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La ingenua actitud de creer en soluciones mágicas

Existe Otro Camino

En tiempos de campaña casi todos apelan a ese recurso.

La fantasía de encontrar un camino alternativo como un medio simple para alcanzar el éxito es muy seductora. Tal vez por esa razón tantos políticos invocan esa fórmula de modo recurrente y tantos votantes tienden a caer con facilidad siempre en la misma trampa.

A estas alturas esta lección debería darse por aprendida. Sin embargo, a pesar de tantas experiencias nefastas y embustes sufridos, demasiada gente prefiere suponer que algo maravilloso sucederá un día y que al despertar todo se habrá transformado en el paraíso anhelado.

Lo cierto es que el “genio de la lámpara”, ese al que se le pueden pedir tres deseos que instantáneamente se cumplen nunca aparecerá. Esa dinámica solo existe en los cuentos infantiles y va siendo hora de que los adultos tomen conciencia de ello en vez de continuar con este incomprensible capricho de mantener latente esa falsa ilusión.

Los atajos no son parte del complejo mundo actual. Claro que se pueden ensayar variantes más eficientes y optimizar procesos para que los resultados aparezcan lo antes posible, pero conjeturar que se pueden hacer enormes avances sin pagar costos de corto plazo es realmente preocupante.

A pesar de la aplastante evidencia al respecto, tanto los políticos como la ciudadanía insisten persistentemente en montar escenarios imaginarios en los que eso puede acaecer como si el nivel de deterioro alcanzado fuera producto de un tropiezo menor al que solo cabe hacerle una minúscula corrección y no de una interminable secuencia de errores gigantescos.

Muchos dirigentes del hoy proponen inexplicables disparates. Eso debería ser motivo de repudio cívico y no de acalorados aplausos. Prometer aumentos de salario por decreto o seguir apostando al control de precios para frenar la inflación, por solo citar ejemplos de rutina, es una inaceptable ofensa hacia los votantes. Es faltarles el respeto sin pudor alguno.

No hay duda alguna de que muchas personas aun prefieren escuchar esas mentiras y quizás eso explique, al menos parcialmente, porque ciertos líderes se ven tentados de probar suerte con esas recetas fallidas. Tal vez sea el momento de admitir que esos engaños son muy burdos, que la inflación no se frena en ningún lugar de la tierra con esa clase de medidas y que los salarios no se elevan por el mero designio de las leyes.

Este perverso juego en el que unos defraudan a la sociedad y la comunidad tolera mansamente esa farsa debe encontrar un límite pronto. No se trata de que los incautos dejen de serlo, pero sí de comenzar a descartar a aquellos dirigentes que utilicen esas falacias para burlarse de todos.

Salir de esta calamidad no será una tarea liviana. Es vital entender que para lograr avances significativos habrá que esforzarse y mucho, que las acciones imprescindibles son bastante complicadas y que se tendrán que asumir traumáticas consecuencias si se quiere superar la mediocridad.

La creencia de que todo esto se puede resolver sencillamente, de un modo veloz y sin tener que soportar ninguna incomodidad no resiste ningún análisis. No es razonable pensar que las victorias se obtienen sin esmero alguno y que los grandes premios se reciben por casualidad.

En ningún ámbito de la vida esa premisa se verifica. Un profesional, un artista o un deportista no logran ser los mejores en sus actividades como producto de un golpe de suerte, sino de años de denodado sacrificio y entrenamiento constante, de talentos desarrollados y aprendizajes en función de los desaciertos cometidos. Y eso es sólo una parte del trayecto.

El país necesita recuperar la racionalidad y la sensatez. Primero debe registrar su presente sin atenuantes. Luego tendrá que dejar de lado ese pésimo hábito de ocultar sus problemas, minimizar su relevancia y esquivar compulsivamente las inexorables reformas de fondo.

Después tendrá que hacer un diagnóstico profundo de su actualidad, sin eufemismos ni superficialidades. Algunos creen que todos saben lo que pasa, pero esa es una verdad a medias. La gravedad de la situación supera aquellos comentarios triviales que intentan bajarle el precio a la realidad.

Se precisan amargos remedios y eso implica hacer lo que sea necesario para revertir décadas de facilismos y de proyectos espantosos que han empeorado constantemente el cuadro original agravando entonces cada aspecto de esos que hoy merecen ser encarados con más potencia.

El proselitismo electoral invita a plantear una larga nómina de simplificaciones. Algunos políticos demagógicos intentan ser más atractivos proponiendo abordajes repletos de retórica, pero invariablemente vacíos de contenido y completamente alejados de la factibilidad.

Está en manos de la sociedad seguir aceptando esa sistemática estafa intelectual y ponerle freno a los “encantadores de serpientes” y a los “vendedores de humo”, a esos que haciendo gala de una ignorancia sin límites no tienen la más mínima idea de cómo se sale de este laberinto.

No son solo un conjunto de improvisados sino también de personajes sin escrúpulo alguno a los que no le tiembla el pulso a la hora de engañar a los ciudadanos más desprevenidos y también a los ilusos, esos que prefieren seguir creyendo en los “reyes magos”.

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