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¿Por qué el apuro?

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En toda familia, siempre hay relatos, anécdotas, que suelen salir a “la luz”, cuando nos reunimos los integrantes de la misma – preferentemente virtual, para cómo andan los “tiempos covidianos” – o al menos a través de un correo electrónico. Muchos de ellos, que se pierden con el paso del tiempo y se retoman, generando en la mayoría de los casos sonrisas, que inclusive podrían trasladarse genéticamente. ¿En serio?

Tengo un conocido – casi hermano, por los años de amistad – que me contaba que un familiar suyo, dormía con los zapatos puestos (des acordonados, pero puestos), para ganar tiempo, en cuanto a dormir un poco más y que al bajarse de la cama, solo era cambiar la pijama por el pantalón (previo aseo) y la camisa que había dejado lista de la noche anterior; desayuno listo por una esposa que se levantaba mucho antes – no solo para atenderlo a él, sino también al resto de la prolífera “camada” de hijos(as) – que debía asistir a la escuela.

Pero, este apuro, ¿realmente se hereda? Si el relato del segundo párrafo, lo interpretásemos como ser una persona cumplidora, de trabajar excesivamente por la necesidad de una familia que mantener, inclusive en muchas ocasiones pasando por ello a un segundo plano a la descendencia, en el sentido afectivo; de tratar de garantizar que los menores y jóvenes fuesen o alcanzasen metas superiores en su formación como estudiante y posteriormente como profesionales, donde él no lo pudo ser o lograr, siendo un ejemplo a seguir, categóricamente diría que SÍ.

Obviamente en este sentido habrá discrepancias entre usted y yo, estimado lector, y se preguntará ¿por qué no ser más medido, ecuánime, planificado? ¿Por qué andar el día entero estresado? No me refiero de ir a los extremos, ya que no siempre, resulta pertinente.

Les confieso algo: un estudiante que se destaca, por entregar primero sus trabajos, participar (de forma moderada, pero siempre en modo asertivo), cuyos resultados evidencian madurez, solidez en la palabra (escrita o verbal), sus argumentos manifiestan una investigación previa adecuada y confiable, hecho que tarde o temprano capta la admiración de sus compañeros de clase y profesores.

A lo anterior, le suma, ayudar a sus compañeros de estudio, promoviendo que TODOS cumplan con los compromisos individuales, previamente establecidos, para la entrega en tiempo, sea una exposición a través de un foro, plenario u otra modalidad.

Sin embargo, hay personas, que exponen que «las prisas no son buenas para nada», y pueden tener razón, claro está, aunque yo me apunto y apoyo a lo expresado por un rey de España, Fernando VII el que la dijo al ver que uno de sus sirvientes no atinaba a vestir al monarca antes de una importante reunión[1].

¿Cuál era la susodicha frase? «Vísteme despacio, que tengo prisa», una frase digna de reyes que, estamos seguros, deberíamos repetirnos los unos a los otros varias veces al día.

Es más, creo que la misma sería una adecuada vacuna para las personas que estudian o trabajan en modo “perezoso”


[1] Otros autores han puesto la expresión en boca de Napoleón o Carlos III.

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Ernesto González Valdés

Nació en la ciudad de La Habana, Cuba y es nacionalizado Nicaragüense tiene estudios superiores de Licenciatura en Pedagogía y posgrados en Química Orgánica y elaboración de materiales didácticos.

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