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Se nos fue mi tío Neptali España

Antropos

Recordar es volver a vivir los mejores momentos. Por eso, volver los ojos hacia atrás, es reconocer a nuestros seres queridos y lanzar una mirada a la historia personal para afincarnos en las querencias necesarias que nos dan sentido de identidad.

Cada uno de nosotros tenemos troncos familiares que nos amarran afectivamente. La soledad individual es la ausencia de la familia, en sentido que desaparecemos los puentes que nos unen. Esos lazos “comunicantes” es lo que nos hace fuertes, sólidos, coherentes, imaginativos, querendones y llenos de amor. 

De tal suerte que entre los amarres familiares, buscamos superar los odios y sentar las bases de una comunicación existencial necesaria para vivir con plenitud. Cuando un miembro de la familia se nos desliza en el camino que no hay retorno, sufrimos, porque nos hace falta su palabra, el abrazo, el beso, el regaño y la amabilidad. La ausencia profundiza el reconocimiento de las virtudes del que se fue y lo amamos mucho más. 

Recordar a los padres que ya no están con nosotros, es dedicarles un tiempo para que su imagen no se pierda en el olvido. Es lo mismo con un amigo o amiga entrañable, particularmente en países como Guatemala, en donde muchos de ellos se fueron antes que fuesen adultos, porque en la búsqueda de una sociedad digna, los atrapó la violencia generada por un Estado en donde no se respetaban los derechos a ser libres y felices. Los hemos llorado con rabia y soñamos que sus sueños se puedan hacer realidad.

Hoy me ocupo de mi tío Nepta de apellidos España Martínez quien se fue el 18 de septiembre de mil novecientos veinte y uno. Un anciano de 97 años qué con bordón en mano, caminaba despacio por las calles solariegas de Chiquimula. Por las mañanas iba a un comedor solidario y conversaba y conversaba con todas las personas. Subía a un microbús y visitaba a familiares o iba al Tabernáculo Evangélico de la Misión de los Amigos, a orar y cantar con alegría por la vida al servicio de la vida. Fue un hombre platicador como son las personas del oriente de Guatemala. 

Sufrió muchísimo por la muerte de sus familiares muy cercanos. Pero no hay duda qué su fuerza espiritual era tan inmensa y profunda que soltaba sus lágrimas de dolor, pero a su vez, elevaba sus oraciones al creador, lo cual lo hizo un hombre más feliz que expresaba suavidad en cada gesto de su rostro. Tal y como fuese un santo. 

Tuvo más de diez hermanos y hermanas que nacieron y crecieron en una aldea llamada San Vicente de Concepción las Minas, Chiquimula. Por las mañanas nos contaba que, con su tecomate lleno de agua y una servilleta con algo para comer, se iban a la tierra a cosechar frijoles y maíz. De regreso, muy acalorados, se metían en una quebrada de agua cristalina y fría, a refrescar los cuerpos sudorosos. Y de paso, capturaban cangrejos, pescados y unos “jutes”. Era ya, la hora de una buena sopa con tomates y otras hierbas cultivadas en la huerta de la casa de paredes de adobe y con tejas de barro como techo.

Por la noche, la guitarra para cantar y narrar cuentos de su propia inventiva y tradición. O bien, caminaban a otra aldea para jugar naipes entre chiste y carcajadas, en tanto los “patojos” jugaban de escondidas en la penumbra de la noche.

Crecieron y se fueron. Unos resultaron ser pastores. Otros albañiles, carpinteros y agricultores. Los hijos, nietos y bisnietos, nacieron en otras tierras y la familia se hizo inmensa, como inmensos se han vuelto los brazos de cariño, en donde mi tío Nepta, brilló como un ser inmensamente afectivo.

Sus años de vida estuvieron surcados de muchas limitaciones, hasta el hecho que sus propios ahorros, fueron robados por los dueños del capital financiero del extinto banco de comercio, porque al declararse supuestamente en quiebra, robaron a los ahorrantes.

Hoy, mi tío Nepta se nos fue de esta tierra, porque los años y las enfermedades lo sofocaron. En cada saludo que alguien le hacía, siempre respondía, “nos vemos en el cielo”. Fue una persona qué por su manera tan limpia de ser, se daba a querer con un abrazo y con una sonrisa. Y por eso digo que no he conocido a persona tan cariñosa, espléndida, querendona y amorosa, que mi tío Nepta. Fue un cristiano hondamente espiritual, con una fe profunda para vivir a pesar de sus dificultades con una alegría que se le notaba en su semblante. Siempre tuvo una expresión de gratitud. Una persona, que gustaba de comer chicharrones con yuca y salsa de tomate. Empanadas de frijol y caldo de gallina, como fue el que saboreó su último cumpleaños cuando llegó a los 97 años. Son de las personas tan especiales, que uno no quisiera que se mueran. Por ello, hoy vive en el corazón y la memoria del recuerdo, de los que lo amamos en vida.

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