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LA RAÍZ DE LA CORRUPCIÓN

Evolución

Recientemente, en una entrevista radial exponía sobre las diversas dimensiones que tiene el problema de la justicia en Guatemala, particularmente alrededor de la designación de la fiscal Consuelo Porras para otro período. Una tiene que ver con la poca probabilidad que, a mi juicio, existe para que desde el Ministerio Público se persigan actos de corrupción significativos dentro de la actual administración gubernamental, dada la manifiesta afinidad que existe entre el presidente y la fiscal, la cual él mismo ha expresado públicamente, siendo su reelección una evidencia notable de ello. La otra se refiere a cómo diversas facciones políticas e ideológicas han tratado de cooptar las instituciones de justicia y, cuando las han controlado, cómo las han instrumentalizado en función de sus intereses. Sobre esa línea un amable oyente emitió un comentario en el sentido que nosotros (me incluyo) los liberales, tenemos un grave problema, que nunca tomamos partido. Mi respuesta fue que es lógico que nosotros “los liberales”, es decir quienes defendemos los ideales del liberalismo clásico, no tomemos partido en la polarización política e ideológica que divide a nuestra sociedad, y en realidad al mundo, en la actualidad, porque las dos posiciones predominantes y presuntamente antagónicas son, ambas, variantes del estatismo, lo cual es en esencia opuesto a los principios que van en defensa de la libertad del individuo.

En cuanto a la izquierda, realmente no hay mucho qué decir. Claro está que salvo los casos en que lograron apropiarse del poder por medios violentos, como sostiene su sistema de creencias, hoy buscan imponer su embuste por medios “democráticos”. Claro está también que en la medida que logran obtener poder político, en esa misma medida buscan aniquilar esos mismos medios democráticos para perpetuarse en el poder e imponer el totalitarismo propio de su agenda. Algunos ejemplos son la censura a la libertad de expresión, hoy evidenciado en la “cultura de cancelación” predominante en la prensa, en la academia, en los medios y redes masivos, que busca aplastar a cualquier forma de pensamiento disidente; o las reformas constitucionales y del sistema político que les permite llevar a cabo fraudes electorales para, bajo la pantomima de democracia, acrecentar su poder y eliminar a cualquier fuerza opositora. Está de más hablar sobre las consecuencias desastrosas inherentes al socialismo.

En cuanto a la derecha, si bien no se venden con la farsa igualitaria del socialismo, la realidad es que resultan siendo igualmente estatistas en el sentido de ampliar el poder del gobierno en detrimento de las libertades individuales, bajo otro tipo de pretextos. En lo económico, se concentran más bien en implementar un sistema de privilegios en beneficio de determinados intereses, lógicamente, a costa de la población. Algunos ejemplos son los proteccionismos y diversos beneficios especiales para determinados sectores, mediante aranceles, subsidios o regulaciones con dedicatoria, manipulación del tipo de cambio y una miríada de limitaciones a la libre competencia. Paralelamente, defienden los mismos postulados estatistas que implican la intromisión del “estado” en una infinidad de actividades que en realidad no le corresponden, bajo la mentira de un ideal “benefactor” que nunca se realiza.

Lo he dicho tantas veces y lo repito. La corrupción es intrínseca al estado. Dejo a usted, amable lector, deducir el porqué los liberales defendemos un sistema de gobierno limitado, que genuinamente deba llamarse república, donde las funciones son aquellas estrictamente necesarias para garantizar la convivencia y la cooperación pacífica entre los ciudadanos, quienes a su vez son los más aptos y calificados para satisfacer sus propias necesidades si se les permite la libertad de progresar; y sin caer en la inmoralidad de que unos, bajo el criterio que fuere, cualquiera injustificable, deban sacrificarse para beneficio de otros. Y para quienes no lo quieran comprender, pues los dejo que le sigan pidiendo al gobierno, sea de derecha o de izquierda, que les provea de cuanta apetencia se les antoje hasta alcanzar su nirvana, entiendan o no que en la misma medida seguirán pagando la factura que ello implica, incluida la respectiva cuota de corrupción; y que sigan con la ilusión que algún día, como por arte de magia, esa corrupción intrínseca al estatismo dejará de ser.

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