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El Asesinato de Marat

Editado Para La Historia

Las revoluciones son momentos de grandes cambios y desarraigos. La palabra lleva intrínseca su definición, revolución.

Desde que existe, el ser humano se ha visto envuelto en varias revoluciones. Las revoluciones no tienen que ser exclusivamente políticas. También pueden considerarse revoluciones cambios drásticos en la forma de pensar, en la forma de producir… Algunas de estas revoluciones políticas, han cambiado drásticamente al mundo.

Sin lugar a duda, una de ellas fue la Revolución Francesa. En Francia, antes de esta revolución, había una monarquía autocrática. La historia ha demostrado que las monarquías constitucionales tienen mayor posibilidad de supervivencia. No solo estaban dadas todas las condiciones sociales para exigir cambios rotundos al rey Luis XVI, sino que una escasez generalizada de alimentos en Francia debido a un lejano volcán de Islandia había encarecido los artículos de primera necesidad.

Una vez ya en marcha la revolución, para 1793, y dentro del marco de uno de los periodos que esta vivió, la Convención, hubo una gran polarización de ideas entre los revolucionarios. De una parte, estaban los girondinos. Su nombre viene del gentilicio de Gironda, de donde venían muchos de ellos. Los girondinos tenían una posición más conservadora. Por otra parte, estaban los jacobinos más extremistas y exaltados. Entre los jacobinos, que con el poder de la palabra y la amenaza de guillotinamiento habían tomado la palestra de la escena política, había varios personajes importantes, entre ellos Maximilien Robespierre y Jean-Paul Marat. Es precisamente de Marat de quién les quiero hablar hoy.

Originalmente, Marat era médico de profesión. De hecho, había ejercido dentro del grupo de doctores que atendían a un hermano de Luis XV. Después, venido a menos, se dedicó al periodismo y, falta de un techo decente, vivía en las cloacas de la muy sucia París. Quizás a consecuencias de esta experiencia sufría una grave enfermedad de la piel. Recientemente, y gracias a restos de su sangre en uno de los papeles en los que escribía, científicos españoles descubrieron restos de Melassezia restricta, un hongo que sería el responsable de una fuerte dermatitis seborreica. Por otra parte, su incesante tensión nerviosa por su posición política le causaba grandes dolores de cabeza y seguramente aumentaba su sufrimiento de la piel.

Tan grave era su afección de la piel, que tenía que estar durante largas horas en una pequeña bañera sumergido en un agua sulfurosa hasta el pecho. En la cabeza llevaba un paño sucio impregnado en vinagre para tratar de mitigar sus incesantes migrañas. Sobre los bordes de esta bañera, que en francés se llama “sabot”, colocaba una plancha de madera y, como la forma de la bañera lo obligaba a estar sentado, aprovechaba sus horas de tratamiento para escribir exaltantes arengas al pueblo de París en su periódico L’Ami du peuple (El Amigo del Pueblo). Tan grande había sido la presión contra los girondinos que muchos de ellos, para poder conservar su cabeza sobre sus hombros, decidieron huir de París. Fuera de la capital, arengaban a otros revolucionarios del resto del país para luchar todos juntos contra los jacobinos que se habían hecho fuertes en la capital. El lugar que escogieron para refugiarse fue la ciudad de Caen en Normandía, muy cerca de la costa del Canal de la Mancha.

El otro personaje de nuestra historia de hoy es una señorita, hija de una familia de la pequeña nobleza empobrecida, Marie Anne Charlotte Corday, que había perdido a su madre a corta edad, lo que causó mucho daño a la niña que estaba muy apegada sentimentalmente a su madre. Ante la imposibilidad de poder mantener a sus cinco hijos, su padre envió a las tres niñas a un convento, la Abadía de las Damas, para que las señoritas recibieran una educación adecuada. Ya pasados los 20, una tía de Marie Anne Charlotte la recibió en su casa en la ciudad de Caen. Casualmente, la casa de la tía se encontraba a 2 puertas del sitio donde se reunían los girondinos para sus reuniones y discusiones políticas.

Marie Anne Charlotte estaba impregnada por la lectura de los clásicos de la antigüedad. De hecho, toda esta época de la revolución francesa fue un momento de gran divulgación de la literatura griega antigua. Con su cabeza llena de personajes heroicos y con la idea de la abnegación del ser humano por metas superiores, nuestra Marie Anne Charlotte escuchaba en silencio a los oradores vecinos de su tía. Una buena mañana, ella tomó la decisión de inmolarse por el bien de la Patria, a semejanza de los héroes de los muchos libros que leía. Su decisión era clara: vengar la muerte de tantos inocentes y evitar futuras muertes. Sin anunciárselo a nadie, se despidió por carta a su padre diciéndole que se refugiaría en Inglaterra.

Tomó un carruaje que la llevó a París. Allí se alojó en un pequeño hotel, el Hôtel de la Providence. Su intención era ajusticiar a Marat clavándole en el pecho un puñal durante uno de sus incendiarios discursos en la Convención. En París tuvo la noticia de que Marat no asistía a las reuniones de la Convención debido a su lamentable estado físico. Debemos señalar que los problemas de la piel de Marat se veían agudizados en estos momentos; estoy hablando del 13 de julio de 1793 y en París se vivía una fuerte canícula. Pronto imaginó Marie Anne Charlotte la astucia de venir a casa de Marat con la intención de acercársele so pretexto de que traía noticias sobre los contrarrevolucionarios de la ciudad de Caen.

En uno de los negocios del Palais Royal, lugar con mala fama en horas nocturnas, Marie Anne Charlotte compró un cuchillo para cortar carne. Su puño era de marfil con un pequeño engaste en oro. No le fue fácil llegar al apartamento de Marat. Primero tuvo que sortear a la conserje del edificio que tenía la orden estricta de no permitir la entrada de nadie a ese apartamento. Marat vivía en concubinato con Simone Évrad. Ella y su hermana se ocupaban del bienestar del revolucionario. Al llegar a la puerta, Marie Anne Charlotte insistió en entrar para darles noticias de inteligencia directamente a Marat.

Ante la algarabía de que entra o no entra y el alto tono de voz de las mujeres, desde su bañera Marat preguntó de qué se trataba. Ya no se le podía ocultar al revolucionario enfermo que había una joven en la puerta.

– “¡Que pase! dijo.

– “Ciudadana, ¿qué tienes que informarme?

– “Vengo de Caen, donde se han refugiado varios girondinos que están reuniendo adeptos de otras ciudades para venir a atacar a París.

– “¿Cuántos son?

– “18”.

– “Nombres”.

De memoria dictó Charlotte los 18 nombres de los jóvenes que ella escuchaba a dos puertas de casa de su tía.

– “No te ocupes ciudadana, dentro de unos días todos ellos serán guillotinados.

Esto era lo que esperaba Marie Anne Charlotte para sacar de su seno el puñal y en un gesto firme y certero lo encajó en medio del pecho de Marat. Ante el grito de las mujeres de la casa, otros revolucionarios llegaron al lugar y por intervención de la policía no fue linchada Marie Anne Charlotte en ese mismo sitio. Fue llevada a la cárcel y en los interrogatorios, con gran firmeza y valentía, alegaba una y otra vez que ella era la única que había planificado toda esta acción y que nadie debía ser importunado por ella.

Huelga decir que, por muy revolucionarios que fueran estos hombres, no podían creer que una mujer, por demás joven, bella y de muy buenas maneras, hubiera podido organizar ella sola el asesinato del revolucionario. En muy pocos días fue llevada ante los tribunales con un juicio evidentemente amañado. Sin embargo, el juicio de Charlotte fue una tribuna de arenga que ella utilizó para enaltecer su criterio, su posición republicana y su desprecio por aquellos que en nombre de la revolución guillotinaban incluso por una denuncia anónima. En ningún momento Charlotte, como una verdadera heroína de la antigüedad, lamentó el asesinato que había realizado. Siempre mantuvo su mirada en alto y una sonrisa en los labios. En poco tiempo se leyó la sentencia: muerte por guillotinamiento.

Durante el juicio, ya había visto Charlotte un joven que dibuja su retrato. Al preguntársele cuál era su última voluntad, Charlotte pidió que el joven pintor viniera a su celda para terminar su trabajo. Los finos modales, el pensamiento tan claro, su propia belleza y el discernimiento tan preciso de esta joven subyugaron al joven pintor François-Séraphin Delpech, a quién le debemos al rostro de los últimos momentos de Charlotte. Mientras tanto, otros dirigentes de la Convención le encargaron a David, el pintor de la revolución y posteriormente del imperio, el retrato de Marat asesinado en su bañera. Hoy se puede contemplar esta obra maestra del célebre pintor en los Museos Reales de Bellas Artes de Bruselas.

Rápido voló la noticia de la muerte de Marat a todos los rincones de Francia. Solo que los revolucionarios omitieron el Marie Anne en las noticias. Solo hablaban de Charlotte y en un inicio sus familiares no podían entender que se trataba de su Marie Anne. Fue condenada a vestirse de rojo para llegar a la guillotina. Este es el color destinado a los parricidas. En una carreta de mala muerte fue llevada Charlotte hasta la Plaza de la Revolución, maldecida y maltratada por los parisinos. Simón, el verdugo operador de la guillotina, que tanto trabajo tenía en aquella época, diría más tarde que pocas veces vio entre sus clientes tanta dignidad y valentía como la que mostró esta joven.

Con su acto, Charlotte, cuyo objetivo era poner fin a tanta muerte inútil, causó un efecto contrario. Es el asesinato de Marat lo que genera lo que la historia llama la época de El Terror de la revolución francesa. En esos tiempos, la guillotina trabajó día y noche. Fue el momento de mayor número de ejecuciones innecesarias en Francia. Marat fue llevado con todos los honores de un héroe al Panteón, la antigua iglesia de Santa Genoveva, en la orilla sur de París. Como todo lo que sube baja, 18 meses más tarde fueron sacados por la puerta trasera del Panteón los restos de Marat.  Jean-Paul Marat es uno de los muy pocos personajes de la historia de Francia en ser retirado de tan solemne lugar, despanteonizado, como dicen los franceses.

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