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Un homenaje a mi ayer

Mi Esquina Socrática

Quiero escapar a mi hoy de todos los días por solo esta vez. Hacia mi ayer tan cubano, que es una forma de decir muy entrañablemente también tan español como criollo.

Evoco ahora lo que para mí constituye una muy dulce memoria, la de doña María Teresa González de Ancos, “la galleguita” de la Habana, que solo hube de conocer en persona durante nuestro común exilio aquí en Guatemala.

Y todo esto lo traigo a colación porque me he enterado de que falleció muy lejos a sus 101 años de edad.

Por supuesto, para sorpresa de alguno de mis lectores que no hayan residido por años en la Cuba pre-castrista, esta mi preferencia puede antojársele muy rara. Pero para mis pocos amigos cubanos que aún me quedan todavía en este mundo, un antojo sentimental que les será muy fácil de entender.

Pues salí de Cuba por última vez a la edad de treinta años y jamás se me ha permitido regresar.

Y en el entretanto, casi toda mis numerosas parentelas, esto es, tanto por parte de mi padre como de mi madre, ya han muerto también dispersos por todas partes, como casi seguramente me habrá de pasar a mí lejos de aquel maravilloso recuerdo que me resultó Cuba, entonces tan avanzada y tan alegre.

A doña María Teresa, reitero, la apodé “la galleguita” porque en primer lugar de hecho fue realmente nativa en la Coruña como millones de tantos otros gallegos que cruzaron el Atlántico y que desde ese momento quisieron identificarse como cubanos.

A alguno le podrá parecer esto como un genuino galimatías, pero no para quien haya compartido a fondo y por muchos años las vivencias de la Cuba anterior al triunfo de Fidel Castro, otro “gallego”, por cierto, que hubo de identificarse como cubano porque allá nació de un padre gallego machista y reaccionario.

Mi “galleguita” era muy blanca y rosada, de facciones de una perfecta simetría, de un sentido del humor envidiable y de un mirar siempre tierno y risueño.

Me encantaba el orgullo feliz con el que ella también se identificaba como “cubana”, porque sí lo fue como tantos otros millones de inmigrantes muy jóvenes que inundaron Cuba tras su independencia definitiva de la Madre Patria a inicios del siglo XX.

Cuba, así lo más hispánico de las Américas desde entonces, y “la tierra más bella que ojos humanos hayan visto”, según el testimonio de su descubridor, el genovés Cristóbal Colón, un 27 de octubre de 1492, inició así su proceso de su incorporación definitiva a la muy católica España de entonces.

Pronto ya habrán transcurrido seis siglos de todo ello, pero yo nacido en Nueva York y un residente más en la Guatemala de nuestros días todavía la retengo como mi punto de arranque de mi definición de lo humano.

Así le pasó también a “la galleguita”, mi enternecedora amiga patriota de todo lo cubano y, no menos, de tantas vivencias juveniles.

Pero aquí quiero ahora recordar otro rasgo que también nos reafirma como cubanos para siempre: ese peculiar término de “la galleguita”.

Para cualquiera que hubiese tenido las mismas experiencias históricas de nosotros dos, ese término le evocaría evidentemente un rasgo muy genuino del folklore más auténticamente cubano: el del paralelismo usual del “negrito” y del “gallego”.

Leopoldo Fernández, el muy conocido personificador de “Tres patines” tanto en la radio como en la televisión de aquel entonces (por supuesto hasta el arribo de los “barbudos” tan urgidos de un buen baño con agua limpia y jabón), fue el principal intérprete del “negrito” en los episodios tan humorísticos de la serie de la “Tremenda Corte”, en cuanto la contrapartida emblemática de todo “gallego” en Cuba (esto es un “peninsular” en la jerga popular de entonces, fuese asturiano, vasco o catalán).

Y esto me trae a colación otra reflexión de sello más bien casi filosófico y no menos histórico: el de las tan diferentes secuelas de la esclavitud de los africanos en las tierras de los anglosajones de América del Norte y de los latinos ibéricos más al sur de las Américas.

Las relaciones interraciales siempre han sido mucho más humanas y cordiales entre blancos y negros en los países latinoamericanos que en el nórdico anglosajón. Para una simple confirmación véanse los respectivos panoramas sociales de los Estados Unidos y del Brasil.

El triste fenómeno de la esclavitud de los negros había empezado en África del Este por iniciativa de sus conquistadores Árabes allá por el siglo XII de nuestra era. Su punto más álgido se situaba en la isla de Zanzíbar, frente a las costas de Tanganica y bien al sur del continente africano.

El tan lucrativo tráfico de africanos empezó a serles arrebatado por los europeos a los árabes unos tres siglos después, cuando la gesta heroica de Vasco de Gama abrió por el Cabo de Hornos la ruta definitiva en 1497 hacia el fabuloso Imperio de la India y más allá asimismo a todas las riquezas, del Japón y de la China imperial también incluidos, previamente mistificados por los best Sellers del legendario veneciano Marco Polo desde mediados del siglo XV.

Y así tuvo su inicio nuestro orden mundial de hoy.

Por otra parte, la muy triste historia de la “esclavitud” de humanos por humanos había empezado mucho antes, en el Egipto imperial de Ramsés IIantes de Cristo, seguido muy de cerca por la Mesopotamia no menos imperialista, e institucionalizada más tarde en los hogares de la Grecia clásica y después en los grandes latifundios de Roma unos tres siglos antes de Cristo.

América, pues, hubo de profundizar esa repugnante institución del antiguo mundo a partir de la Conquista de Hernán Cortés y Francisco Pizarro en el siglo XVI y durante su posterior expansión hasta el siglo XIX.

Cuba tampoco fue una excepción a ello. La caña de azúcar fue su punto de inflexión más notable allí tanto como el oro del Perú y las riquezas de Moctezuma.

Y de esa manera la ya avejentada institución de la esclavitud resultó muy dispareja entre el Norte calvinista anglosajón y el Sur ibero-católico que había retenido los avances jurídicos del mundo mediterráneo para ese entonces.

Pero quiero apresurarme a decir que por eso la del Sur fue jurídicamente mucho más humana y, por lo tanto cristiana, que la del Norte del Nuevo Mundo hoy simbolizado principalmente por lo Estados Unidos de América. Aunque Hollywood ha querido insinuarnos una visión opuesta en nuestros días.

La raíz principal de todo ello es que las versiones española y portuguesa de la esclavitud conservaron mucho más que sus contrapartes anglosajonas y germánicas la sabiduría acumulada por milenios de la tradición jurídica greco-romana, mientras que los anglosajones sobre todo partieron de cero porque ya el calvinismo había roto violentamente con la herencia de los clásicos antiguos del continente.

En otra ocasión podré ampliar este punto.

Pero ahora, de regreso a nuestra “galleguita”, quiero reiterar que los españoles y portugueses emigrados a nuestra América recién descubierta se entremezclaron así con casi total espontaneidad con las indígenas y africanas más bellas y con mayor naturalidad que sus homólogos del Norte protestante, dando origen así al “mulato”, la contrafigura mucho más tarde del “gallego” de inicios del siglo XX.

Y de esa manera pudimos nosotros contar con propietarios de esclavos muchísimos más humanos y menos racista que las tierras al Norte del Nuevo Mundo.

Y mi tan hermosa “galleguita” de otrora me resultó una reiterada ilustración candorosa de lo que acabo de decir.

¡Qué suerte la nuestra!…

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