Ucrania el centro de la atención mundial

Mi Esquina Socrática

Ucrania el centro de la atención mundial y Cuba, el de su olvido.

Y me pregunto una vez más ¿por qué?

Una respuesta simplista ha sido la de que Ucrania tiene largas fronteras terrestres y Cuba, una isla, ninguna. Y que, por lo tanto, Cuba puede ser mucho más fácilmente sofocada desde adentro y Ucrania, en cambio, con mucha mayor dificultad.

Y yo soy cubano, más bien afectivamente que efectivamente sobre todo desde la década de los cincuenta del pasado siglo, cuando me ausenté de su suelo para ir a estudiar a Alemania hace sesenta y seis años y desde entonces no se me ha permitido regresar.

Lo que mucho todavía me duele.

En particular, porque en su decurso los cubanos ingenuos cayeron en la trampa mortal del Embustero Máximo de las Américas, Fidel Castro (1959).

Y durante todo este largo periodo de mi ausencia, “El son se fue de Cuba” como lo cantó Olga Guillot y el sol de mediodía terminó por hacerse una noche absolutamente impenetrable, sin estrella alguna…

Y así, durante esta larguísima noche interminable, todos los jóvenes de Cuba se han quedado también sin futuro alguno, condenados a un silencio oprobioso y permanente bajo el eficiente control de una policía política importada por los hermanos Fidel y Raúl Castro desde la Alemania totalitaria de Erich Honecker.

También para todas sus madres a las que les ha sido arrebatada toda ilusión posible para la felicidad de sus propios hijos.

La noche, la más larga y la más lúgubre en completo silencio de nuestro entero continente americano.

Por otra parte, en muchos rincones de Ucrania desde hace dos meses no menos corre la sangre a raudales; en toda Cuba, en cambio, no corre ya tanto la sangre de los fusilamientos a granel porque tampoco en ella apenas queda vida que exterminar.

Ucrania se nos ha vuelto de pronto un lugar común; mientras Cuba hasta ya ha dejado de ser recordada en la memoria de casi todos.

Por eso hoy quiero aludir a ese refrán tan popular en nuestro gran vecino del Norte: Ríe, y todo el mundo ríe contigo, llora, y llorarás solo”.

Por todo ello también lloro tanto en mi intimidad.

Desde otro punto de vista, he sido educador de profesión toda mi larga vida y por eso me pregunto: ¿Por qué los risueños educandos de otrora en aquel paraíso del Caribe, por el mundo entero en aquellos años de mi juventud tan admirado y visitado, se han tornado momias sin voz ni voto alguno en el concierto civilizado de la humanidad?

¿Por qué ya no más disfrutamos de un José María Heredia que cante inédito a cualquier imponente Niagara del mundo, o de un Félix Varela que sea el primero en el mundo en abrir un surco para una innovadora cátedra universitaria en torno al estudio del derecho Constitucional? ¿O un Carlos Finlay que vuelva a sanear la entera humanidad de un contagio mundial como el de la fiebre amarilla de sus tiempos? ¿Por qué no asoma de nuevo en el horizonte intelectual un matemático cubano como Aurelio Baldor, un poeta heroico como José Martí, u otro musical como Ernesto Lecuona, o un físico como Marcelo Alonso, o una restauradora del ballet clásico como Alicia Alonso? ¿O hasta una poetisa lírica, que con “Amor y orgullo” deja en su huella planetaria tal como lo hizo  en su momento Gertrudis Gómez de Avellaneda?… ¿O tantas otras luminarias de la prosa y del drama, de la invención y del método, del heroísmo o de la virtud, como se puntearon en nuestro cielo de otro entonces?…

Se me ocurren algunas hipótesis muy en particular:

Porque ya no se puede pensar como libres en Cuba desde hace dos tercios de siglo. Ni porque tampoco existe ya la posibilidad alguna de innovar, o de inventar, o de acumular, o de siquiera cuestionar las condiciones mínimas para todo avance creativo del espíritu. ¿O desde cuándo el cementerio se pudo haber tornado en fuente de cualquier forma de vida, o de una superior, o de una la más mínima?…

¡Pues Cuba hoy es un gigantesco y abandonado cementerio para quienes ni siquiera han tenido una sola oportunidad en sus cortas vidas de poder soñar, cambiar, mejorar o de expresarse a voluntad!

El silencio, más bien, de los cementerios…

Lo que me lleva de nuevo a aquel grito tan melodioso de la por mí siempre muy admirada chilena Violeta Parra, que se extinguió siquiera algo más tarde que el promedio de hoy de los cubanos en una República de Chile aun genuinamente libre con un himno agradecido que solo lo pueden hacer resonar los genios aún dueños de sus destinos y en sus años mozos:

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dio dos luceros, que cuando los abro

Perfecto distingo lo negro del blanco
Y en el alto cielo su fondo estrellado
Y en las multitudes el hombre que yo amo

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado el oído que en todo su ancho
Graba noche y día, grillos y canarios
Martillos, turbinas, ladridos, chubascos
Y la voz tan tierna de mi bien amado

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado el sonido y el abecedario
Con él las palabras que pienso y declaro
Madre, amigo, hermano, y luz alumbrando
La ruta del alma del que estoy amando.

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la marcha de mis pies cansados
Con ellos anduve ciudades y charcos
Playas y desiertos, montañas y llanos
Y la casa tuya, tu calle y tu patio.

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me dio el corazón que agita su marco
Cuando miro el fruto del cerebro humano
Cuando miro al bueno tan lejos del malo
Cuando miro al fondo de tus ojos claros.

Gracias a la vida que me ha dado tanto
Me ha dado la risa y me ha dado el llanto
Así yo distingo dicha de quebranto
Los dos materiales que forman mi canto
Y el canto de ustedes que es mi mismo canto
Y el canto de todos que es mi propio canto
Gracias a la vida que me ha dado tanto.

Pero a mis queridos jóvenes desconocidos de la Cuba de hoy: no habéis vivido lo que con tanta facilidad hemos recorrido otros muchos; por eso mismo creo con la tozudez de la fe que Dios os compensará de tantísimo vacío mientras que nosotros los demás sí podíamos vivir a voluntad como Violeta Parra nuestras vidas y celebrar nuestros amores.

No sé cómo llenar tanto tiempo y tanto espacio en el lugar donde yo y millones más los hemos podido llenar.

Pero desde una tierra libre, al menos para mí, os extiendo unas manos tal vez de tantas, pero a aquel estilo del libérrimo San Pedro Claver en Cartagena de Indias hacia los esclavos negros:

 “Tú eres, oh, Señor, el que me restituirás y conservarás mi heredad.”

Y en ese mismo espíritu, al menos, para que también podáis cantar regocijados algún día en el Paraíso: “¡Gracias a la vida que me ha dado tanto!”

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Lea más del autor:

Armando De La Torre

Nacido en Nueva York, de padres cubanos, el 9 de julio de 1926. Unidos en matrimonio en la misma ciudad con Marta Buonafina Aguilar, el 11 de marzo de 1967, con la cual tuvo dos hijos, Virginia e Ignacio. Hizo su escuela primaria y secundaria en La Habana, en el Colegio de los Hermanos De La Salle. Estudió tres años en la Escuela de Periodismo, simultáneamente con los estudios de Derecho en la Universidad de La Habana. Ingresó en la Compañía de Jesús e hizo los estudios de Lenguas Clásicas, Filosofía y Teología propios de esa Institución, en diversos centros y universidades europeas (Comillas, España; Frankfurt, Alemania; Saint Martin d´Ablois, Francia).

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