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El Maestro

Antropos

El drama de la pandemia llegó a las aulas escolares, desde la educación pre primaria hasta la educación superior. En cada uno de los países del mundo, encontraron alternativas pedagógicas para enfrentar, de manera inteligente, un fenómeno avasallante que deja interrogantes e incertidumbre. 

Inmediatamente los estados doblegaron esfuerzos en el área de la salud pública, economía y seguridad. No privilegiaron la educación en un primer momento. En tanto los días fueron corriendo, los padres de familia asumieron la atención de sus hijos, más allá de la comida y el techo. Tuvieron que aprender enseñando.

El aula del centro educativo se quedó vacía del calor humano. Estudiantes, ni cuerpo docente, han estado presentes. Conforme pasaron los días, se empezó a generar un sentimiento de frustración y por supuesto, las autoridades educativas de todo nivel, se vieron precisadas a encontrar caminos, salidas y estrategias pedagógicas adecuadas ante una circunstancia envolventemente dolorosa, porque los contagios del nuevo virus se acrecentaban. Los hospitales se han llenado y los muertos entristecen la vida familiar.

Apenas algunos países más avanzados, logran espacios de relativa libertad, como producto de una vacunación masiva, de medidas gubernamentales y conciencia ciudadana que han hecho propio, determinados protocolos de sanidad para evitar los contagios del virus. La lectura que hacemos hoy de la situación educativa, ha cambiado. Se han puesto en práctica sistemas híbridos en los que se acompañan de las tecnologías de la información y la comunicación y de manera escalonada tomando las distancias respectivas en el aula, se han hecho presentes docentes y estudiantes. Obviamente, no se logran alcanzar los propósitos de una educación más integral y consistente de los contenidos curriculares. Sin embargo, existe ya experiencia acumulada y sobre esta base, se empiezan a valorar los pro y contra de esta acción educativa. 

El dicho popular, nos ilustra que no hay enfermedad que dure cien años, ni enfermo que lo soporte. Este decir, de alguna manera nos da esperanza que saldremos adelante y que más temprano que tarde volveremos a encontrar la senda perdida. Claro está que la humanidad no sólo atesora las grandes obras, sino también sabe de las pandemias que ha sufrido y esto, es lo que llevó, entre otras cosas, a la ciencia y a la tecnología a encontrar los antídotos que hoy nos salvan de esta cruenta enfermedad.

Soy de la idea que la ciencia avanzó de manera acelerada a fin de descubrir una vacuna que salva del naufragio a la humanidad. En el ámbito de la educación sucede lo contrario. Avanzamos de manera parsimoniosa y ha costado mucho  resolver el entramado aparato educativo. No debemos olvidar que previo a la pandemia estaban presentes, diferentes teorías e ideas pedagógicas, metodologías y presencia  de las tecnologías y la comunicación. Sin embargo, aún contando con todo eso, no pudimos dar el salto cualitativo ante el gigantesco monstruo destructivo de la pandemia. Nos dejó perplejos, temerosos, angustiados, llenos de incertidumbre. 

De ahí, que hoy, el maestro vuelve a renacer para encauzar el timón de un barco que lo inundan las aguas bravas. Con vigor, vocación, energía, imaginación, entrega, sensibilidad y patriotismo, retoma el mando y vuelve a acompañar a la niñez y a la juventud por el camino de la sabiduría y de la decencia por un mundo mejor. Se ha empezado a reinventar y a reimaginar su trabajo, al margen de las mismas y burocráticas medidas de las autoridades. El maestro hace a partir de su propia iniciativa,  acopio de los instrumentos modernos que nos proporciona la ciencia y la tecnología. En su palabra, al igual que el antiguo pedagogo, que acompañaba a los niños en la Grecia antigua, está el secreto del futuro de una buena educación. Y hoy, más que nunca, hace propio las palabras de José Martí “Y me hice maestro que es hacerme creador”.

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