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Vivencias y recuerdos de Quetzaltepeque

Antropos

A la orilla del camino que traza los pasos hacia Quetzaltepeque, están mis recuerdos y vivencias que me acogen entre abrazos arremolinados por encontrar el hilo que amarre el desborde de palabras.

Quetzaltepeque es un pedacito de tierra que sintetiza la historia meridional. Están presentes delgados vestigios de la vigorosa cultura maya, que se resiste a seguir viviendo, a pesar de un entorno que cada día procura ahogarlos en el silencio de los tiempos. Allí están los templos en donde el sacerdote y la sacerdotisa sostienen con vigor su espiritualidad, junto a los “hierofantes chortís, según Rafael Girard, conmemoran la creación del universo y de los astros, hecha al comienzo del mundo por los dioses”. Templos llenos de ofrendas que expresan fertilidad. Lugar de fiesta para agradecer a sus dioses y para pedirles salud y mejores cosechas. 

Siendo patojos vimos y sentimos el fervor de la religiosidad de esta comunidad indígena, al tomar en jícaras la bebida hecha a base de cacao llamado chilate, acompañado de un pedazo de panela, no sin antes, dejar algunas pascuas blancas como señal de ofrenda que recogíamos en los potreros, para el templo de San Francisco Conquistador. Veíamos bailar al torito hecho de bejucos, petate y trompa de cuero, al sonido del tum, la chirimía y los sonajeros que invariablemente lo acompañaban en un ritmo cadencioso. 

Por la noche trasladaban al santo de un lugar a otro, y el torito iba por delante expresando con sus movimientos, muestras de veneración, atrás, los músicos junto al tum. Era la comitiva en su caminar de religiosidad profunda. Cada uno de estos pasos, además de otras ceremonias realizadas en la posa del “orégano” en donde nace el río, obedecían a la celebración de dos calendarios. Uno vinculado a la tradición maya de 360 días hábiles y cinco “días de duelo” y el otro, de 260 días caracterizado como “almanaque agrícola, pues su función consiste en regular las labores de cultivo”. Habrá que tomar en cuenta según Girad, que los Chortís, son los últimos descendientes de los maya clásicos y de acuerdo a la tradición, “su calificativo significa literalmente Lengua de milperos, lo cual obedece que el maíz es la base de su economía y es considerada “planta sagrada que constituye el centro de interés de la cultura y de la religión maya”.  

Me interesa destacar un pequeño trozo del sincretismo religioso alrededor de las tradiciones espirituales de los “mayas eternos”. 1530 fue el año en el cual irrumpen los conquistadores españoles por las tierras chortís, y con ello, el proceso de colonización. Una característica central, fue que esta invasión no pudo concretarse con prontitud, debido a la resistencia bélica de los chortís. Sin embargo, cuentan las tradiciones orales de las personas blancas, que los ibéricos vigilaron las prácticas espirituales de los indígenas. Descubrieron ceremonias que realizaban en el nacimiento del río, qué a decir de sus propios sacerdotes, representa la boca de la “sierpe” que bordea las floridas montañas de este territorio. La sagacidad de los extraños, fue utilizar la vía de la paz y junto a este ardid, ofrecieron la efigie de San Francisco de Asís, acompañado de la figura de un toro, lo cual les pareció a los sacerdotes mayas, como un gesto de acercamiento. Otra versión, fue que a la fuerza los obligaron a adoptar las prácticas cristianas del catolicismo e impusieron los santos del catolicismo.

Estas acciones constituyeron parte de las diversas formas de dominación, que los llevó a declarar como satánicos los ritos de la cosmogonía maya. Frente a esta agresión, los pueblos originarios, enmascararon sus propios símbolos cosmogónicos, con rostros de santos católicos. A ello obedece que en la cofradía de Quetzaltepeque, “la efigie de San Francisco, representa la fertilidad y la “virgen” es la diosa lunar terrestre y el niño, el dios del maíz”.

Curiosamente la tradición cultural cristiana, que construyó un templo entre 1776 y 1780, bajo la dirección del maestro albañil Felipe Solórzano, y la conducción espiritual del padre Antonio Gallardo y Barahona, en honor del Santo Patrón, San Francisco de Asís, convivió necesariamente, con las prácticas de la espiritualidad de los Chortís. 

El pueblo floreció y el 29 de junio de 1821, fue declarado como Villa. Categoría que lo elevaba en la nomenclatura de poblamiento colonial, de ahí, que este año se celebre su bicentenario. 

De manera apretada recorrí caminos que van desde la pre colonia hasta la conquista y la colonización. Haciendo hincapié que este año 2021, no sólo se celebra el bicentenario de Quetzaltepeque, sino que está presente la religiosidad del pueblo maya, en el rostro de las tradiciones de una cultura viva de los Chortís.

Es en medio de esta rica y diversa tradición cultural, en donde crecí amorosamente, en el seno familiar, con mis amigos y mis docentes. Aprendimos a cultivar hortalizas, recorrimos los recovecos de cavernas como el de la campana. Subimos el cerro del agüis que ve con su majestuosidad, imponentemente, las casas del pueblo. Caminamos senderos de sus montañas disfrutando el burbugeo de las cataratas y vimos las estrellas más cerca desde la cima de los cerros. Jugamos con el agua de la posa del mango y de las peñitas. Hicimos barriletes. Correteamos entre los cafetos y los potreros como queriendo aligerar el tiempo. Aprendimos a leer y a entender. A jugar y hacer deporte. Vivimos nuestra niñez al aire libre y de jóvenes empezamos a soñar y construir ideales. 

Quetzaltepeque es ensueño, presente y porvenir, porque nos dio identidad cultural. Ese es el embrujo de un pueblo que encierra la complejidad de dos historias paralelas y esto es, si me lo permiten, el significado también, de ser guatemaltecos.

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