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Día mundial del medio ambiente

Ventana Cultural

Hace unos años atrás, alrededor del año 2005, vino a mis manos la carta del jefe Seatle al presidente de los Estados Unidos. Lo que más me impactó de la carta, que cito algunos fragmentos de esta: “…¿Cómo se puede comprar o vender el cielo o el calor de la tierra? … Si no somos dueños de la frescura del aire, ni del brillo del agua, ¿Cómo podrán ustedes comprarlos? Cada pedazo de esta tierra es sagrado para mi pueblo, cada aguja brillante de pino, cada grano de arena de las riberas de los ríos, cada gota de rocío entre las sombras de los bosques, cada claro en la arboleda y el zumbido de cada insecto son sagrados en la memoria y tradiciones de mi pueblo. La savia que recorre el cuerpo de los árboles lleva consigo los recuerdos del hombre piel roja… Somos parte de la tierra y ella es parte de nosotros. Las flores perfumadas son nuestras hermanas, el venado, el caballo, la gran águila, todos son nuestros hermanos. Las escarpadas montañas, los húmedos prados, el calor de la piel del potro y el hombre, todos pertenecemos a la misma familia…”

Las culturas que habitaron estas tierras, que fueron consideradas panteístas, nos dejaron el legado de cuidar, proteger y agradecer a la Madre Tierra, la Pachamama, o Nunantal como le llamaban algunos pueblos Incas o Toltecas y Aztecas, Gaya en tiempos muy antiguos. Pero, déjenme contarles el porqué de esto. 

Ese mismo año 2005, el volcán Lamatepec de Santa Ana, El Salvador – Algunos llaman a este Ilamatepec – hizo erupción. Muchas familias que vivían en las faldas del coloso, tuvieron que huir, dejando su casa y pocas pertenencias atrás para buscar refugio y mantenerse a salvo. Yo veía la televisión. El panorama que se observaba era de incertidumbre, desolación y miedo. 

Desde el mes de agosto, el Servicio Nacional de Estudios Territoriales, estuvo monitoreando la actividad de la gran montaña. El Lamatepec es considerado como uno de los volcanes más altos del cinturón de fuego del pacífico, y el más alto de El Salvador. La institución había observado desde ese mes, el incremento de actividad sísmica y retumbos. El 26 de septiembre, se registraron movimientos de fractura, y el 1 de octubre, el coloso despertó expulsando agua azufrada ardiente, rocas, lodo, y cenizas arrastrando todo a su paso.

Esta tragedia dejó un saldo aproximado de 5014 personas damnificadas, puestas en más de 22 albergues ubicados entre los departamentos de Sonsonate y Santa Ana. Los equipos de rescate: Cruz Roja, Cruz Verde, comandos de salvamento, entre otras instituciones, entregaron kits de primera necesidad a los albergados que contenían: toallas, jabones, pasta de dientes, cepillos dentales y pasta dental, papel higiénico, frazadas y colchonetas. Se les abasteció con agua suficiente. 

Los fenómenos naturales como lo son los sismos o erupciones volcánicas no avisan a nadie, pero la población debe estar preparada para cada evento. La erupción del volcán fue tal que, cerca de este se encuentra el Lago de Coatepeque. La avalancha de lodo y ceniza arrasó por completo con una comunidad que se encuentra en lo que se le llama la Cuenca del Lago. 

Fundaciones sin fines de lucro como la Fundación Coatepeque, en conjunto con grupos de voluntarios tipo Scouts, Nueva Acrópolis, Hábitat para la Comunidad, Cáritas, entre otros, realizaron gestiones para reforestar la cuenca del Lago con árboles y plantas oriundas de la región. Como la Ceiba, el Cedro, el Conacaste entre otras especies que cohabitan en la región.

La misma fundación está trabajando con los pobladores para tener mejor calidad de vida. Aunque su fuente de economía es la pesca y la recolección de frutos. La Cuenca del Lago de Coatepeque, desde el año de la tragedia, ha contado con más de 500 voluntarios que han trabajado arduamente para la reforestación y mantenimiento del lugar, llegando a tener un bosque de más de 10 mil árboles, y 6 metros de altura aproximadamente.

En este día mundial del medio ambiente, donde se recomiendan no usar plásticos, reutilizar el papel, hacer composta con la basura orgánica, y, diferentes actividades. Que no solo se necesita un solo día para conmemorar que el planeta es nuestro hogar y que debemos cuidarlo, sino, mantener esa conciencia que tuvieron nuestros antepasados para pedir permiso al árbol, al pez o al venado para cortarlo, o matarlo para el beneficio y el sustento del hombre mismo, respetando los ciclos naturales de la misma naturaleza.

“La tierra no es una herencia de nuestros padres, sino un préstamo de nuestros hijos.” Proverbio Iberoamericano.

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