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Martha Frayde: Amante de la libertad

Editado Para La Historia

Era marzo de 1988. Todavía las noches eran frías. Yo hacía zapping en la televisión buscando algo que me interesara. En mi búsqueda llego a una estación de televisión que transmitía una entrevista a una señora, ya mayor, y con cara de gente buena. La señora se expresaba en un perfecto francés y sin acento extranjero. Casi sin curiosidad comencé a escuchar la entrevista. Poco a poco comencé a entender de qué se trataba. Esa señora mayor era cubana. La locutora preguntaba sobre un libro que presentaba la entrevistada en Francia publicado por la editorial Denöel “Écoute Fidel” (Escucha Fidel). Ya ahí la entrevista sí atrajo toda mi atención.

Básicamente lo que esta señora trataba era de convencer, a través del nombre del libro y de todo su contenido, a Fidel Castro de reflexionar y cambiar de posición. Ilusa. A un Leo narcisista raramente se le puede hacer cambiar de opinión. Lo que más me llamó la atención de esta entrevista fue cuando la locutora, inteligente locutora, le preguntó si ella sentía odio por todo lo que había sufrido en las cárceles cubanas y ella respondió con un categórico NO.

En la entrevista dijo que vivía en Madrid. Yo en mayo tenía que viajar a Madrid a bautizar a mi ahijado Julián, nacido español, que lleva ese nombre en honor a un tío bisabuelo que yo no conocí porque fue fusilado por los españoles durante las guerras de independencia de Cuba de la tutela española siendo aún menor de edad. Movilice a todos mis conocidos en Madrid porque para mí era esencial conocer a aquella mujer que decía no conocer el odio. Su nombre: Martha Frayde Barraqué.

Mis amigos se supieron movilizar y me consiguieron una entrevista con aquella encantadora dama. Casualmente Martha Frayde vivía en el Paseo de la Florida, a solo 3 puertas de donde vivían los abuelitos de mi ahijado. La cita comenzó siendo ella bastante reservada y diciendo que aquella sería una cita muy rápida porque tenía mucho que hacer. El hecho es que nos pasamos el día entero juntos. Pero ¿quién era esta mujer que había sabido sacar el odio de su corazón?

Martha Frayde Barraqué, ginecóloga de profesión, era miembro de una de las ricas familias de Cuba. De alguna forma emparentada con los famosos oftalmólogos Barraqué de Barcelona. Hablaba tan bien francés porque de niña sus padres, como hacían las personas adineradas de la época, vivieron buena parte de la infancia de Martha en París, tenía institutriz francesa y había estudiado buena parte de la primaria en la capital francesa, donde vivían en la Avenue Wagram.

Al abrirme su puerta y ofrecerme sentarme en un sillón, a bocajarro le dije que yo venía a verla para que me ayudara a sacar el odio de mi corazón, porque yo sí sentía odio. La cara de aquella mujer se enterneció. Con su índice izquierdo me señaló un rincón de la habitación en la que nos encontrábamos donde había un pequeño altar a la Santísima Virgen de la Caridad del Cobre: – ¿La ves Franck? Esa es nuestra madre. Y es la madre de todos los cubanos. Tenemos dos enemigos: Fidel Castro y Raúl Castro. Todos los demás son nuestros hermanos. Están equivocados… pero tienen el derecho a estar equivocados. Somos nosotros los que tenemos que demostrarles que están equivocados.

A partir de ese momento la entrevista fue mucho más amena y ligera. Era una mujer mundana, de exquisitos movimientos heredados de la Belle Époque. Me hablaba de su experiencia en la cárcel para mujeres Nuevo Amanecer, de cómo empadronaba (palabra que todavía no se usaba en aquellas épocas) a las prostitutas y delincuentes que eran sus compañeras de presidio. Me hablaba de que los ricos cubanos coleccionaban obras de pintores consagrados, de preferencia españoles, cuando ella, con sus facilidades pecuniarias, compraba y ayudaba a los pintores cubanos cuando sus obras se vendían por casi nada, lo que le hizo tener una valiosa colección de pintura cubana. Me hablaba de cuandofue acusada falsamente de ser agente de la CIA. Me hablaba de que el sillón en el que me balanceaba era un sillón histórico, puesto que en él se habían sentado Eduardo Chivas y Fidel. Me hablaba de Chivas, del que yo realmente conocía prácticamente nada, de su lucha contra Batista, de su desilusión con Castro. 

Me hablaba de cómo fue que pudo sacar el famoso sillón y su fabulosa colección de pintura cubana de Cuba que la ayudó a tener una vida económicamente digna en el exilio. Me hablaba de Simone de Beauvoir y de Jean-Paul Sartre, sus amigos y que tanto hicieron para sacarla de las cárceles cubanas. Me hablaba de su compañera de vida que tanto le faltaba porque ella era incapaz siquiera de rellenar un cheque bancario, cosa que había tenido que aprender a hacer al quedarse sola en la vida. Me hablaba de la defensa del patrimonio cultural cubano que era vendido por el gobierno de Cuba, patrimonio que ella consideraba era absolutamente necesario conservar. Me hablaba de su época como directora del Hospital Nacional y de la Escuela de Enfermeras de Vento. Me hablaba de su época como delegada de Cuba ante la UNESCO. ¿De qué no me habló esta mujer?

No la volví a ver en persona nunca más. Nos conversamos varias veces por teléfono. Cuando mi ahijado y sus padres se mudaron de Madrid a Bruselas ya yo no tenía razones para estar visitando Madrid. Aún en vida donó la integralidad de su archivo documental a la conocida Colección del Patrimonio Cubano y su fabulosa colección de pintura cubana al Museo de Arte Lowe, ambos en Miami. Su muerte llegó en diciembre de 2013.

Desde el punto de vista “material” esta señora, de tan elegantes maneras, fue la que me enseñó la Ermita de San Antonio de la Florida con sus hermosos frescos de Goya (casi frente a su apartamento) y la muy conocida Casa Mingo (entre su apartamento y la Ermita), restaurante asturiano que existe desde los años 1880, donde terminamos comiendo su tradicional pollo asado acompañado por su exquisita sidra asturiana.

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