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¿Qué hay de nuevo en lo de Ucrania?

Mi Esquina Socrática

Europa y su aledaño mar mediterráneo han sido la región más sanguinaria del planeta por los últimos cuatro mil años.

También, desde otro ángulo de vista la fuente de las más gloriosas civilizaciones y, encima, el mejor referente histórico para la adicional y pasmosa Revelación divina acerca de Su propia existencia.

¿Cómo entender semejante historial tan variado y peculiar aun para el mismo hombre al que se endereza que es cada uno de nosotros?

Misterios tremebundos para vidas tan breves y prosaicas…

Como no menos estremecedor nos puede resultar ese hipotético “Big Bang” de trece mil millones de años o ese otro más reciente y mucho más aclarador de un Dios único y eterno que ha decidido revelársenos hace tan solo unos cuatro mil años, y paulatinamente cada vez más en detalle en toda su verdadera enjundia humanoide hace ya dos mil años.

¡Cuán enanos podemos llegar a sentirnos en semejante e inesperado entorno!

Y ahora, de nuevo, nos angustia Europa, la cuna para nosotros de todo eso civilizado aunque también no menos destructivo que nos sentimos haber llegado a ser.

Algunos todavía nos sobrecogemos de ese horror usual y otros, menos sensibles, le restan trascendencia.

 “Homo homini lupus”, el hombre siempre lobo para el hombre, después de todo.

Todo eso la triste normalidad que se nos ha hecho la propia de un Hollywood demasiado amigo de la violencia, y también de un Silicon Valley emprendedor, así como, pero no menos de esos otros más voraces en Washington, Nueva York, Londres, Pekín o Moscú, a los que también ya nos hemos acostumbrado.

¡Un final poco digno para nuestras ilusiones de la cultura casi como si estuviésemos de veras con “Alicia en el país de las Maravillas”!

Persiste, empero, otra minoría de espectadores y también de actores por lo general menos informados que, sin embargo, se rehúsan a dar crédito a sus propios ojos.

Por eso, hablemos claro: ¿Cómo es posible que a estas alturas repitamos los terrores acumulados por tantos milenios de tantos malos hábitos de convivencia? ¿A dónde se nos ha fugado aquella ilusión de J. J. Rousseau de un hombre apenas civilizado, pero “bueno”? O ¿en qué han quedado aquellos motivos del lobo que tan poéticamente nos recordara Rubén Darío? Y, ¿a dónde habrían de parar en nuestros días los villancicos de la Navidad? O ¿aquellas reiteradas promesas solemnes de “pax” perpetua de la Ilustración?… ¿Acaso toda ilusión ya ha muerto?

Para esto creo tener respuestas:

La primera, pienso, es porque todavía nos rehusamos a aprender de la experiencia.

Tal como nos lo reiteran un tal Gabriel Boric, en Chile de hoy, o un Vladimir Putin en Rusia o un tonto de capirote por nombre Joe Biden en Washington D.C.

¡Vaya compañeros de ruta que nos acabamos de agenciar!

Para eso, más valdría la pena refugiarnos en la lectura del Infierno de Dante que en aquella de Heidi de Johanna Spyri de mis años mozos.

Lo penoso se nos ha tornado así infructuosamente más penoso. Y me pregunto: ¿De dónde ese empeño nuestro en no querer aprender al largo plazo de los errores de nuestros cortoplacistas sobre un supuesto mundo mejor?

Pues desde los primeros pasos de la Revolución Industrial, allá por el último tercio del siglo XVIII, y en una Inglaterra todavía puritana, hemos preferido adoptar la aburguesada actitud de que ya lo sabemos casi todo y de que lo que nos queda por aprender es sólo cuestión de tiempo.

¡Otro error mayúsculo!

Y de tal manera preferimos olvidar que nuestra naturaleza caída nos contradice y que con creciente frecuencia también nos es suicida.

Y por lo tanto, cuando nos sentimos optimistas, lo que hoy sea dicho de paso, a mí no me acaece, osamos pensar ilusamente a un largo plazo como si estuviésemos jugando a los dados. O, a la inversa, cuando cierta depresión anímica se nos anida en el corazón aguijoneada por los acontecimientos del diario vivir, como en este caso de Ucrania, desvariamos en nuestra fuga y al muy corto plazo.

¡Cuán poca sensatez!

Por eso de nuevo los horrores en la Ucrania de estos días parecen resultarnos impresentables; mientras que los muy escasos momentos de felicidad serena y nada aturdida que se nos cuelan merced a una Providencia que nos ha sido revelada se nos escapan y nos refuerzan el natural gozo tan espontáneo de continuar con nuestras vidas.

Sin embargo, reitero, que ahora se me debilita la esperanza hasta en el largo plazo sobre un posible futuro feliz para todos. Y por eso, hasta a ratos me acojo mentalmente a aquella sabia huida de Fray Luis de León que nos obsequió en su “vida retirada”:

 “¡Qué descansada vida
la del que huye del mundanal ruido,
y sigue la escondida
senda, por donde han ido
los pocos sabios que en el mundo han sido…”

Pero no a todos se nos han otorgado tales dotes de Fray Luis de León. Tampoco aquí en Guatemala las de un Amable Sánchez, que canta en voz baja sus logros mientras canta también en voz alta no menos sus desilusiones.

Y que en el entretanto, no cesa de urgirnos a producir para comer y hacernos de un techo lo más seguro posible, o de lo contrario pararíamos en esa Ucrania de hoy o la de otros lares semejantes como el de Afganistán también contemporáneo, o de aquel Golfo Pérsico de ayer, o la Indochina de Ho Chi Min de anteayer, o de los igualmente inolvidables retumbos aéreos en Vietnam…

¡“Nada nuevo bajo el Sol.”!

Ya somos casi diez mil millones los que habitamos este diminuto globo azul y muy pocos de entre nosotros quienes lloramos alegres porque a pesar de todo seguimos en vida.

Los muy ignorantes asimismo son relativamente felices porque de todo esto poco saben o han oído hasta que les cae encima esa bomba asesina o esa enfermedad inevitable que les ponga punto final a sus vidas.

Y así perseveramos, ilusos, al ritmo de un “New York, New York” de Frank Sinatra o de lo que le precedió, “La Vie en Rose” de Edith Piaff.

De regreso a Ucrania, el otrora granero de Europa, no lo reduzco todo a la figura de un supuesto ambicioso llamado Vladimir Putin; ni tampoco a la de ese terrícola ausente que responde sin apenas caer en la cuenta al nombre de Joe Biden, ni mucho menos a la de ese siniestro y enigmático Xi Jinping. Yo siempre vuelvo la vista a nuestros espejos más genuinos, ya sea los de bolsillo para mirarme en él o el de la NASA para mirar desde allá fuera todo el conjunto.

Y concluyo con la misma monotonía de siempre: ¡Cuán ilusos somos! ¡Nunca aprendemos de veras porque demasiado poco reflexionamos!

¿Será todo esto, Pinocho, síndrome inevitable de nuestra vejez colectiva?

Libre expresión de pensamiento.

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