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Protagonistas de la USAC

Antropos

El año de 1992 le fue entregado al escritor Luis Cardoza y Aragón el distinguido reconocimiento de Doctor Honoris Causa, por el Consejo Superior Universitario de la Universidad de San Carlos. En esa oportunidad se leyó parte de las letras escritas como reconocimiento a la distinción recibida: Voy a ser sumamente breve, brevísimo. Nada más que expresar mi profunda gratitud por el altísimo honor que la Universidad de mi patria me hace de otorgarme el Doctorado Honoris Causa; la más honrosa que he recibido en mi vida, el reconocimiento a mi trabajo y a mi trayectoria. La Universidad de San Carlos, que lleva más de trescientos años trabajando por Guatemala, ha representado siempre, y es una bellísima tradición, el honor, la sabiduría, la dignidad y el coraje de Guatemala. Este año de 1992 debe ser el año de la paz en Guatemala: el ejemplo de El Salvador debe alumbrarnos. Yo deseo que acabemos con la distinción entre indios y ladinos: que en Guatemala haya solamente guatemaltecos.

Estas palabras profundas de Cardoza y Aragón se colocan al frente de la descripción que se hace de la impronta de algunas y algunos protagonistas de la USAC. Efectivamente como un homenaje a nuestra tricentenaria universidad hemos preparado este aporte que obviamente no recoge a muchas personas que han incidido de manera decidida en el desenvolvimiento de nuestra Alma Mater.

Sin embargo, es necesario conocer a aquellos académicos que forjaron la universidad del siglo veinte y en honor a ellos, esta pequeña pincelada para que no se nos olvide quienes fueron los que están detrás de lo que hoy existe. Obviamente hay otras figuras señeras que se nos escapan pero que esperamos recuperar.

Veamos, La Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales se ha destacado por largos años porque forjó en sus aulas a hombres y mujeres que, si comprendieron con lucidez, sencillez y, sobre todo, con un alto nivel de compromiso humano la razón de ser de lo que es y debe ser un profesional en derecho. Ahí por ejemplo figuras destellantes de la vida nacional como el Dr. Edmundo Vásquez Martínez, Rector y Presidente del Organismo Judicial, con una profusa producción intelectual formador de un discipulado. Dr. Rafael Cuevas, Decano, Rector, Maestro, que aún en su alta investidura, tenía la sencillez de caminar por el campus universitario para conversar con los alumnos de temas teóricos de alcance universal. Mario López Larrave, maestro, especialista en derecho laboral, asesor de sindicatos y vilmente asesinado por las huestes que le daban muerte a la inteligencia. Santiago López Aguilar, joven abogado, e intelectual, maestro y defensor de las causas justas.

Facultad de Ciencias Económicas, apenas quiero destacar a maestros que lograron sembrar la semilla de la curiosidad intelectual y de la dignidad como un valor humano equilibrador de la conducta individual y colectiva, tal es el caso de Valentín Solórzano, autor del libro clásico Historia Económica de Guatemala que ha servido de referente para múltiples generaciones. Alfredo Guerra Borges quien tuvo que salir al exilio en la UNAM, se convirtió en un referente en el ámbito del pensamiento económico, sin embargo, nos legó, entre otras cosas el libro Geografía Económica de Guatemala, Rafael Piedra Santa Arandi, intelectual reconocido, luchador por la defensa de los Recursos Naturales, gran maestro de la dignidad. Saúl Osorio Paz, intelectual que brilló originalmente en el Centro Universitario de Occidente y desde aquí saltó a la palestra del país hasta convertirse en Rector y ya en el exilio, hacerse doctor en ciencias económicas en la UNAM para publicar sus libros sobre Integración Económica Centroamericana. Alfonso Figueroa, diligente investigador y maestro de aquellos que parado frente a sus alumnos aún en los apagones que se daban en la época, cada estudiante se quedaba en silencio escuchando la lección. Muerto por su inteligencia, al igual que Vitalino Girón Corado que aún frente a sus asesinos los increpó con estas palabras: ¡no sean cobardes!  Pero también por ahí camina Gilberto Batres, auditor que pudo compaginar su vida universitaria con las altas responsabilidades como dirigente financiero del Banco de Occidente.

De la Facultad de Humanidades, que no quisiéramos decir, si esta es la fuente donde yo mismo me alimente cuando esta unidad posaba sobre la novena avenida y veíamos jóvenes debatir y compartir a los grandes humanistas de la primera mitad del siglo veinte. Una facultad inspirada en su primer decano José Rolst Benet, el teórico de la fundación de la nueva USAC. Nos heredó la Ley orgánica y sus escritos centrales acerca de los fines de la universidad. Acompañó a figuras como Raúl Osegueda, Jaime Díaz Rozoto, a Carlos Martínez Durán, intelectuales que sustantivaron la nueva creación de nuestra universidad en el marco de la revolución de octubre. Pero también quiero contar lo que personalmente me tocó mirar, como la suerte de conocer a José Mata Gavidia, el filósofo por antonomasia, autor de obras claves acerca del pensamiento clásico, quien a su vez tuvo la osadía de escribir desde una perspectiva filosófica acerca del Popol Vuh y un pequeño ensayo titulado Docencia en Forma de Investigación que ahora hemos rescatado y sabemos por lo que me dijo el Dr. Gordillo, que ha sido texto en la UNAM. Al doctor Salvador Aguado que con su enjundia entusiasmaba a los jóvenes en el aprendizaje por la gramática española, y por el gusto a las letras. A Ricardo Estrada, autor de la literatura infantil del Tío Coyote y el Tío Conejo, A Jesús Amurrio historiador de las ideas positivistas en Guatemala. A los filósofos de la ciencia y las matemáticas, Rodolfo Ortiz Amiel, Rigoberto Juárez Paz. Pero también recordamos a la poeta Luz Méndez de la Vega, emprendedora maestra de juventudes en quienes despertó el gusto por la literatura y el sentido de lo estético, pensadora, incansable estudiosa, un ejemplo de lo que es alguien preocupada para que los jóvenes aprendan y se sensibilicen. A Roberto Díaz Castillo, cuidadoso estudioso del folclor y el gran editor de la Revista ALERO que aglutinó a los mejores pensadores, poetas y artistas de Guatemala y de América Latina, una Revista que fue y es un punto de referencia cultural nacida en la USAC. Carlos González Orellana, humanista por fe y por convicción porque ha sido capaz de mantenerse hasta la fecha con la dignidad y la lucidez que tanto hoy nos hace falta. Autor de la obra clásica Historia de la Educación en Guatemala que debería ser la biblia de cualquier educador guatemalteco, como un punto de referencia fundamental.

No podríamos dejar de mencionar en el ámbito de las humanidades, al maestro de maestros, Severo Martínez Peláez, autor del libro LA PATRIA DEL CRIOLLO, obra que se ha convertido a nivel de América Latina, en una interpretación clásica de la historia de nuestro subcontinente. Pero, además, fue un maestro que con su estilo tan de detalle, delicado y fascinante, pudo embrujar a sus discípulos en el gusto por la historia. A Joaquín Noval, iniciador de los estudios antropológicos en nuestro país. A Carlos Guzmán Bockler, polémico, inquisidor, estudioso, inquieto, quien abre al debate una posición acerca del indígena en nuestra nación. Gran sociólogo con reconocimiento continental. A los hermanos Jorge y Luis Luján, historiadores y arqueólogos que dejaron en sus alumnos una perenne preocupación por entender y comprender nuestro pasado. Al historiador de la Universidad Augusto Cazali, tampoco lo podemos olvidar, con esa elegancia de traje y peinado nos hablaba cabalmente también con elegancia.  Pero ahí está también René Poitevin, llegado de Francia con toda la enjundia de las teorías sociológicas y quien pudo desde la Escuela de Ciencias Políticas insuflar nuevas ideas, otras iniciativas como la creación de la Revista que aún sigue vigente. A Romeo Imery, muerto prematuramente cuando aún quedaban muchos lustros para escuchar sus palabras llenas de sentido.

No puedo dejar en el tintero nombres como los psicólogos José Roberto Pérez, maestro de generaciones, fundador de la Escuela y creador de un centro de servicio de psicología popular, o bien, Julio Ponce, primer director de la Escuela, quien nos heredó la metodología integradora como base fundacional de los estudios de la psicología en Guatemala, lamentablemente por ser inteligente, creativo y soñador, los necrófilos se lo llevaron y nunca volvió a aparecer.

De la Facultad de Farmacia apenas podemos mencionar nombres de grandes maestros y figuras académicas como Rubén Mayorga Peralta, maestro de químicos y biólogos, hombre que con su fuerza, energía, inteligencia y creatividad pudo sortear limitaciones para consolidar la Escuela de Química y Biología. Ricardo Antillón Mata es otro que forma químicos farmacéuticos. No habrá que olvidar los nombres de Enrique Blanco maestro formador de químicos y a Carlos Valenzuela en el área de formación de químicos farmacéuticos.

De la Facultad de Veterinaria y Zootecnia, sin agotar aquellos maestros que crearon y fundaron esta facultad como un centro de producción de alimentos  para responder a las necesidades de una sociedad que requería formar profesionales con un perfil adecuado para velar técnicamente por la producción ganadera, lechera, entre otros aspectos, se destacan las figuras señeras del doctor Rolando Matamoros, que además de maestro, amigo, humanista, científico, gerente médico, dejó una estela de discípulos que han seguido sus pasos. Pero ahí está también el doctor Ernesto Villagrán Crespo, ya jubilado y quien trabajó en el área de clínicas como un gran maestro y al doctor Mynor Barrera que dejó sus enseñanzas en el área de la patología.

Y de la Facultad de Agronomía, cuna del saber de grandes amigos, como el doctor Antonio Sandoval, especialista en genética y quien tuvo la visión de enviar a doctorar a sus docentes para convertir esta facultad, en una de las de más prestigio académico a nivel institucional. Qué gran lástima que no pudiera ser Rector cuando compitió para ello, porque aquella visión, sigue siendo hoy, de gran actualidad. Pensaba a la USAC en grandes áreas del saber, las de la salud, ciencias sociales, humanísticas, tecnológicas. Y allí en el recuerdo está el gran maestro humanista Neto Carrillo, ecologista. Un sabio que se adelantó a su tiempo, porque un sabio no es el que sabe mucho, sino el que puede otear el futuro. Neto, un gran conversador, con cigarro en mano y una taza de café en la otra, pudo compartir con sus discípulos y atenderlos humanamente.  Pero también recordamos a Mario Raúl Molina Yarden. Su obra respecto a las formas de abono orgánico es hoy punto de referencia y buscada porque es de gran actualidad, por desgracia está agotada y probablemente perdida entre algunas bibliotecas personales. Los jóvenes como Heber Rodríguez, especialista en recursos naturales, se fue esa juventud vigorosa y de talento en un lamentable accidente automovilista. Qué gran pérdida para la USAC. Y ahora, docentes valiosos, como aquellos jóvenes que formó el Dr. Sandoval tal el caso de Cesar Azurdia y Luis Mejía, científicos que la jubilación temprana se llevó estos talentos y hoy le sirven a la patria en otros escenarios.

De la Facultad de Odontología, nos han dicho algunos nombres, pero obviamente se escapan otros. Ahí el recién fallecido Carlos Enrique Pomés, uno de los creadores junto al Dr. Otto Menéndez del EPS de la USAC, como una de las modalidades más creativas e interesantes del quehacer universitario. Pero también los especialistas que han dejado escuela como el doctor Gustavo Berger, maestro de maestros en la cirugía oral. El dr. Roberto Valdeavellano, quien además de decano y rector, fue un gran cirujano en el área médica quirúrgico con cientos de discípulos que aprendieron sus destrezas y su sentido de la vida. O bien el doctor César López Acevedo, un gran patólogo oral con una amplia y profunda producción intelectual.

De la Facultad de Medicina, los nombres históricos abundan por sus aportes a la ciencia y a la salud. Pero sólo recordemos al gran patólogo y humanista Carlos Martínez Durán. El gran rector que marcó la historia contemporánea de la USAC. Creador de la ciudad universitaria, del CSUCA, DE LA UDUAL, de los estudios humanísticos. Uno de los grandes de Centroamérica, que bien merecería llamarse a la ciudad universitaria Carlos Martínez Durán. Pero hay otros, como la doctora María Isabel Escobar, la primera médica de Centroamérica y primera pediatra. Maestra entregada a sus alumnos a quienes formó desde las aulas prácticas del mismo Hospital. Al doctor Federico Castro, patólogo quien formó discípulos en todas las especialidades, porque su gran virtud, fue estudiar, estudiar y estudiar para que los estudiantes aprendieran, aprendieran, aprendieran de todo aquello que al cuerpo humano se refiere y al doctor Ernesto Cofiño Ubico, un gran médico humanista como los que siempre necesita la sociedad, precursor de la pediatría y que hoy día por sus bondades humanas y unos principios cristianos de fondo,  está en proceso de beatificación en el vaticano cabalmente por esa entrega a la salud del ser humano. Es quizás nuestro hermano Pedro del siglo veinte. Qué hermoso y lindo sería que nuestra universidad pudiera tener además de grandes intelectuales, científicos, humanistas, poetas, artistas, tecnólogos y políticos, a un santo por entregarse desinteresadamente a la humanidad. A la causa de los desposeídos, de los marginales, de aquellos a quienes, como dice el poeta Akabal, todo les queda lejos.

De nuestra Facultad de Arquitectura, hemos recogido algunas pinceladas de su historia y que lindo resaltar el nombre de Amelia Weyman, la primer arquitecta graduada en l968 y cuenta ella “cuando me gradué de maestra en Belén yo quería estudiar ingeniería porque era buena para las matemáticas, pero cuando me hicieron los exámenes me dijeron que estudiara arquitectura, yo pregunté, dónde estudio eso porque no sabía que en Guatemala ya había facultad de arquitectura”, posteriormente se especializó en urbanismo. Pero los maestros fundadores están ahí presentes como Roberto Aycinena Echeverría, quien fue el primer decano el año de 1958. Entre sus grandes aportes arquitectónicos destacan el diseño del edificio de la Rectoría y formó parte de la planificación del Centro Cívico de la ciudad. Jorge Montes. Estudió arquitectura en la Universidad de Auburn en Alabama y se gradúa de arquitecto en 1952 en Canadá. Junto a otros arquitectos se inspiraron en una recomendación cuando alguien viendo unas fotografías de Tikal en un congreso internacional les dijo: no copien aquí teniendo ustedes allá mucho más en que inspirarse para hacer su arquitectura propia”. Regresaron y en las oficinas de Obras Públicas planearon abrir la Facultad. Es interesante para nuestros días repetir estas palabras que como Decano dijo “Lo primero que hice como decano fue mandar a abrir una ventana de piso a cielo para que todos me vieran y supieran que yo estaba allí, que si un estudiante quería hablar conmigo. Si tienen problemas les dije, a pesar de que el horario de la facultad es por las tardes yo voy a llegar por las mañanas, siempre llegué en la mañana, los estudiantes tenían los números de teléfono de mi casa y oficina para que pudieran tener acceso a mí en cualquier momento”. Otro de los fundadores Carlos Haeusslerr Uribio, quien estudió en la UNAM. Finalmente, no debo dejar de mencionar al artista Leonel Méndez Dávila, esteta brillante que sufrió el exilio y que, a su regreso a Guatemala, una dramática enfermedad se lo llevó dejando una estela de sabias enseñanzas.

Ahora sólo me queda hablar de la Facultad de Ingeniería, y puedo recordar para iniciar este pequeño recorrido intelectual de esta hermosa casa de estudios, con el amigo, compañero de ideales, un gran matemático y, sobre todo, un hombre con una profunda vocación a la docencia, y es el caso de Carlos Cabrera a quien los enemigos de la vida cortaron su inteligencia juvenil e impidieron que los estudiantes continuasen aprendiendo del maestro. Pero también recordamos a Luis Emilio Beltranena, creador del Centro de Investigaciones de la Facultad, siempre preocupado por la búsqueda de la verdad, sistemático, serio, circunspecto y con una rectitud que le permitió hacer desde este centro los controles de los materiales y de las obras de construcción del gobierno y del sector privado. Pero están otros nombres como Fernando Goyzueta quien formaba a sus estudiantes en el diseño de obras de concreto. A Rafael Santiago, físico, experimentador hasta con las manos, vejigas, llantas, plásticos. Un hombre creativo, humilde y muy querido por sus estudiantes. Y del Dr. Bernardo Morales, matemático, que hoy en su retiro sigue dando aportes en una universidad privada y en todos los círculos donde hay debates. César Fernández, ex decano, gran maestro de vocación que aún siendo jubilado no quiere dejar de dar clases y allí dichosamente la facultad lo está aprovechando.

En este sentido la Escuela de Formación de Profesores de Enseñanza Media –EFPEM- aspira a cultivar la memoria de aquellos ilustres personajes que han contribuido para que nuestra universidad siga aportando ideas, conocimientos, formación, acciones de proyección a la sociedad guatemalteca. La USAC, hay que entenderlo así, no es una abstracción, o bien una institución aislada y altisonante. Contrariamente al recorrer las páginas de la historia, desde los primeros intentos formulados por el Obispo Marroquín, hasta su creación el año de 1676 y de todo su recorrido por diferentes épocas y momentos históricos claves, la USAC emprendió desde sus mismas entrañas, procesos de renovación para colocarse a la “altura de los tiempos”. Y hoy de nuevo, después del remozamiento de la cual fue objeto en la revolución de la primavera de 1944, se levanta el espíritu utópico para marcar con el Congreso Universitario, un nuevo derrotero que viabilice una universidad sin complejos y comprometida esencialmente con la academia para servirle mejor a la sociedad.

Se trata en esta nueva etapa de vida universitaria de colocar como pilar fundamental de la renovación institucional, la búsqueda de la calidad en todas las actividades que se realizan. Habrá que acentuar la atención de entregar a la sociedad, profesionales con una formación ética y competencias bien definidas, así como realizar investigaciones y procesos de extensión, cuyos aportes contribuyan a mejorar la condición, calidad, situación de vida y del ambiente de nuestros habitantes, en cumplimiento de los fines y propósitos institucionales, que orientan y norman nuestro quehacer académico.

Nos comprometemos a seguir contribuyendo desde el seno de la Cátedra Universitaria “Juan José Arévalo” a rescatar a otras personalidades señeras de nuestra Alma Mater y de esa cuenta lograr que la memoria histórica se convierta en el asiento referencial para lanzarnos a la aventura de tomar la mano de la utopía que nos lanzará hacia la renovación académico-administrativa de la Universidad de San Carlos de Guatemala.

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