración familiar.

En medio de esta conmoción curiosamente, sobresale el comunitarismo local como integración cultural, a pesar de los embates de la marginalidad política a la cual se ven sometidos. Así, es un hecho que las élites que actúan a nivel global se comportan de una manera en la que no les interesa el destino de vida de la persona humana. Y los excluidos, se refugian necesariamente, en la identidad local donde la cohesión del grupo se apoya mutuamente.

Desde esta perspectiva nos enfrentamos a una especie de “tribalización de la sociedad”, en la cual sucumbe el Estado Nacional como ente ordenador. Efectivamente, desde la lógica de expansión del mercado global, se rompen los compromisos de solidaridad y la globalización económica reduce la capacidad del Estado para definir su propia política monetaria, fiscal y cumplimiento de las necesidades sociales. A su vez, los sectores discriminados sobreviven a la crisis de legitimidad, articulándose a “identidades primarias” como entidades étnicas que se abrazan por la religión, costumbres e idioma.

Esto desemboca principalmente, en la deslegitimación del Estado Nacional vaciándolo de contenido social y político, pero más drásticamente pasa la guadaña al trabajo de los partidos políticos. Estos ya no tienen cabida porque la dinámica de estas dos grandes tenazas de la vida nacional, como lo es la globalización y el comunitarismo local, terminan por ahogar todo intento de expresión partidaria, particularmente porque estos no se definen a partir de una plataforma ideológica que dibuje los propósitos programáticos, sino sólo de carácter electorero cada cuatro años.

La cohesión social que debería fortalecerse sobre la base de la aceptación consciente del “otro”, del diferente, se ha convertido en el obstáculo para trascender una sociedad fracturada social y políticamente. En medio de estos obstáculos, surgen voces de la sociedad civil que espontáneamente expresan intereses, pero no logran conjuntarse en una corriente política que los conduzca al logro de resultados eficaces de carácter estratégico. Antes bien, son voces aisladas con pequeños ecos que crean esperanzas, pero no se materializan por las condiciones de fragmentación política del país.

Estamos sumergidos en una noche larga en donde sobresale el desorden, el irrespeto, la intolerancia, la injusticia social y la discriminación en todas sus aristas. Alcanzar el día en donde el sol pueda guiarnos por un mejor camino, requiere de voluntad política, pensamiento y actitudes en la cual prevalezca el principio central de construir ciudadanía hacia el desarrollo integral de todas y todos. Es la gran ausencia. No nos hemos percatado de nuestros derechos y de nuestras responsabilidades.

El reto que se nos presenta como ciudadanas y ciudadanos es la construcción de opciones políticas reales que tengan la virtud de ser incluyentes con un solo propósito cual es velar por el bienestar de la sociedad guatemalteca.

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