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Las Reliquias

Editado Para La Historia

Dentro de los ejércitos, existen sacerdotes que los acompañan en sus misiones de guerra, al igual que cuando deben cumplir otras tareas, por ejemplo, de mantenimiento de la paz. Estos sacerdotes tienen el nombre de capellanes. Algunos servicios de bomberos del mundo también tienen sus capellanes.

Es el caso de los bomberos de París, que no solo sirven para extinguir las llamas de un incendio, sino también para brindar los primeros auxilios en caso de accidentes. Cuando se produjo el atentado terrorista al teatro parisino Bataclan en noviembre de 2015, allá corrieron los bomberos a brindar su ayuda a las víctimas y el capellán de guardia en esos momentos, que a la vez es bombero y socorrista, era el padre Jean-Marc Fournier.

Fue él quien ayudó a morir a algunas de las víctimas colocadas sobre el asfalto de la avenida frente al teatro, el Boulevard Voltaire. Casualmente era él también quién estaba de guardia el 15 de abril de 2019, lunes Santo, cuando se produjo el incendio de Notre Dame de París. En su triple función de sacerdote, bombero y socorrista sabía pertinentemente nuestro padre Jean-Marc los múltiples tesoros que guardaba la catedral, todos de valor incalculable. Fue él quien llamó la atención a las autoridades de París en ese crítico momento de que era absolutamente necesario proteger las santas reliquias.

Se necesitaron preciosos minutos para encontrar al canónigo que conocía los números secretos de la caja fuerte donde se alojaban tan preciados objetos. Entre funcionarios de la ciudad de París, policías y bomberos se formó una cadena humana con el fin de sacar de la catedral en llamas la mayor cantidad posible de tesoros, incluidas las reliquias. El destino de esta cadena humana era la Alcaldía de París, a unos 400 metros del otro lado del Sena. Resulta que entre las reliquias que allí se encontraban estaban algunas de las más importantes para la cristiandad y la historia.

Estoy hablando de la Corona de espinas de Jesucristo, un pedazo de unos 20 centímetros de la Vera Cruz y uno de los clavos de la pasión de Cristo. Pero ¿cómo llegaron de Jerusalén a París tales objetos? Hagamos un poco de historia. Entre los diferentes reyes franceses que llevaban el nombre de Luis, el noveno, era un hombre extremadamente pío y a él se debe que estas reliquias estén en la capital francesa. De hecho, es el único rey francés en haber sido canonizado. Se le conoce como San Luis rey de Francia y su fiesta es el 25 de agosto, día de su muerte.

Luis era un hombre muy guapo según cuentan sus contemporáneos, alto y al mismo tiempo un hombre jovial. Rubio, de expresivos ojos azules y de suave rostro. Le gustaba reír, hacer chistes e imitar a los personajes de la época. Trataba de gobernar bajo los preceptos de su religión. Durante su reinado, Francia no participó en ninguna guerra contra otros cristianos, puesto que consideraba que era una forma horrible de matarse entre hermanos. A él podía llegar cualquier súbdito a pedir justicia.

Cuentan que, sentado bajo un roble, el pueblo venía a él para que diera su veredicto ante algún tipo de conflicto humano. También era bueno intermediando entre personajes europeos con el fin de evitar conflictos. Durante su reinado, la catedral de Notre Dame estaba en construcción. La construcción de esta catedral tardó 182 años. En aquella época el emperador de Bizancio era su primo hermano, Balduino II de Courtnay. 

En estos momentos, búlgaros y griegos les hacían la guerra a los bizantinos por mantener su independencia. Las arcas del imperio bizantino estaban vacías y Babuino propuso vender las reliquias que habían llegado siglos antes de Jerusalén a Constantinopla a su primo Luis IX de Francia. Lo que no sabía Babuino es que, mientras estaba en Francia en estas negociaciones, los regentes allá en Constantinopla las habían dejado como garantía a mercaderes venecianos por fuertes cantidades de dinero.

Luis IX hizo las gestiones necesarias para que los mercaderes de Venecia le vendieran a él tan amadas reliquias. El precio era la mitad del presupuesto de Francia en aquella época. Los venecianos accedieron, a condición de que se les permitirá exponerlas durante algunos meses en su catedral de San Marcos. Algunos meses después llegaron los emisarios desde Venecia a París con tan preciados objetos. El rey, toda su familia y su corte, fueron a recibirlos a las afueras de París en una gran comitiva.

Una vez en París, estas reliquias fueron llevadas a Notre Dame, que a la sazón aún no estaba terminada. Fue ante las reliquias que Luis exclamó: –Yo, que soy el rey más poderoso de la cristiandad, no soy nadie ante el verdadero rey. Mi Corona, toda de oro y piedras preciosas, no es nada ante la cruz de Cristo. Luis IX decidió construir al lado de su Palacio, lo que actualmente es la Conserjería y el Palacio de Justicia, una capilla hermosamente decorada con inmensos vitrales para acoger estas reliquias.

Es lo que se conoce como la Santa Capilla. Ante ellas venía el Rey en penitencia día y noche para adorarlas. Allí estuvieron las reliquias hasta la llegada de la revolución francesa en 1789. Durante el periodo revolucionario, Notre Dame fue utilizada como almacén de vino y la Santa Capilla como archivo. Es en 1801 que el Estado francés (o, mejor dicho, Napoleón) realiza con la Iglesia lo que se llama el Concordato para restablecer los vínculos que se tenían antaño. 

De hecho, la coronación de Napoleón y Josefina en 1804 fue precisamente en Notre Dame. Es en este momento que todas las reliquias se devuelven a manos del obispo de París, pero esta vez se quedan en Notre Dame. Desde entonces, cada primer viernes de mes, a las 3 de la tarde, se celebró en la catedral de París una misa en la que se exponían las santas reliquias a los fieles y a los turistas que estuvieran en ese momento.

Los responsables del resguardo de estas reliquias son los integrantes de la Congregación del Santo Sepulcro de Jerusalén. Cada primer viernes de mes ellos estaban allí presentes para supervisar que todo se desarrollara en orden.

Después del lamentable incendio que tanto dañó a la catedral, las reliquias de Notre Dame, junto con muchos otros objetos litúrgicos y artísticos, se encuentran a buen resguardo en los laboratorios del museo del Louvre donde, en caso de necesidad, se les da mantenimiento después de la desagradable experiencia del incendio del 15 de abril, lunes Santo.

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