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Reseña del libro “Llueve”

Aprovecho este espacio para compartir con los lectores de AZULA una hermosa reseña sobre mi libro Llueve escrita porIsidoro Irroca, narrador y poeta español. Me ha emocionado mucho su lectura e interpretación. Espero que la disfruten.

Azula

No podríamos obviar, y menos en manos de un poeta, el simbolismo intrínseco que acarrea la lluvia, no sólo como sostenimiento de la vida o como elemento purificador y renovador, sino como elemento que encierra emociones que se disparan durante su ciclo. Tal vez por eso, la escritora puertorriqueña Tania Anaid Ramos González, conocida en las redes sociales como Azula, abre su poemario Llueve (Ediciones Kuelap, Perú, 2021) con una interrogación: “De dónde esa atracción por la lluvia”, pero también por el silencio. Desde el inicio, ya desgrana la metáfora que acompañará a todo su poemario, “No importa que la metáfora se repita / en su infinita hambre de ser algún día luz”. Todo lo que necesita la semilla para germinar es lluvia y silencio interior de la tierra. La voz lírica, ajena siempre al ruido y a las miradas, se abrirá en el aire mostrando su fruto. Incluso se lamenta que, en ese recogimiento necesario de silencio y lluvia, donde realmente germina su poesía, también llega a aflorar un sentimiento de soledad al no saber si a alguien le importa o, al menos, llegue a entenderla. Y este es un reclamo importante en sus posteriores versos.

Así continúa esta poesía, como una lluvia constante que parece no dar tregua; pero con matices de intensidad, con ajustes de diferentes registros que van apareciendo y van rompiendo la monotonía del caer de la lluvia. Así, sobre su escritura, llueven emociones de amor y soledad, y dibuja una estancia que es su propia alma, el refugio, su casa, que aguarda siempre una visita anhelada.

Todo se mueve por dentro, bajo la tierra, cuando la lluvia hincha la semilla, en ese clima de humedad, explota en busca de la luz para la que ha nacido. El rocío es el aliento de la lluvia, y la esperanza última del agua es fundirse en el universo del mar.

Versos breves como disparos, dudas… “volver al enigma” es volver a la soledad del recogimiento, es volver al principio de la búsqueda para romperse en un poema. Ello es lo que Azula hace continuamente. Aprovecha el escampe de la lluvia para hallar un momento para la reflexión que plasma en esos poemas breves, a modo de haikus, que dibujan instantes emocionales e intensos en los que se pregunta y reconsidera constantemente su situación. Hasta se permite el uso de versos octosílabos que nos llevan como melodía, como cadencia de una lluvia rítmica y cantarina.

En el anhelo, en la conciencia de que la lluvia es vida, alimento para la tierra, para el corazón que germina en los cuerpos como en la tierra, la voz lírica pretende y quiere saber si ella misma es lluvia para el otro.  Porque también siempre queremos que nos lluevan los besos sobre la piel, pero que no sólo se nos queden en la superficie, sino que lleguen a lo más profundo de las entrañas con intención de echar raíces.

Mientras tanto, el sujeto lírico sigue buscando el camino, aun en la quietud de las cosas, aun en la inquebrantable cotidianidad de la vida… y se termina comulgando con el mismo pecado del mundo: la soledad de la pura existencia, el dolor del sinsentido que, ni siquiera el amor, a veces, es capaz de soportar. Por eso se pregunta “¿Por qué se me viene de golpe / toda la culpa del mundo en el pecho?”

En sus poemas breves, Azula vuelve a la reflexión y a la gravedad, a la metáfora y a la palabra, a dibujar en “El camino de la flor” la necesidad de transcender, como si el camino a la belleza no tuviera ningún sentido si no albergara la querencia de renacer en los otros. Y así se hace necesario perderse en el mar común, hundirse en el concepto universal, fundirse en el magma de la especie para enfriarse luego en una piedra liviana y única, aunque le asalten las dudas y la incertidumbre, que son siempre las paredes del miedo.

Pero en esa situación de anhelo también se reclama ser tormenta y su fuerza, al torrente que se funde en la inmensidad del océano, frente a sentirse situada en un segundo plano, como en la caducidad de un capricho, y así lo deja claro en su poema “No quiero”. Es la exigencia de un lugar que no es el secundario, que no es ser sombra, que quiere por derecho ser luz primera.

A medida que se avanza en el poemario, sigue la fluctuación de emociones que, en plena germinación de la metáfora, sostiene la existencia de la esperanza, de la semilla, del nuevo renacer que se busca después de aguantar lluvias y aguaceros, y que sigue soportando la nostalgia del que no está, de la tristeza que se condensa en llanto y que empuja al refugio del verso:

“Todas las noches te espero

en el mismo lugar…

en el de las palabras y los sonidos,

en el de los sentidos…

de cara al mismo abismo,

como el mito de un poeta frente al mar.”

Quien se hunde en el mar, se hunde en sus secretos, así son los ojos de la poeta, como un extenso mar, que reclama e insiste en esa visión más profunda hacia el “abismo ilusionado” que se esconde como su gran secreto.

 ¿Quién se atreve a adentrarse? Es un continuo reclamo para buscar al que sepa ir más allá de la superficie, a quien traspase la resistencia de la piel y tenga la valentía de querer llegar al alma.

Y ahí está la entrega total… “Mar de mi piel” en donde la voz lírica se sincera, se abre y se queda al descubierto.

Melancolías que se corren como cortinas para evitar la vista del exterior, para resguardar el dolor de las despedidas que te “regresan insistentemente a la soledad”, y la lluvia vuelve a recobrar otra tonalidad porque “Hay historias de amor secuestradas por la lluvia”. La lluvia que todo lo moja y todo lo enternece; noches frías donde la soledad no encuentra calor en ningún fuego, y el silencio de nuevo como síntoma de añoranza, como resultado de la nada, como puerta entreabierta de la tristeza que, quien se atreva a cruzarla, se hundiría irremediable en su alma.

Por eso no se renuncia a la esperanza, siempre queda la espera, esa lucha entre el olvido y el anhelo, esa pugna entre la decepción y la ilusión siempre de encontrar un resquicio por el que pase la luz de la esperanza. Porque el amor es nostalgia, es aceptación entre lo que es y se espera, no es un desamor lo que ocurre en estos poemas, es la impotencia de no poder dar lo que se tiene dentro porque la otra parte ni la reclama ni sabe llegar a ella.

Y en esa tregua, “la oscuridad es una hermosa pausa que conduce a la luz”. La lluvia también es una esperanzadora pausa que conduce a la vida. Por eso, se fraguan en los oscuros otoños todas las más hermosas primaveras. Y así se vuelve al refugio de la poesía, de la vida en la metáfora, de recobrar el sentido en las palabras, de poblar los silencios con los certeros versos que nacen del recogimiento de una noche de lluvia. Y son las palabras las que llenan los campos como semillas, las palabras mojadas que necesitan romper la tierra para renacer y dar una nueva cosecha.

Y se espera, como en una tierra después de un barbecho, a ser de nuevo sembrada, labrada, con el cuidado y con el amor de un campesino que valora la tierra que tiene y que sabe que representa mucho más que su simple sustento físico.

Este es el libro de Azula, “Llueve”, un viaje por el torrente sanguíneo de la lluvia, con un propósito claro, el de fundirse en la inmensidad del océano del alma, una llamada a traspasar las fronteras de la piel, que invita, con insistencia, a entrar en las profundidades de un océano donde se encuentran los más valiosos tesoros y las más tiernas miradas. Por eso, es tan fácil que cualquiera de nosotros nos reconozcamos en estos poemas. Además, porque tras el bautizo de la lluvia, incluso de devastadora tormenta, todos hemos renacido alguna vez con mucha más fuerza, porque como decía J. L. Borges: “La lluvia, sin duda, es algo que sucede en el pasado”, y da su fruto en el futuro.

Sobre el autor de la reseña:

Isidoro Irroca (Granada 1959) es narrador y poeta español de la Comunidad autónoma de Andalucía. Su primer libro publicado es una colección de relatos y microrrelatos titulado La palabra frente al espejo (Editorial Ayame, México). Está próximo a publicar los siguientes libros: 20 poemas para 4 estaciones (poesía infantil), Diario desde las nubes (novela corta) y los poemarios Silencios del subsuelo y Rosa de ausencias.

Ha obtenido varios premios literarios por los siguientes textos: “La Conferencia” (Tercer lugar, VII Edición de cuentos Blas Infante,1999, Málaga); “Tu hijo, Nemesio Rodríguez” (Primer lugar, III Certamen de Literatura Epistolar, 1999, Madrid); “El emigrante” (Segundo lugar, VIII Edición de cuentos Blas Infante, 2000, Málaga); “¡Ay, Satur!” (Primer lugar, IX Concurso de Literatura Epistolar, 2007. Madrid); “Bajo el silencio” (Segundo lugar, XXIII Edición en prosa, 2010, Córdoba); Cariño, tenemos que hablar” (Primer lugar, XVI Certamen literario de relato corto, 2015, Málaga).

Te invitamos a leer el siguiente artículo: Prólogo del libro “Llueve” de Tania Anaid Ramos González -AZULA-

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