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Tanto va el cantaro al río que al fin se rompe

Antropos

Los dichos populares expresan la sabiduría de la sociedad. Unos nos iluminan de manera inmediata y otros poseen la lucidez de convertirse en señales que orientan la conducta de los seres humanos cuando han experimentamos dificultades en la vida.

Tomando en cuenta el título de este artículo, intento pensar acerca de nuestra realidad, a partir del reconocimiento que la sociedad guatemalteca experimenta en estas primeras décadas del siglo veintiuno, particularmente en los últimos días en el que aflora una espiral de confrontaciones políticas que se manifestó en toda su magnitud, en las sesiones del Congreso que intentó aprobar la iniciativa del Gobierno de la República de un Estado de Calamidad.

Una iniciativa en el fondo tomaba en cuenta algunas recomendaciones del cuerpo médico especializado para contener o aplanar la virulenta infección del Covid-19. Sin embargo, también lo convirtió el Gobierno, en algunos articulados, en el portillo para hacer compras a discreción sin pasar al menos, por los mínimos procesos administrativo-contable, lo que aumentaba la tentación de la corrupción y falta de transparencia. Esto, fue lo que generó los encontronazos de los diputados, que no vieron la opción de aprobar lo positivo del Estado de Calamidad. Al final, fue una lucha política radical que no ha dejado saldos positivos a la sociedad, sino contrariamente, más incertidumbre, desconfianza, e incredibilidad acerca de todos los órganos del Estado guatemalteco. 

Estamos frente a un Sistema de Administración de Justicia que no hace justicia. Un Congreso que ha entrado tempranamente, a medir fuerzas en función del próximo proceso electoral. Y un poder ejecutivo al que no se le ve, sentido de gobernabilidad. No hay conducción, ni un norte y mucho menos programas articulados de los ministerios, alrededor de propósitos concretos que puedan alcanzarse a corto y mediano plazo. O sea, estamos en una de las peores encrucijadas, en el marco de una pandemia que nos tiene arrodillados, debilitados, desesperados, angustiados y muy alterados. Se nos mueren y enferman familiares, amigos y compañeros de trabajo por este virus ingrato, al cual no se le ha podido atacar con inteligencia y sensibilidad humana, a pesar del esmerado trabajo de profesionales del área de la salud con vocación de servicio. Todo indica que la contención la debe realizar el gobierno, aportando medicinas, vacunas y un ordenamiento adecuado de la movilidad de la población. Esta situación genera un clima de tensión que se vive por la profundización de contradicciones políticas que han hecho aflorar fantasmas que invitan a una paralización de carácter nacional.

Obviamente, los que osamos escribir y pensar en voz alta, señalamos los desaciertos de la ingobernabilidad. Pero también debemos de entender que no sólo se trata de culpar a otros de los males que aquejan al país, sin percatarnos que cada uno de nosotros también tenemos “vela en el entierro”.  Por eso debemos proponer salidas o bien desarrollar un espíritu solidario y propositivo para coadyuvar a resolver los problemas que dramatizan la vida cotidiana. No debería de existir escapatoria al compromiso ético por las causas nobles de la sociedad. 

En esta nuestra Guatemala, herida por inmensas exclusiones, sobran miles de razones para comprobar en la práctica la sabiduría del dicho “tanto va el cántaro al río que al fin se rompe”. Largos años de pobreza y de irrespeto a la vida. Largos años que no se ha logrado colocar la vida frente a la vida, sino la muerte frente a la vida.

Por eso es tiempo de poner las barbas en remojo y dejar de buscar el frío en las cobijas. Es de sabios comprender      que si no damos algo de nosotros, jamás podremos construir un proyecto de nación incluyente, en el que prive la confianza y el encuentro de palabras y acciones orientadas al logro del bien común.

Recordemos como decía el hermano Pedro, que “sólo un alma tenemos y si la perdemos jamás la recobraremos”. Traducido para nuestra vida actual, significa que sólo un país tenemos y si lo perdemos jamás lo recobraremos.

Insistir en culpas de tantas desdichas al gobierno de turno, significa ni más ni menos un escamoteo ruin de nuestra realidad histórica. Una especie de “engaño y autoengaño”. Es necesario que logremos puntos de encuentro, de lo contrario, hundiremos irremediablemente este país que no merece tan mala suerte en su destino histórico.

Busquemos juntos la manera de encontrar la alegría de la niñez, adolescencia, juventud, personas maduras y adultos mayores. No es justo que  niños de familias pobres mueran por desnutrición e hijos de  acomodados estén sujetos a la violencia de criminales que los secuestran por extorsión. La seguridad de las personas vale más la pena, que ahondar en esa ambición desmedida, arrogante y salvaje por lograr acumular más capital en una sociedad en la que en esencia, sus ciudadanos aspiran a la felicidad sobre la base de la equidad y el equilibrio social.   

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