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MEJÍA VÍCTORES ERA AREVALISTA

Mirilla Indiscreta

Nos dirigíamos a la Casa Crema, así llamada, quizá por ridícula imitación, por haber llenado en ocasiones las funciones de nuestra Casa Blanca Bananera, en mediocre comparación.

Aun existiendo la Casa Presidencial, construida por el General Jorge Ubico Castañeda, algunos Mandatarios o Jefes de Estado vivieron en la” Casa Crema”

A Don Jorge Ubico Castañeda, el dictador de los 14 años (entre 1931 y 1944) lo distinguió, su adicción por el poder absoluto, rodeado del fasto, magnificencia y besa manos, la impiedad profesional del verdugo; controlado todo, con la austeridad propia del dueño de una finca particular.

Finalmente, una fuerte unión cívica militar unida con el pueblo, enfrentando aquella atmósfera de férrea “Pax Romana” lo derrocó.

Don Edmundo ya mostraba cierta inquietud por lo extenso de la parte inicial del relato emprendido.

No entiende, que abordar la verdadera historia de esta etapa del país, reclama, tiempo, espacio y capacidad de síntesis; y lo más triste, por deficiencias educativas de fondo en la población, tener que explicar a muchos, especialmente a los jóvenes quién fue don Jorge Ubico, o quién Juan José Arévalo, que debiera ser parte fundamental de la formación básica, trasladada a ellos por sus docentes. ¡Infame pero cierto!

Y, este artículo, se refiere al General Oscar Humberto Mejía Víctores, que depuso al también General Efraín Ríos Montt y fuera (Mejía) quién realmente consolidó y le dio forma a la llamada apertura democrática posterior al Golpe de Estado del 23 marzo de 1982.

Experimentamos, en esa oportunidad, dos tipos de dictaduras: Una Dictadura Constitucionalizada, Lucas y antecesores sustituida por una Dictadura Personal: Ríos Montt.

El otro personaje del artículo: El Doctor Juan José Arévalo Bermejo, Presidente de Guatemala del 15 de marzo de 1945 al 15 de marzo de 1951, un maestro, dueño de enorme prestigio continental y quién por sus méritos como filósofo, docente y político de excepción, fue llamado por las diversas fuerzas revolucionarias de 1944, para que encabezara la lucha electoral que dio origen al Primer Gobierno de la Revolución de Octubre

Mi abuela materna: Isabel Bonilla Arévalo y el padre de Arévalo: Mariano Arévalo Bonilla, descendientes de hermanos con apellidos cruzados le dan razón de ser a mi parentesco cercano con el expresidente. Mi amada abuela, tía abuela de Juan José.

En mi Volvo azul, resaltaba la persiana en el vidrio trasero para proteger del sol y miradas indiscretas a los ocupantes; aquella mañana viajábamos rumbo a la casa crema, residencia oficial del Jefe del Estado General Mejía Victores, atrás, el economista Leonel Hernández Cardona destacado profesor e investigador universitario, llamado por Mejía Víctores para ocupar el despacho de Ministro de Economía.

Era también dirigente revolucionario de los llamados Chiquilines de la Revolución por su juventud en los tiempos de la rebelión popular;  yo manejaba, y a mi lado, con su egregia figura el Doctor Juan José Arévalo.

Acudíamos a una cita pactada con el Jefe del Estado, para que conociera al doctor Arévalo y de paso el expresidente, profundizara sobre su situación personal en relación incierta con el Ejército Nacional, cuya opinión era importante para garantizar la seguridad del exmandatario en el país.

Todos recordábamos como en 1963, cuando gobernaba el General Miguel Ydígoras Fuentes, en plena campaña electoral, para sucederlo, la llegada clandestina de Arévalo, cuando se hizo pública, alborotó el hormiguero y aceleró el acuerdo de los partidos para perpetrar el golpe de Peralta Azurdia.

Convinieron, repartirse en cuotas, las curules de la próxima Asamblea Nacional Constituyente que dio origen a la Constitución Política de 1965 que estrenara Julio César Méndez Montenegro candidato del Partido Revolucionario, organización, parte del acuerdo partidario para que se diera la asonada militar.

Días antes de la visita, el ministro Hernández Cardona -todos de común acuerdo con el Doctor Arévalo- había concertado una cita con el Jefe de Estado, y se me comisionó para que expusiera, y con el ministro, midiéramos las expectativas de la reunión cumbre y si era segura su realización para el exmandatario. Hernández Cardona sería el co-anfitrión de ese primer encuentro.

El movimiento del 8 de agosto de 1983, que depuso al General Ríos, constituyó para mí un gran alivio.

El arribo al poder de Mejía Víctores, había dado fin a una persecución a muerte durante el gobierno de don Efraín, que había provocado, como a otros, sumergirnos en el clandestinaje durante el año y medio de su tránsito por el poder.

Mejía me había devuelto a la civilización y por esa razón, aunque no lo conocía personalmente, estaba informado del movimiento y me inspiraba mucha tranquilidad (esa será parte de otra mini historia)

La reunión fue muy prometedora; la actitud abierta y franca del Jefe de Estado, alentaba la reunión con Arévalo, y nos hizo sentir con plena confianza para que continuara el proceso

Hernández Cardona en el gabinete, representaba a los sectores progresistas y nacionalistas, herederos ideológicos de la revolución de Octubre.

Pero en el mismo escenario otro ministro muy ilustrado e influyente y con gran experiencia política y diplomática, buscaba el respaldo a sus consejos de la Jefatura del Estado.

Fernando Andrade Díaz Durán, reconocido por sus amigos cercanos con el afectuoso sobre-nombre de “Pelo Lindo” implementaba una coincidencia política con otros sectores más próximos a lo que ahora se identificaría con la “Izquierda Rosada” como los llamaba Mario Roberto Morales o los apodados “Chairos”, al increíble servicio de la intervención y del Departamento de Estado Profundo.

Al parecer, su estrategia se justificaba en la búsqueda de los que posteriormente se llamarían “Acuerdos de Paz”

Se nos había instruido que accediéramos a la “Casa Crema” por la puerta pequeña de la 3ª. Calle de la zona 10 que abrieron a nuestra llegada.

No esperábamos, qué en la puerta principal, en las gradas de entrada, dos filas de soldados estaban en apresto para presentar honores al ilustre visitante.

Al salir el expresidente Arévalo, una voz de mando rompió el respetuoso silencio, “Presenten armas” ordenó el responsable y sonaron tacones y manos sobre los fusiles.

Acostumbrado a los viejos honores, aquel hombre muy alto, de brillantes ojos celestes, ergió toda su humanidad y subió solemne los escalones de la casa donde habitaba el poder.

El teniente coronel Durán, Jefe del Estado Mayor del Jefe de Estado lo eperaba y le dio la bienvenida oficial y nos condujo al final del corredor del lado derecho de la mansión estilo mudéjar-español, que me era familiar porque allí tuve mi oficina como sub-director general de Desarrollo de la Comunidad en el Gobierno de Méndez Montenegro y en ocasión de otra visita, siendo casi un niño, como interlocutor metiche, del Presidente Ydígoras para tratar, como emisarios de los alumnos, con otros compañeros, para tratar el tema de la huelga estudiantil de 1960.

En la puerta de esa sala, el Jefe de Estado, esperaba al visitante. Basado en la confianza de la reunión preliminar, y porque nuestra propuesta y posición pretendía que se tolerara por parte del Ejército, una eventual candidatura del Doctor Arévalo, que el Jefe de Estado no había rechazado, con esa certeza, en la entrada, tomé el antebrazo del general y le dije en tono quedo. “En sus manos encomendamos el futuro de Guatemala”. Y, encaminaron sus pasos a una reunión privada.

Los minutos parecían horas, sentados con el Ministro y el Teniente Coronel Durán hacíamos cábalas sobre el resultado.

Recuerdo que, en un momento emocionado, el Teniente Coronel Durán dijo. “Anoche soñé que el Doctor Arévalo era el Presidente “y describió su traje para darle certeza a la premonición.

Por fin, salieron, sonrientes y en paz; se encaminaron unos pasos en el corredor y parando el General Mejía Victores, le consulto a su acompañante:  “Presidente Arévalo,  me permite presentarles a mi esposa y a mis hijas que están muy emocionadas por conocerlo “; en la esquina oriente del regio patio doña Aura de Mejía esperaba junto a sus hijas, la señal para avanzar.

Finalizado el emocionante encuentro el Jefe de Estado ya, encaminándonos a la puerta de salida, le comentó al Doctor Arévalo: “Presidente” le volvió a decir, “Quiero contarle que yo soy Arevalista” y ante las expresiones de sorpresa de su interlocutor y las nuestras continuó: “Mi padre era dirigente del Sindicato Ferrocarrilero S.A.M.F.  base del movimiento revolucionario y usted nos construyó nuestra primera casa propia, en la que yo crecí”, continuó emocionado “vivíamos en Colonia del Ferrocarrilero en la zona 5, a la par de donde hoy se encuentra el cementerio Las Flores” concluyó.

Todos en silencio, poco había que agregar, después de los honores de ordenanza al distinguido visitante nos fuimos con un agradable sabor de triunfo del impresionante encuentro.

“vamos a tomarnos un café para conversar de la reunión” sugirió el doctor Arévalo y en prudente silencio, pero con gran ansiedad nos dirigimos al restaurante “la Tertulia”, ubicado en aquel entonces en la 7ª calle y 6ª avenida de la zona 4 que posteriormente se transformó en una venta de carros llamado “El Automático”.

Entrar a un sitio público a la par del Doctor Arévalo, era una sensación indescriptible; los clientes y empleados del lugar se ponían en una posición de alerta y admiración muy difícil de describir, aquel halo de dignidad y señorío inundaban el lugar y le mostraban respeto al hombre que caminaba a pie por las calles de la ciudad y en ocasiones en taxi y cuya fortuna personal no alcanzaba para mucho.  Pero lo suficiente para caminar erguido y en paz.

“Me costó mucho convencer al señor Jefe de Estado que yo no debía ser el Presidente de Guatemala”, rompió el silencio y nuestras ilusiones de verlo como candidato imbatible.

El Candidato Blanco y el Huracán quedaba para su maravilloso libro, en donde en más de 600 páginas describe un solo año de la vida de un verdadero político y estadista: Su campaña presidencial de octubre de 1944 a marzo de 1945.

En algún momento, durante la persecución, hice pública la ironía, de la biografía del gobernante de turno apenas contenida con letras grandes en no más de noventa páginas, comparadas con un solo año de la de un político ejemplar en un libro de letra pequeña apenas contenido en cientos de páginas saturadas de sabiduría, civismo y patriotismo inigualable.

Disculpen que les haya tomado su tiempo y atención en este domingo de ramos con la verdadera historia, no contada por las crónicas oficiales o sesgadas por la pasión ideológica y política, alejándolos hoy de la coyuntura nacional.

Quién no conoce su historia, le borran su pasado para robarle su cultura, su identidad y a sus héroes, no sabe en qué fundar su presente y tendrá cien caminos inciertos para forjar su futuro.

Más vale repasar y corregir el camino que dar un paso al precipicio.

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