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NICARAGUA: Víctima de la democracia

Evolución

El domingo pasado se llevó a cabo en Nicaragua una pantomima de elección cuyo objetivo para el régimen de Daniel Ortega no era más que tratar de disfrazar la realidad que todos conocen.

En pocas palabras, tratar de dar una apariencia “democrática” a su dictadura vitalicia, al muy buen estilo de Chávez o Maduro, que a su vez siguieron el modelo de los Castro, y que también ha sido imitado por muchos otros en América Latina, como Morales, Correa, los Kirchner o Bukele, sin necesariamente haber alcanzado los mismos extremos totalitarios, hasta el momento. Y pongo “democrático” entre comillas, porque lo que hoy se califica como antidemocrático es relativo, puesto que, al final, lo que hoy vive Nicaragua, al igual que lo que ha sucedido en otros países, es precisamente el resultado ineludible de la democracia, es decir, de un sistema político democrático en lugar de un sistema republicano.

Hoy, cuando ya es tarde, se lanzan denuncias a la dictadura y se promueven algunas medidas para “castigar” al régimen. El gobierno de Estados Unidos, por ejemplo, recién aprobó la ley denominada RENACER, con lo cual se aplicarían algunas medidas como imponer sanciones a quienes cometen violaciones a derechos humanos u obstruyen elecciones libres mediante esfuerzos coordinados con Canadá y la Unión Europea, restringir los préstamos de instituciones financieras internacionales a dicho país, restringir las visas a funcionarios corruptos, y evaluar la posibilidad de suspender a Nicaragua del Tratado de Libre Comercio con Centroamérica y República Dominicana. De concretarse este último punto, por cierto, no sería de extrañar que el dictador Ortega, siga el modelo del más nefasto dictador de la historia de América Latina, Fidel Castro, y repita las mismas diatribas para culpar al embargo y al “imperio” de las desgracias de su país, provocadas, al igual que por Castro, por él mismo.

Por su parte, otros países tampoco se han quedado atrás al menos en cuanto a señalamientos. En la Organización de Estados Americanos se han calificado los comicios como ilegítimos y se ha propuesto la aplicación de medidas ante lo que se ha señalado como una “clara violación de la Carta Democrática”. Asimismo, se ha dado a conocer que, entre las delegaciones de observadores permanentes de la OEA, España ha indicado no reconocer los resultados de las elecciones, junto con el resto de la Unión Europea. Y, en el contexto de la 51 Asamblea de la OEA, en el foro denominado “La Importancia de la Democracia y la Independencia de Poderes para el Sector Privado”, Luis Almagro, Secretario General de la OEA, dijo que mantener las instituciones democráticas, el estado de derecho y la rendición de cuentas son condiciones necesarias para el desarrollo económico y político de América.

De nuevo, lo irónico está en el énfasis en la Democracia. Recordemos que los Kirchner han estado en el poder por alrededor de 14 años, Correa durante 10, Morales 14, Chávez 14 y Maduro lleva 9 sin fin a la vista. Daniel Ortega ha gobernado Nicaragua durante 26 años y lo seguirá haciendo seguramente hasta que muera, para ser sucedido por su esposa Rosario Murillo. En el caso específico de Ortega, su primera etapa de dictador fue como líder de la Junta Nacional de Reconstrucción de 1979 a 1985, y luego como presidente electo de 1985 a 1990. Su segunda etapa dictatorial ha sido como presidente electo desde el año 2007 hasta la fecha. Y lo que se debe resaltar es que todos llegaron al poder por medios democráticos. 

Lo primero que se debe extraer de ello es lo que algunos describen como “irracionalidad” del votante en un contexto democrático, en el sentido de llevar al poder a figuras nefastas como las mencionadas. Sobre todo en el caso de Ortega, que, conociéndose sus antecedentes tiránicos y totalitarios, así como la catástrofe económica e hiperinflación que caracterizó su primera etapa como dictador, ello no fue suficiente para que los nicaragüenses ejercitaran un tanto la lógica y se abstuvieran de volver a llevar al poder a tan siniestro personaje. En otras palabras, la democracia implica que el vulgo, que se deja llevar por el charlatán populista más persuasivo, vote en su propio perjuicio. Pero ello no sería tan desastroso si en lugar de simples mecanismos democráticos mediante los cuales se otorga poder absoluto a aspirantes a tiranos, existiesen en América Latina auténticas instituciones Republicanas que limiten los abusos de poder. La fórmula ha sido siempre la misma. Se llega al poder por la vía democrática. Se recurre a una democracia que no está sujeta a límites republicanos para conferir poderes ilimitados a los gobernantes, para convertirlos en dictadores, en tiranos con poderes totalitarios en los casos más extremos; y ya con ese poder se anulan los mecanismos democráticos para perpetuarse en el poder. Así que la próxima vez que escuche que alguien denuncia la falta de democracia en alguna de estas dictaduras tropicales, entienda que el verdadero problema es la falta de Republicanismo, el que va de la mano del verdadero sentido del Estado de Derecho, que implica que ninguna democracia, mayoría o minoría, puede atentar contra los derechos individuales elementales.

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