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Los tiempos del ruido de Santa Fe Bogotá

Editado para la Historia

Existe un pueblo en América Latina por el que siento un particular cariño. Son los colombianos. Amo a los colombianos. Entiéndase que también amo a las colombianas. Soy de los que consideran que no es necesario utilizar el femenino constantemente para incluir dentro de un todo a las mujeres. He tratado con muchos colombianos. De hecho, mi mejor amiga es colombiana. He tenido la posibilidad de hablar con colombianos de casi todos los estratos sociales, incluso con chicas dedicadas a la más vieja profesión del mundo.

Es necesario decir que los colombianos tienen un acento tan suave, tan agradable al oído, tan cobijador, que es un placer escuchar hablar el español con acento colombiano. Esto no quiere decir que dentro de Colombia todos tienen el mismo acento, claro que no. Los de la costa hablan de una forma más suelta, más desenfadada, más ligera. Los bogotanos más preciosistas con el vocabulario y la pronunciación y los paisas, ¡tan queridos los paisas!, con ese acento que te cala el corazón. Desde hace ya varias décadas, Colombia ha tenido la desgracia de pasar por momentos de verdadera tragedia. No pretendo en este escrito darle ni quitarle la razón ni a unos ni a otros. Es un tema que genera pasiones y no es el objetivo de mi exposición generarlas.

Al llegar los españoles al territorio que hoy es Colombia, se fueron estableciendo prácticamente de la misma forma que hicieron en el resto de América Latina. Primero fundaron las ciudades de la costa, entre ellas las tres perlas caribeñas de Colombia: Santa Marta, Barranquilla y Cartagena. Después se fueron adentrando tierra adentro, subiendo las montañas y fueron surgiendo villas y ciudades, muchas veces en lugares donde ya los primeros pobladores amerindios habían establecido sus poblados.

La fórmula utilizada para el proyecto urbano eran manzanas, siguiendo un plano absolutamente cuadricular conforme al modelo de los municipios que ya existía en Castilla. Repitieron lo que conocían. Las cuadras centrales estaban dedicadas a la iglesia, a un gran parque y a las instituciones necesarias para el gobierno de la ciudad. Cuando los conquistadores subieron las montañas, la fundación de Santa Fe de Bogotá no escapó a estas reglas. Sí, Santa Fe, porque ese fue el nombre original dado a la gran urbe que conocemos hoy como Bogotá. A los habitantes de Santa Fe se les llama santafereños. Santa Fe de Bogotá fue fundada el 6 de agosto de 1538 por Gonzalo Jiménez de Quesada.

Con el paso del tiempo, Santa Fe de Bogotá siguió creciendo, pero a la velocidad en la que crecían las ciudades de Hispanoamérica en aquella época, poco a poco. La vida en la ciudad para finales de los años 1600, es decir, unos 100 años después de su fundación, seguía las corrientes de la época. Sin mucho lugar a donde ir para distraerse de noche, principalmente debido a la falta de electricidad que con su iluminación permitiera que se alargaran los días, los santafereños tenían pocas opciones a la llegada de la oscuridad.

A eso de las 7:00 de la noche, los lugareños solían tomar su última comida del día y, después de rezar el rosario en familia, la mayoría se metía en la cama. Para no ser excepción, en la Santa Fe de Bogotá de la época, al igual que en el resto de las ciudades españolas e hispanoamericanas, existía el reloj de la catedral que, a horas fijas y con sus monótonas campanadas, indicaba la hora a aquellos de sueño ligero. Lo que son hoy grandes ciudades, en aquella época contaban con unos pocos cientos de habitantes y muy pocas cuadras habitadas. También por aquellas épocas existía una profesión ya desaparecida desde hace mucho: el sereno. La misión de este personaje era mantenerse en vela durante toda la noche, recorrer las calles, casi ninguna adoquinada, y con voz profunda y segura anunciarles a los vecinos la hora y que la madrugada transcurría sin ningún tipo de incidente. “Once de la noche y sereno”, solían decir a aquellos que en sus sueños los podían escuchar.

Hoy me quiero referir a un acontecimiento que se produjo el 9 de marzo de 1687, domingo. Acababa de pasar por algunas de las calles de la pequeña ciudad el sereno, anunciando la hora que previamente había sido dada por las campanadas de la iglesia. Eran las 10 de la noche. Súbitamente y sin que fuera precedido por ningún aviso, se produjo un inmenso estruendo que sacó de sus sueños a la mayoría de las personas, aún indecisos de si lo que acababan de escuchar había sido producto de una pesadilla o realmente se había producido ese fortísimo estruendo. Poco tiempo después, un segundo gran estruendo sí sacó del sopor en el que aún se encontraban aquellos que habían sido despertados y, de inmediato, un tercero, quizás aún más intenso que los dos precedentes y que hizo que los habitantes salieran despavoridos fuera de sus casas.

Muchos de ellos estaban en ropa de dormir, incluso algunos como habían llegado a este mundo. Acto seguido sonó sobre Santa Fe de Bogotá un ensordecedor estruendo, profundo, cuya procedencia era imposible determinar. Nadie supo si procedía de lo profundo de la tierra o de los infinitos cielos. Todos los habitantes de la ciudad corrían sin destino alguno, muchos violentaron las puertas de las iglesias porque, como todavía en nuestros días, santafereños o bogotanos, son gente muy pía. Algunos hombres corrían con su espada en mano buscando al invisible enemigo, las mujeres de espanto se desmayaban y los que llegaban a las iglesias le pedían al Altísimo les perdonará sus pecados. Y no es para menos. Repito la fecha: 1687. En pocas otras explicaciones podían pensar los lugareños si no era en un acto de Dios… o del diablo. Y era justo pensar en el Altísimo, porque en la atmósfera se sentía un olor como que de azufre, olor que sabemos está relacionado con el maligno. Los animales también corrían desesperados a diestra y siniestra ante lo aterrador de la situación. Al cabo de 15 minutos… el ruido se apaciguó.

En los días siguientes aumentó las cantidad de confesiones en los confesionarios de las iglesias de la ciudad, los enemigos restablecían su amistad, los acreedores perdonaban las deudas. Tan grande fue el sentimiento de miedo que dejó entre los habitantes que comenzaron a construir iglesias en lugares que circunvalaban la ciudad a modo de protección contra Satanás. Con posterioridad, se supo que en lugares tan lejanos como en Ecuador y en Perú ese día y a esa hora se habían producido fuertes terremotos.

Hasta el día de hoy, no se sabe a ciencia cierta qué fue lo que produjo aquel pavoroso ruido del 9 de marzo de 1687 en Bogotá a las 10 de la noche. No pocos dicen que se debió a algún meteorito que habría estallado en las capas superiores de la atmósfera sobre la ciudad, ya que algunos meteoritos vienen acompañados con olor a azufre. Los detractores a esta hipótesis alegan que, de haber sido esta la causa, no habría durado tanto tiempo. Es evidente que todavía existen personas que siguen pensando que fue un hecho sobrenatural, debido a Dios o a Satanás. Algunos terceros consideran que fueron seres alienígenas los que produjeron este histórico acontecimiento y existe un cuarto grupo de personas que son de la opinión de que este incidente jamás existió y que se debe solamente a la imaginación de los cronistas de la época.

Lo cierto es que, desde entonces, entre los bogotanos, cuando se quiere hacer referencia a algo que ocurrió hace mucho tiempo sin poderle poner una fecha exacta dicen: -Eso ocurrió en los tiempos del ruido-.

Lo invitamos a que lea más del autor en: https://elsiglo.com.gt/2022/07/18/el-fantasma-de-la-opera/

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