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Fantasmas de esperanza

Pluma Invitada

La violencia y la crispación es la tónica general, especialmente desde no hace mucho tiempo. 

Violencia contra la mujer, tema de gran preocupación en el mundo, plaga y pandemia en realidad en la que se vulneran sus derechos fundamentales hasta afectar a su propia vida. 

Algo que obedece a estructuras jerárquicas patriarcales tanto en tiempos de paz como en tiempos de convulsiones sociales como los que se viven en el mundo globalizado. Una muestra como la mujer se ha de enfrentar a discriminaciones de Estados, familias y comunidades en general.

Diferentes clases de violencia es las que la mujer es tristemente la protagonista y que van desde las físicas, las sexuales, psicológicas y económicas hasta las autoinfligidas.

Violencia en las calles con diferentes revueltas sociales que se han extendido como la pólvora por todo el mundo. Desde América Latina hasta Oriente Medio y Asia.

Motivadas por el aumento de los precios en transporte o combustibles, por la instauración de leyes discriminatorias o por el recorte de los subsidios sociales entre otras, las protestas sociales han sido casi constantes en todo el mundo.

Una autopista de dolor y sufrimiento que recorre tantos países, Argelia, Haití, Argentina, Italia, Hong Kong, Puerto Rico, Papúa, Italia, Irak, Hariri, y tantos otros.

Estas violencias no son exclusivas de ningún sistema político o económico. Desgraciadamente, se dan en todas las sociedades del mundo y sin distinción de posición económica, raza o cultura, aunando a ello que las estructuras de poderes del Estado se caracterizan por su profundo arraigo y su intransigencia, impidiendo el normal desenvolvimiento de libertades y derechos dentro de un marco de plena libertad y seguridad. 

Hay batallas campales en cientos de ciudades entre manifestantes y policías antidisturbios vestidos al estilo de Robocop. Imágenes de edificios en llamas se proyectan en millones de pantallas de televisión.

Desde la plaga de Justiniano en el siglo VI y la Peste Negra del siglo XIV hasta la gripe española del 1918, la historia está plagada de ejemplos de epidemias que tienen fuertes repercusiones sociales: transforman la política, subvierten el orden social y provocan estallidos sociales, como ha llegado a reconocer el FMI.

Desgraciadamente la pandemia ha puesto de manifiesto unas fracturas que ya existían en la sociedad, falta de protección social, desconfianza en instituciones y política, incompetencia y corrupción.

¿Por qué? Una posible explicación es que una pandemia “pone de manifiesto las fracturas ya existentes en la sociedad: la falta de protección social, la desconfianza en las instituciones, la percepción de incompetencia o corrupción de los gobiernos”, sostienen los técnicos del FMI.

Como suele ocurrir con los estudios económicos, la relación entre desastres y protestas es algo que tal vez mucha gente, sin necesidad de ecuaciones matemáticas, entenderían intuitivamente. Pero lo interesante del análisis del FMI es la relación cronológica que identifica entre las epidemias y los estallidos sociales. Hay un importante efecto retraso. Muchos meses, hasta dos años, separan el momento álgido de la epidemia de las rebeliones.

Las pandemias si bien en un primer momento frenan los estallidos sociales, pero los incentiva una vez que se encuentra controlada con lo que ello conlleva el riesgo de importantes y graves crisis políticas en un plazo de dos años posteriores de las mismas.

Los brotes del ébola en África entre los años 2014 -2016 provocaron una violencia civil y social superior al 40 % de tiempos anteriores al mismo.

Las pandemias detonan las bombas porque reducen el crecimiento económico y elevan la desigualdad.

Basta ya de tanta violencia, de tanta impunidad y de ver todos estos casos como algo ligero de la sociedad. Es hora de proteger a nuestras mujeres, niños, sociedades en definitiva y resucitar al fantasma de la esperanza para que vuelva a ser la luz que nos conduzca desde la libertad y los derechos.

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