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200 años de exclusión

Tanmi Tnam

Nosotros empobrecidos y pueblos originarios cargamos sobre sillas o tablas de madera nuestros enfermos para que asistan a recibir alguna atención médica y obtener un par de pastillas que calmen su dolor. Ahora, Guatemala y sus pueblos están llorando la partida de sus hijas e hijos por la pandemia porque la población no tiene atención adecuada y suficiente por parte del gobierno de turno, salvo los grandes negocios que deben seguir operando con ayuda de los poderes del Estado.

Estamos hundidos en el minifundismo, sin vivienda, sin comida, sin salud, sin educación, solamente queda emigrar interna y externamente. Operan las condiciones que obligan a huir del país con el apoyo y aprovechamiento de actores abusivos que operan con libertad. A más de 500 años de la invasión, tiempo que incluye 200 años de la independencia criolla, ahora estamos viendo cómo algunos esfuerzos se apropian de las aguas de los ríos solamente para saciar su interés en acumular riqueza, mientras que la mayoría vive con hambre y desnutrición. 

Nuestros pueblos han sido testigos durante siglos acerca de cómo conducen su Estado los sectores que no están interesados por el bien común y mantienen el poder con base a la corrupción, la impunidad, el terror, la persecución y el uso de la fuerza. Esta es ocasión para recordar a nuestros familiares desaparecidos, asesinados y los que se fueron a otros países durante la guerra de los 36 años. No se ha ido de nuestra memoria el genocidio perpetrado contra nuestros hermanos en la región ixil. 

Existe miedo y desconfianza en la justicia porque no está al alcance de los pobres y su procedimiento tarda mucho tiempo y generalmente falla atendiendo al quien hace uso del soborno. Además, es la justicia que criminaliza a los líderes de pueblos originarios por defender y conservar la vida. El Estado obvia la forma práctica de administrar la justicia desde las autoridades comunitarias.

Con una academia y académicos con sus conceptos del colonialismo que sostienen el saqueo, el racismo, la marginación, la imposición de lenguas y culturas, un dios que no se logra observar, pero cuyos obreros no les gusta denunciar la miseria de sus hijas e hijos. Es la academia que sostiene la corrupción, la dictadura y la injusticia en contextos de diversidad étnica.

Algunos afirman que ser pobre es cuestión divina, que la autoridad viene de alguna inspiración superior, aunque practique la corrupción, la dictadura y la irresponsabilidad de servir al pueblo. En muchos casos la evangelización continúa para aceptar el orden injusto establecido. Así ha sido, una Bula Papal autorizó el despojo de nuestras tierras, después la cruz para el dominio, la invasión y la esclavitud, luego la procesión del Capitán de Esquipulas para contrarrestar una postura de usar el poder. Pero se calla la inquisición, el vasallaje, la cacería de brujas.

Contamos con varios clubes de tramposos, corruptos, mentirosos, aprovechados y generadores de pobreza, compran el voto, extorsionan a autoridades que en muchos casos son sus compinches. Son varios los partidos políticos que se resisten a cambiar.

Aparentemente los pueblos están en profundo sueño, que no levantan la voz, que saben sufrir, que han aceptado morir de hambre y desnutrición. No, los pueblos están pasando datos, historia e información que no está escrita y cada vez discuten con las nuevas generaciones la importancia de alcanzar mejores condiciones de vida. Hay que construir la Guatemala justa, próspera y democrática donde los pueblos de Guatemala participen y tengan representación como parte del Estado incluyente.

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