Cuando miras para recordar

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Cuando estás en casa, y tienes tiempo y a lo largo de algunas paredes cuelgan una serie de fotos impresas – unas en colores, otras en grises – que una vez fueron tomadas con una cámara de cajón donde el rollo solo admitía 6 fotos – que palidecen por el paso de los años en señal que también “envejecen”, siendo limitado su deterioro por un cristal que la protege.

Las en colores, por su parte ya enmarcan el progreso de los avances tecnológicos, al ser tomadas por celulares “que luchan entre sí, por la competencia”, basándose en el desarrollo de las lentes, los cuales se clasifican si son para selfies, o para la comida, para paisajes, en fin la tecnología misma que nos induce o dirige a controlarnos: “usa esta opción que es la mejor”.

Posteriormente las llevábamos a imprimir y van a su “nicho”, ser colgadas y no ahorcadas, para que cada vez que pases encuentres algo nuevo – ya vista n veces – en esa gráfica que te detiene, porque inexplicablemente encuentras algo nuevo, que se te había escapado, o si no “darle vida” a los recuerdos, trasladarte años atrás que lo determina para ubicarte quienes están en ella o quienes no están, pero ahí quedan registrados entre sonrisas “forzadas” por el inexperto camarógrafo que mencionaba “…miren al pajarito..”, diferentes poses, abrazados, y en la mayoría de los casos el fondo que nos confirma que ahí estuvimos (el mar o la playa, un restaurante, en la casa donde mayor espacio allá, para que quepan todos, y en el mejor de los casos en un pasillo porque somos muchos y ubicados de lado movemos nuestros cuerpos con un cierto grado de inclinación para asomarnos y salir en la foto, para ser parte de la Historia, personal.

El tiempo también ha cambiado el lugar donde “duermen” las imágenes, lo que llamábamos álbum (en mi caso personal en una gaveta, que con el tiempo iban “desapareciendo” porque cada uno de los hermanos hurtaban para ser escondidas en un bolso para llevárnosla como recuerdo para cuando regresábamos a la casa, sin pedir permiso a la “vieja”, entiéndase a mamá que en nuestra cultura refleja amor y cariño), que nos daban la ventaja de sentarnos a ojear; hoy habrá que contar con una computadora donde creaste carpetas (fotos año tal) y subcarpetas, donde “desgranas” el lugar, la fecha o país, si tuviste la opción de vivir en más de uno. A lo anterior se suma que la tecnología misma, se encarga de recordarnos, cuando recibimos un recordatorio: “la foto más vista en el año…”; tus recuerdos de ¿9 años atrás o menos” con la opción de volver a compartir a quien hayas designado recibir, públicos, amigos o sencillamente enviar a discreción a los involucrados, con la posibilidad de que la “lean” y te contesten con un simple like (me gusta) o con algunos de los emojis creados para dar diferentes grados de aceptación, convertidos en símbolos y que fríamente sustituyen oraciones, comentarios un tanto más extenso del recuerdo, pero que hoy en día lo que nos comunican con esas “señales” nos hacen expresarnos menos y tal vez como no quisiéramos en cuanto a expresividad, pero que a la larga una vez más la tecnología nos vence.

Hay fotos – volviendo a “mis paredes” -, y que forman parte de mi museo – no el del Louvre, ni el del Prado -, sin entrada al público y tal vez exclusivo para los visitantes más asiduos, que se asoman para recordar o ver las “nuevas”, que, aunque tengan sus años, decidimos sacarlas a la luz.

Recientemente, fresco por algunas efemérides en particular, esas que abrazan a todos los humanos queridos y amados a nivel mundial (día del padre o la madre, de los abuelos, etc.), con fechas diferentes y por razones históricas de cada país, resultó una justificación o motivo más que suficiente, para volver a recordar, sin importar que en mi rostro se asomasen lágrimas, sonrisas o mezcla de ambas. ¿Saben qué?, es muy bello recordar.

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Ernesto González Valdés

Nació en la ciudad de La Habana, Cuba y es nacionalizado Nicaragüense tiene estudios superiores de Licenciatura en Pedagogía y posgrados en Química Orgánica y elaboración de materiales didácticos.