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El Estado en el tercer siglo

Sueños…

Cuando observamos la realidad centroamericana. Cuando vemos que las propuestas que emanan de todos los rincones del pensamiento regional siguen siendo las mismas de los años 70 del siglo pasado nos convencemos de que ya tocamos fondo. Es el momento de plantear con claridad el avance del Estado en la región hacia la modernización más completa. La gran tarea de todos es construir Estados modernos. Es decir, Estados que tengan una visión clara del sistema de producción de los bienes y servicios necesarios para satisfacer necesidades básicas de toda la población, con el menor deterioro de los recursos naturales y la protección de las especies. La nueva república que está madurando es compleja, tiene que tener una visión clara de que sin proteger la naturaleza, los bosques, los ríos y todas las especies no será posible la existencia humana; la nueva república tendrá que ser solidaria, que nadie se quede atrás, que todos tengan acceso a educación primaria y secundaria de calidad; que todos tengan acceso a salud, alimentación, vivienda y seguridad de calidad. 

Se tendrá que suprimir la corrupción, el poder de los funcionarios sobre los ciudadanos, el privilegio de los estamentos universitarios, profesionales, sindicales, de cámaras empresariales, de colegios profesionales sobre la ciudadanía.

Se tienen que construir instituciones que promuevan la justicia, la discusión política generalizada y pluralista, la participación ciudadana, el respeto a la autodeterminación de los pueblos y el castigo severo de la corrupción.

Se tiene que responder a las preguntas de la BBC, ¿Por qué algunos países alcanzan la libertad y otros viven en tiranías o autocracias?, ¿Por qué es tan frágil la libertad?, ¿por qué en el momento actual, parece que la democracia naufraga?

Al intentar responderlas el economista de moda, Daron Acemoglu, recalca lo dicho por Engels, el Estado es un aparato político-económico, que tiene una doble tendencia. Por un lado es el encargado de mediar en los conflictos sociales, tratando de evitar la destrucción de la sociedad en luchas fratricidas, para ello está dotado para proporcionar bienes y servicios de gobierno, para mantener la estabilidad social, provocando el potencial de ascenso social de la mayoría de la población. El Estado, a través de su aparato administrativo y de poder, intenta mantener la existencia de los sectores menos favorecidos sin menoscabar los privilegios de los sectores financieros, empresariales, profesionales, funcionarios públicos y sindicalistas. Aquí surge uno de los temas no resueltos que provocan constantes confrontaciones y peligros para la sociedad. Los funcionarios públicos, las autoridades del gobierno y los partidos políticos adquieren cuotas de poder tan inmensas que ya no se preocupan por la estabilidad social, sino por la opresión de la mayoría que se ve alejada de la educación, la nutrición y la salud.

La opresión de los grupos más cercanos al gobierno, dirían Stacy Herbert y Max Keiser, se convierte en una fuente de concentración de riqueza en manos de funcionarios públicos, financieros, exportadores/importadores y profesionales universitarios. Es esta brecha de ingresos y riqueza lo que hace tambalear la democracia, es su contradicción intrínseca.

Lo que siempre temieron las élites y nunca vieron los intelectuales, el corazón del nuevo conflicto social ha surgido en las primeras décadas de este siglo. El problema de que los Estados no son nacionales, los Estados son de una nación que oprime o invisibiliza a otras naciones contenidas en el mismo Estado. Pero esto ya no es posible. En América, y pronto en África y Asia, está surgiendo la consciencia de la existencia de otras naciones y por lo tanto de las luchas por la autodeterminación de las naciones, es decir, que se vuelvan Estados o que un solo Estado contenga varias naciones, por el ejemplo un Estado plurinacional.

Aunque siempre se escondió o se minimizó el papel y los intereses de los “libertadores” o “próceres” de la independencia, lo cierto es que pertenecían a las capas intelectuales y más modernas de las élites tradicionales de la región. Como diría Severo Martínez, eran criollos, es decir, terratenientes que explotaban en forma servil o esclavista la mano de obra de indígenas y mestizos, y que se encontraron, súbitamente, con la caída y dispersión del imperio español, un imperio marginal al que no llegó la modernidad nunca. Ante la caída del imperio, se vieron ante la tarea de construir repúblicas. Pero al no esta ellos en la capacidad, ni la región preperada para ese cambio revolucionario, por el poco desarrollo de las fuerzas productivas comerciales capitalistas, se conformaron con la construcción de gobiernos regionales, basados en la misma fuente de producción de extracción de riquezas del suelo por medio de mano de obra servil o esclava. No se dio el paso a la liberalización de los recursos productivos. Es decir, no se declaró al humano libre para vender su fuerza de trabajo.

Es decir, el proyecto de continuar la revolución capitalista del norte de Europa, quedó en el aire. Los fracasos y traiciones de las élites provocaron el estancamiento perpetuo de esta región en un capitalismo feudal. Es decir, producción agrícola y mineral para la exportación al primer mundo en condiciones de mercado empresarial y el mantenimiento de la pobreza, la ignorancia y la opresión de las mayorías esclavizadas, principalmente de indígenas y en condiciones serviles de los mestizos. Claramente, capitalismo feudal.

Ha sonado la hora de reconstruir los Estados, en su forma de autodeterminación de las naciones o en su forma de Estados plurinacionales. Con capitalismo competitivo en lo económico; políticas de inclusión y solidaridad en lo social; protección y libertad del resto de especies, dando libertad completa a la mitad del territorio para el desempeño natural de bosques, ríos y especies; y democratización, pluralismo y dignidad en lo político.

La patria nos dice: ¡Ciudadanos, en tus manos encomiendo el futuro!

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