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PARA MIS ENEMIGOS, ¡LA LEY!

Evolución

Los acontecimientos que recientemente se han suscitado en Guatemala de nuevo han evidenciado la profunda polarización que existe en el país. Por un lado, unos reclaman que existe persecución política de uno de sus interlocutores; por otro lado, los otros celebran la caída de uno de sus adversarios. Lógicamente, los puntos de vista contrapuestos se defienden desde los particulares sesgos ideológicos de cada uno de quienes vociferan sus posiciones, incluida la prensa pseudoinformativa, predominantemente sesgada también, puesto que para nadie vendría a ser sorpresa lo que se dice en los editoriales, el cual debiera ser el único hábitat natural de las opiniones, pero desde donde, de igual manera, se libra la misma guerra. Las voces que demuestran algún grado de objetividad y sensatez son una exigua minoría.

Se lanzan denuncias que, disfrazado de justicia, el aparato coercitivo estatal con todo su rigor ha sido instrumentalizado al servicio de determinados intereses, con la misma hipocresía que se ignora exactamente el mismo hecho denunciado cuando las posiciones son invertidas. Quienes sostenían que la administración de justicia era infalible e incuestionable cuando estaba en manos de sus allegados y la alentaron en todos los atropellos que cometió, hoy la describen como corrupta, inservible e imposibilitada de sostener un solo argumento razonable y con algún grado de sustento para presentar una acusación e, incluso, pretenden que sus correligionarios sean exculpados por mera compurgación. Y con esa misma mentalidad medieval tuvieron nula piedad cuando su inquisición llevó a la cárcel a “otros” inocentes. Ello, con el mismo fanatismo que sus opositores exhibieron al satanizar un experimento que si bien se desvió de su camino y abusó de su poder, no dejó de tener algunos aciertos rescatables, fanatismo con el cual hoy exaltan otra administración de justicia que no da garantía de combatir la corrupción.

No sabemos con certeza quién o cuándo se acuñó la frase que da nombre a esta pieza, pero lo que está claro es que, más que una expresión común en nuestro lenguaje cotidiano es una práctica profundamente enraizada en nuestra cultura política. La lucha política en Guatemala, que aún conserva rasgos democráticos, es una batalla para subirse al trono del poder y abusar de él, beneficiarse de él y servirse de él para aplastar a los “enemigos”. Y nada de eso cambiará mientras el resto no entendamos que nuestra guerra más bien consiste en lograr que se consolide un verdadero sistema Republicano, y no de nombre como el que tenemos, lo cual implica una profunda reforma al sistema político que garantice una verdadera separación, independencia y contrapesos entre poderes, así como los frenos al poder, propios de un verdadero Estado de Derecho, que garanticen el respeto por igual de los derechos de todos los individuos, independientemente de quiénes sean quienes aspiren a ser los déspotas de turno.        

Libre emisión de pensamiento.

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