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No admite puntos medios, ni grises

Conversemos acerca de.

Hace muchos años me encontraba en un departamento de un país centroamericano realizando una consultoría para estudiantes de primaria, cuyas características del colegio eran las siguientes: rural, multigrado, (entiéndase, donde los grupos de trabajo son integrados por alumnos de diferentes grados) de primero a sexto grado, dos docentes, uno el director y el otro el subdirector y en cuanto a la cantidad de estudiantes, unos 12 -16 estudiantes, donde muchos de ellos se trasladaban a pie o caballo, con apoyo de los padres, de zonas que distaban hasta tres kilómetros de distancia.

La estructura del colegio era muy básica – techo de zinc, pizarra de madera pintada de verde, sus paredes eran de madera, similar sus ventanas y puertas, piso de tierra -; en el caso del mobiliario, pupitres, mesa o escritorio del profesor, mueble con divisiones donde guardaban sus cuadernos, así como sus morralitos con la alimentación del día. En la pared de fondo, la bandera del país y un mural en la cual se apreciaban imágenes de los patriotas.

La visita, era para validar un texto de ciencias naturales, que habíamos elaborado para ellos/as – ilustrado, con actividades lúdicas, etc.

¿Qué me llamó la atención? Al llegar, descendía el director, para recibirnos, y detrás en fila, venía “toda la escuela” detrás del mismo. Se detuvieron frente a nosotros, llevándose a cabo el intercambio protocolar, me presentaron como el “señor que hacía los libros” con los que venían trabajando. ¿Las reacciones? Asombro, desconcierto, sonrisas temerosas.

Cuando me presenté, escuchar “otro lenguaje” (modismo, ritmo, entonación), para estudiantes de primaria (que no era mi fuerte, en atender niños/as y menos de esa edad), como docente universitario, creo que realmente fue un fracaso de comunicación, pero a la vez “sembrar” el temor y desconfianza.

No logrando con ello, ni sentirme seguro, ni ellos tampoco de que el proyecto funcionase, la esperanza que lográsemos nuestras expectativas, y tratar de lograr la familiaridad al tratar con los menores, se reducía a cero. ¿Vencedor? La desconfianza.

Referirnos a la confianza como valor, vendría a ser la hipótesis que nos formulamos sobre la conducta futura de algo que no depende de nosotros, que dependiendo del grado de correspondencia de lo que acontece con lo que esperábamos, nuestra confianza podrá fortalecerse o debilitarse.

No queda duda que, como valor, el mismo se debilita ante la avalancha de la información que en ocasiones ocupan los primeros planos en las redes sociales, medios periodísticos y en general en audiovisuales, donde se destacan las noticias amarillas, rojas las cuales nos hacen temer de quienes nos rodean.

¿Y en el caso de la Educación? Una institución de esta naturaleza, ha de promover de forma integral dicho valor, cualidad medular, por parte de todo el personal que labora en el mismo, partiendo del profesorado que, a la hora de compartir conocimientos, para ser aplicados, los mismos posean una base científica, punto de partida para la aplicación de los procesos de la investigación científica la cual ayuda a la obtención de información relevante y fidedigna, con el fin de comprender, verificar, si es necesario corregir para obtener un claro y profundo conocimiento  y actualizado.

Un docente que flaquee ante una duda, automáticamente, puede poner en entredicho su profesionalidad, de aquí la necesidad de la auto superación constante y aquellas promovidas por la institución.   

Igual sucede cuando en el seno familiar, por ejemplo: cuando las promesas se “desvanecen”; cuando la relación entre los padres de familia no es la adecuada y prima la desavenencia.

Queda claro que la confianza, como virtud y como valor, no se logra de la noche a la mañana, siendo necesario para ello cultivarla, desarrollarla como cualquier dimensión humana, con la repetición continua de acciones de servicio, de buen ejemplo, de promesas cumplidas, de la práctica y defensa de la verdad, de la transparencia en el actuar, de la coherencia con sólidos principios, de responsabilidad y justicia social, ligado a una alta dosis de pensamiento crítico y un esfuerzo por adquirir hábitos educativos y éticos relevantes.

Los beneficios de contar con la confianza como un valor arraigado en la cultura pasan por el compromiso, el reconocimiento, la realización individual y colectiva y la eficacia. La confianza genera un círculo virtuoso en los equipos y las organizaciones.

Cierro el artículo de hoy con la siguiente frase:

“La mejor forma de averiguar si puedes confiar en alguien es confiar en él”; y aprovecho para preguntarte: ¿te arriesgas?

Ernest Hemingway
Libre emisión de pensamiento.

Lea más del autor: Algo necesario que debe retomar mucha fuerza: el trabajo en equipo Parte II