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INFLACIÓN: APAGANDO EL FUEGO CON GASOLINA

Evolución

Lo que toda la gente nota y sufre es que el nivel general de precios ha tenido un incremento drástico. El caso quizá más sensible es el de los combustibles. Y esto se debe a que se trata de bienes cuya demanda es relativamente inelástica, lo cual significa que los niveles de consumo disminuyen menos con relación a los incrementos en el precio. Esto es debido a la necesidad de consumo de los mismos tanto como parte de procesos productivos como para usos particulares. Lo que no toda la gente entiende son las causas de estos incrementos generales en los precios, lo cual coloquialmente denominan “inflación”; y lo que menos entienden son las soluciones.

Para entender lo que está sucediendo, hay que tener en cuenta al menos dos componentes del fenómeno. Uno es la relativa escasez de materias primas, insumos, mercancías y productos que a su vez es el resultado de diversos factores. Los cierres forzados prolongados de tantas industrias alrededor del mundo so pretexto de la pandemia que implicaron mermas significativas en la producción estable de muchísimos bienes, la crisis de contenedores y los problemas en el transporte de mercaderías y, ahora, la inestabilidad en el abastecimiento de hidrocarburos principalmente, así como otros productos, derivada de la invasión rusa a Ucrania, son algunos ejemplos de diversos factores que, en términos sencillos, han reducido o amenazado la oferta de comodities y productos en todo el mundo, lo cual conlleva a un aumento en sus precios. Esto lo entiende la mayoría de la gente y es, incluso, la excusa perfecta que usan los políticos para evadir la culpa que les corresponde como verdaderos responsables de la inflación, en su sentido genuino. No obstante, se debe señalar que también tienen un buen grado de responsabilidad en esta parte del problema gracias sus políticas desatinadas dizque para evitar la pandemia, con sus desastrosas consecuencias ya conocidas.

En cuanto a la inflación, este es un fenómeno eminentemente monetario y básicamente se produce cuando hay una expansión monetaria. En palabras sencillas, ante un determinado nivel de producción en una economía, cuando los gobiernos inyectan liquidez – entiéndase dinero – al haber más dinero en circulación, su valor, su poder adquisitivo, que es lo que importa, disminuye; y eso se ve precisamente reflejado como un incremento generalizado en los precios. El mantra keynesiano de estimular la producción inyectando liquidez no es más que un mito cuyas consecuencias no son otras que una real e insufrible inflación y, aún así, sigue siendo la “receta” predilecta de los políticos alrededor del mundo. La inflación en Estados Unidos, que actualmente se ubica alrededor de un 8.5%, es en buena medida resultado de una serie de políticas públicas de una irresponsabilidad sin precedentes de parte de su gobierno, mediante las cuales literalmente entregó miles de millones de dólares a la población en una variedad de programas bajo la excusa de querer contrarrestar los efectos de la pandemia que, en buena parte, ellos mismos habían provocado. Aun así, hoy se extrañan que su inflación sea la más alta en 40 años y se encuentre a niveles parecidos a los provocados por las políticas desastrosas de Carter. Nosotros no sólo importamos esa inflación, sino que creamos la nuestra cuando nuestro congreso ordenó al Banco de Guatemala darle diez mil millones de quetzales al gobierno para despilfarrar a su antojo, bajo el mismo pretexto y con la misma consecuencia.

Hoy en la Reserva Federal de Estados Unidos se discute elevar las tasas de interés para frenar la inflación. Cualquier decisión que tomen sin duda tendrá un impacto mundial y una decisión desacertada podría incluso impulsar a la economía de ese país hacia el abismo de la estanflación, lo cual también tendría repercusiones en muchos otros países. A propósito, con el voto de desempate de la vicepresidente Harris, el Senado de Estados Unidos acaba de confirmar como gobernadora de la “FED” a Lisa Cook, una economista de la universidad estatal de Michigan, cuyas áreas de investigación incluyen temas como políticas para atender disparidades de género y raciales para elevar los salarios y promover la innovación; la segregación rural, la violencia racial y los efectos históricos del racismo espacial; o las consecuencias en términos de mortalidad de nombres “distintivamente negros”.  

Porque hablar de una fuerte contracción y reducción del gasto público; imponer una seria disciplina fiscal; o reducir impuestos para fomentar inversiones y creación de empleo, así como para abaratar costos para productores y consumidores, son temas de los que la mayoría de gente no quiere ni hablar, ni siquiera en las actuales circunstancias.

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