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El coronavirus y la historia del Saint Louis

Editado Para La Historia

Escribo esta crónica en momentos en que el mundo está confinado. Más de la mitad de la población mundial se encuentra dentro de las cuatro paredes de su casa y respetando las orientaciones, muy justificadas, de las autoridades son quedarse en casa. Pero algunas personas, aparentemente no muy conscientes de lo que se acercaba, decidieron que no romperían sus planes de realizar el muy soñado viaje en crucero que tenían agendado. Ya a bordo, se dieron cuenta de que la situación sanitaria mundial se degradaba, incluso con enfermos en el crucero, lo que hacía más peligrosa la convivencia a bordo. Muchos puertos de muchos países negaron la entrada de estos buques con enfermos a bordo. Algunos cruceros tuvieron que navegar de puerto en puerto y de país en país para encontrar dónde desembarcar. Es innegable que, ante la crisis, muchas personas entran en pánico y piensan en sí y en sus familias. México, Cuba y Estados Unidos, entre otros, han sido países que han permitido la entrada de algunos de estos buques a sus puertos, con aplausos de unos y críticas de otros. Pero ¿qué hacer en una situación de este tipo? ¿Debe prevalecer la salud propia o la solidaridad humana? Esto no ha dejado de recordarme un hecho vergonzoso en la historia de Cuba que se produjo en mayo del año 1939. Algunos han llegado a afirmar que por esta cruel historia que les quiero narrar, Cuba fue maldecida con 100 años de desgracia. Pero hagamos un poco de historia.

Para esta fecha de la que les hablo, allá en Alemania, ya se había producido la Noche de los Cristales. Esta fue la noche en la cual las hordas nazis salieron a la calle a destruir los establecimientos comerciales de judíos rompiendo sus vitrinas, de ahí el nombre. Ya se le había prohibido a intelectuales y profesionales de esta raza, una de las más antiguas de la humanidad, ejercer funciones públicas, así como trabajar en establecimientos como hospitales y universidades. Ya comenzaba la maldita solución final, pomposo nombre con el que los nazis eliminaban no solo a judíos, sino también a católicos, gitanos, homosexuales, personas con discapacidades mentales y cualquier opositor político, con especial predilección por socialistas y comunistas. 

Por su parte, en Cuba se vivían momentos de agitación e inestabilidad política debido a que, años antes, se había logrado sacar del poder al dictador Gerardo Machado. Como en una conga política, los gobiernos se sucedían uno tras otro. Surgía un hombre fuerte, Fulgencio Batista que, de simple cabo mecanógrafo, escalaba posiciones en el ejército de la joven república cubana. Él era quien manejaba las cuerdas detrás del telón. 

El 13 de mayo del año 1939 desde el puerto de Hamburgo salió un barco llamado Saint Louis, perteneciente a la compañía Hamburg America Line, que se dedicaba a realizar viajes entre Alemania y las Américas. A bordo iban 937 personas, de las cuales 930 eran judíos que huían de la situación del momento en Alemania. No solo eran judíos alemanes, también había algunos de Europa Oriental. Estas 930 personas habían solicitado visa para establecerse en los Estados Unidos y, ante la gravedad del momento que se vivía en Alemania, decidieron esperar la visa norteamericana en territorio cubano. Al país insular lo llamaban “Hotel Cuba”. Le habían pagado $150, lo que en 1939 era una verdadera fortuna, a un funcionario de inmigración cubano, corrupto hasta la médula, y que era nada más y nada menos que el hijo de uno de los grandes amigos de Batista. Con esta visa cubana en manos, los judíos consideraban que podían establecerse, al menos temporalmente, en el Hotel Cuba en espera de su viaje a Estados Unidos. Este individuo mal recordado por la historia se llamaba Manuel Benítez González. Se considera que de esta forma se embolsó cerca de un millón de dólares. 

Sin embargo, surgió uno de los muchos presidentes cubanos de la época que poco duraron en la silla presidencial, Federico Laredo Fru, que pocos días antes del 13 de mayo del 39, fecha en que partió el Saint Louis de Hamburgo, había derogado las visas que el corrupto había vendido.

Estaban en altamar los desdichados 930 judíos cuando se les informó que solo podrían desembarcar en el puerto de La Habana previo pago de un suplemento de $500. Debemos entender que toda esta pobre gente había saldado sus pertenencias en Alemania y no tenían el dinero para pagar una segunda vez por una visa de estancia en Cuba. Al llegar frente al puerto de La Habana el 27 de mayo, ya había llegado un intermediario judío desde los Estados Unidos, conocedor que era de los vericuetos de la administración y de los negocios en Cuba, porque en el pasado había tenido negocios con este país. Nada pudo hacer. A aquellos pasajeros que no pudieron pagar el complemento de $500 no se les permitió bajar a tierra firme. Hubo múltiples negociaciones para que se les entregara una visa de refugiados políticos en los Estados Unidos. Desde el barco incluso le enviaron un telegrama personal al presidente Franklin Delano Roosevelt quien se hizo el sordo y nunca respondió. En Canadá también se hacían gestiones para que se les permitiera la entrada a estos judíos con el mismo resultado negativo.

Las escenas eran dramáticas, algunos pasajeros tenían amigos o familiares en La Habana, quienes se acercaban en pequeñas chalupas hasta el barco y se comunicaban entre gritos y llantos. Ya en el momento en que las autoridades del puerto de La Habana exigieron que el barco saliera de aguas territoriales, uno de los pasajeros desde la borda se cortó las venas y se tiró al mar. Fue el único que no pagó los $500 y que pudo llegar a tierra firme, porque fue rescatado por una de las chalupas. Lo llevaron al hospital universitario Calixto García y eso fue lo que le salvó la vida. Ante la negativa de Estados Unidos y Canadá, las gestiones que hicieron las asociaciones judías en los Estados Unidos lograron que estas 930 personas fueran aceptadas en Inglaterra, Francia, Holanda y Bélgica. Desconozco si hubo o no conversaciones para poder desembarcar en México o en algún otro país de la Cuenca del Caribe. Una de las razones por las que se le negó la entrada en La Habana es porque la prensa de derecha del país, muy allegada a Francisco Franco, había organizado una manifestación antijudía porque no quería que entrarán a Cuba más judíos. Por otra parte, la situación laboral en Cuba tampoco era la mejor y los cubanos desconfiaban de personas preparadas y profesionales que eventualmente hubieran podido quitarles sus trabajos. 

Cabe señalar la actitud del capitán del barco, Gustav Shröeder, quien había dado la orden de que a los pasajeros se les tratara de la mejor forma, como seres humanos y no como “subhombres” como estaban siendo tratados en Alemania. Fue él en persona quien se implicó en muchas de las gestiones para poder llevar a puerto salvador a sus pasajeros. Murió en 1973 e Israel le otorgó de forma póstuma el título de “Justo entre las naciones”, con el que se honra a las personas que, durante el holocausto y la barbarie, incluso exponiendo su vida, defendieron la de los hijos del Rey David. Lo triste de toda esta historia es que la mayoría de los judíos que fueron aceptados en Francia, Holanda y Bélgica terminaron en los campos de concentración cuando esos países fueron ocupados por los nazis. Terminaron en Austwich y en Buchenwald. 

Ahora vuelvo a mi reflexión del comienzo. ¿Debemos o no darle la bienvenida a barcos que vienen con enfermos de coronavirus, incluso en detrimento de nuestra propia salud y de la de los nuestros? ¿Lo aplaude o lo critica? Cada cual es juez.

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