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Logos-Interludio íntimo

Paisaje invernal en alguna región de mi patria inmortal

Lánguidos tañidos de viejas campanas anunciaban que eran ya las seis de la tarde de aquel domingo invernal. Los tañidos se propagaban hasta lejanos confines del valle, y allí eran vagos sonidos que se agregaban a los ecos imprecisos de los inmensos precipicios, y a la sagrada melodía que brotaba de un agudo tzicolaj, y al balido de jóvenes ovejas.

Había llovido desde el amanecer, con espléndido relampaguear y terrible tronar; pero la lluvia cesaba ya, y era tan sólo un sutil lloviznar. Altísimas nubes cúmulo-nimbus se disipaban majestuosamente, y comenzaban a surgir vastas nubes estrato-cúmulos, que en lontananza exhibían difusos contornos auríferos.

El cielo empezaba a mostrar un inmaculado pero moribundo azul-celeste, en el que los últimos relámpagos provocaban asombrosos matices.  Los agónicos resplandores del sol crepuscular iluminaban los fértiles campos cultivados, los densos bosques coníferos, los impetuosos ríos hidrópicos, los crecidos manantiales, las cumbres rocosas, las montañas y las colinas.

Ligeros vapores de agua ascendían lentamente entre la pródiga vegetación. Hongos de fantásticas especies erguíanse sobre las inundadas riberas de los arroyos, y reflejaban en el agua su asombrosa policromía. Minúsculas plantas exóticas, quizá sobrevivientes perdidas de alguna flora primitiva, desplegaban su rara inflorescencia sobre viejos troncos leñosos de milenarios árboles caídos, o sobre silenciosas veredas abandonadas, o sobre las riberas arcillosas de los riachuelos.

Entre los espesos ramajes del bosque, alguna crisálida se convertía en sorprendida mariposa; y entre los frescos rizomas de los renacientes pastizales, grandes coleópteros emergían de los humedecidos poros de la tierra y agitaban sus inquisitivas antenas. Súbitamente dispersas semillas germinaban en el humus fecundo de la bañada floresta. En la superficie del agua tranquila de una laguna, el instantáneo descenso de una libélula, o el salto repentino de un anfibio, provocaba levísimas y rápidas ondas acuáticas, y súbitamente vibraban flotantes lotos y nenúfares.

Bandadas de pájaros se posaban sobre las ramas de los árboles. De las hojas, sacudidas por el aletear de las inquietas aves, caían grandes gotas de agua, que creaban perspectivas instantáneas, inimaginables del paisaje invernal. Algunas gotas quedaban retenidas en densas telas arácnidas que se tendían entre los ramajes; e iluminadas por el sol palidescente, emitían efímeras irradiaciones prismáticas, que se reproducían en los ojos inmóviles de un viejo reptil. Otras gotas resbalaban sobre temblorosas briznas de hierba, o sobre caídas hojas quebradas de viejos otoños, o sobre lirios caminantes y fragantes madreselvas.

Fluía agitada el agua de los ríos en el fondo de los barrancos. Se disipaba un arco-iris que se tendía allende la vasta campiña. Ocultos grillos arborícolas frotaban ya sus vibrátiles alas. El viento llevaba aromas de tierra, de pastos y de flores. Y bosques, montañas y valles parecían flotar entre la ligera bruma ascendente.

Post scriptum. Y toda la Naturaleza evocaba las glorias grandiosas de una misteriosa causa suprema de todas las cosas.

Libre emisión de pensamiento.

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