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Prevención de la violencia contra la mujer

Evolución

Bajo ningún punto de vista soy experto en el tema. Quise abordarlo luego de observar la denuncia pública de una valiente mujer que con toda legitimidad reclama justicia para sí y para muchas como ella. Lastimosamente es un tema que ocurre con demasiada frecuencia en nuestra sociedad, con total impunidad la cual se produce desde la inacción de muchas víctimas que sufren y toleran estos abusos en el silencio, muchas veces por miedo, por un sentimiento de impotencia, o por las razones que fueren, no estoy juzgando; hasta la impunidad que se deriva de un sistema de justicia podrido, corrupto y en venta al mejor postor o sometido al poder de quienes lo controlan.

El año pasado escribí un artículo titulado Mujeres, ayúdennos. En el mismo sostuve y sostengo que, respecto de este flagelo, considero que nuestro principal retraso es cultural y que nuestra sociedad y nuestra cultura le ha hecho más difícil a las mujeres realizarse en todos sentidos. Enfaticé la importancia de educarnos y sobre todo de educar a las futuras generaciones. Para esta ocasión consulté bastante literatura especializada en el tema, que me ayudase a comprender causas y, sobre todo, soluciones. Hay muchas visiones de cómo se puede resolver el problema, que van desde programas para educar y crear conciencia hasta la implementación de políticas públicas en varios ejes incluida la implementación de currícula con determinadas visiones. A pesar de los múltiples planteamientos, algunos de los cuales concuerdo y otros no, diría que un tema común es la educación y formación de valores en la adolescencia. En un artículo titulado: “Previniendo la violencia contra mujeres y niñas – qué funciona: un resumen de la evidencia”, se resaltan programas enfocados en estudiantes de secundaria que han tenido una incidencia real en reducir las agresiones y abusos a las mujeres, como por ejemplo los programas “Safe Dates” o “The Fourth R”. Creo que una conclusión importante es que la formación de los jóvenes en esta edad, es decir, a partir de los 13 años, parece ser clave y vital para reducir las posibilidades de comportamientos abusivos y agresivos a futuro.  Otro aspecto muy importante a tener en cuenta son los objetivos de estos programas, es decir la formación de los jóvenes en estas etapas debe ser enfocada a lograr metas como: Generar conciencia de lo que constituye una relación sana y una relación abusiva; generar conocimiento acerca de las causas y consecuencias del abuso; dotar a los jóvenes de las habilidades para ayudarse a sí mismos o a sus compañeros cuando se encuentren en relaciones abusivas; dotar a los jóvenes de las habilidades para desarrollar relaciones saludables. La idea básica detrás de algunos de estos programas es que estas habilidades se pueden enseñar y desarrollar de la misma manera en que se forman habilidades académicas o atléticas, estableciendo una serie de pasos a seguir y con práctica guiada. 

Eduquémonos y eduquemos a nuestros hijos. Empecemos por reconocer y corregir nuestros propios errores, tanto en términos de comportamiento como en términos de permisividad. Ayudemos a las nuevas generaciones a que puedan identificar y reconocer a tiempo estas actitudes nocivas y destructivas, lo cual servirá para evitar muchas consecuencias trágicas que hoy padecemos. Enseñémosles que deben ser intolerantes ante estas conductas y que deben denunciarlas. Y, sobre todo, hagamos cada vez más fuerte nuestra exigencia por una verdadera justicia.

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