Un rol complejo, pero necesario

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Si bien mencionar la palabra Química, inmediatamente pensamos en esa asignatura estudiada en la enseñanza media o bachillerato, ligada a átomos, enlaces, reacciones y otros basada en la investigación, prácticas de laboratorio y sus aplicaciones (que son muchas), por cierto, muy gratos para unos, lo contrario para otros, sobre todo aquellos que se inclinan a las letras. 

Sin embargo, queremos centrar la reflexión en la frase ¡Hay una cierta Química entre ellos!, donde lo más común es que suela relacionarse con una posible relación entre dos personas (que por cierto no está muy lejos de la Ciencia natural antes mencionada, cuando dos personas se enlazan entre sí)

Queda claro que el ser humano es un ser social y gregario que a lo largo de la historia ha construido vínculos con sus semejantes con el fin de sobrevivir. La necesidad de contactar con otros y de relacionarnos nos es algo innato, pero dichas interacciones no son siempre iguales: en ocasiones podemos sentirnos más semejantes, identificados o compatibles con un grupo o persona que con otros.

A veces nos encontramos con alguien con quien nos sentimos vinculados profundamente, cuya presencia nos atrae y nos genera bienestar, emoción y alegría. Y aunque en ocasiones puede resultar difícil de ver para nosotros, existen una serie de elementos que nos pueden dar pistas de si dicha química existe o no. ¿Cómo se nota la química entre un docente y su grupo de clase? Veámoslo.

Se evidencian una serie de manifestaciones conductuales que muestran la existencia de afinidad entre uno y otros, por ejemplo: un docente tolerante, flexible, que escucha, que evidencia una serie de valores donde el estudiante se ve reflejado, tenemos el caso de la puntualidad en llegar al aula; en comenzar y finalizar la clase; en respetar los horarios de descanso, a lo que sumo y no es excluyente de todo lo antes referido, el ser exigente.

Pero me falta algo – y que pudiera resultar para algunos, “meter las narices” – es preocuparse por los problemas personales de los estudiantes, porque los tienen, como también los tenemos nosotros y que inclusive tuvimos en la enseñanza media, universitaria.

¿Manejar estos problemas?, no resultan de todos sencillos, más cuando en tiempos actuales nos separa una pantalla por el medio y que si bien pueden ser analizados problemas colectivos (de grupo), lo ideal es establecer una conversación individual, plantear la preocupación, escuchar y proporcionar un criterio, sobre todo si es posible basado en una anécdota personal, que guarde relación con la situación del o la joven, porque en un momento también lo fuimos y cometíamos errores.

Un factor en este caso a tener en cuenta (pudiera ser) para el docente, su sinceridad, el actuar cotidiano intachable, el respeto ganado y demostrado, que permita al estudiante contar gradualmente sus problemas, confiar de modo tal que fluya una adecuada comunicación entre ambos, para intentar comprender los pensamientos, opiniones y emociones.  E imaginar lo que puede estar pasando por su mente. 

Queda claro que el docente como persona tiene sus propios problemas, sin embargo, es capaz de soslayar los mismos, para atender los problemas de otros(as), inclusive más que a la propia familia, siendo una cualidad, diría más, un don de muchos que algún día aceptamos educar.

¿Atiende usted adecuadamente a sus estudiantes? Si lo hace, no me queda duda que será recordado siempre por los mismos, con gratitud.

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Ernesto González Valdés

Nació en la ciudad de La Habana, Cuba y es nacionalizado Nicaragüense tiene estudios superiores de Licenciatura en Pedagogía y posgrados en Química Orgánica y elaboración de materiales didácticos.

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