Sintomatología elemental de la estupidez

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Me abstengo de intentar una definición de la estupidez. Cómodamente prefiero presuponer que poseemos de ella una noción suficiente para discernir entre el individuo estúpido y el no estúpido. Y presupuesta tal noción expongo algunos síntomas elementales de la estupidez.

Primer síntoma. Creer que insultar es refutar. Es un síntoma notable del individuo estúpido. Refutar consiste en demostrar que un argumento no es válido; y no lo es porque la conclusión no se deduce necesariamente de la premisa o de las premisas.

Empero, el individuo estúpido no sabe de premisas y de conclusiones, y su mejor opción es ejercer su zoológica facultad de insultar. Y como si su propósito fuera demostrar que es espléndidamente estúpido, y que ejerce la estupidez con arrogante soberanía, se esfuerza por incrementar el poder ofensivo del insulto, o por multiplicarlo. Sin embargo, aunque ese incremento y esa multiplicación tiendan al infinito, su insulto jamás será refutación, y su estupidez siempre será su más preciosa dotación.

Es un síntoma de algunos políticos: creen que insultar a sus adversarios es refutarlos. O si ninguno es capaz de argumentar, creen que un intercambio de insultos es un intercambio de argumentos.

Segundo síntoma. Intentar refutar aquello que nunca se ha entendido, ni se entiende, ni se entenderá. El individuo estúpido intenta esa refutación porque padece de una espantosa miseria intelectual genéticamente impuesta.

Es una miseria que no solo es causa de que el individuo estúpido intente refutar aquello que le está prohibido entender, sino que también es causa de que, con renovada energía, persista en refutarlo.

Es un síntoma de algunos pretensiosos académicos de la filosofía: intentan refutar a un gran filósofo, a quien no han entendido, ni entienden ni entenderán; y hasta creen tener el genio que el filósofo presuntamente refutado no tenía.

Tercer síntoma. Pretender saber aquello que precisamente se ignora. Empero, el individuo estúpido no solo pretende saber lo que ignora. También pretende que su ignorancia es sabiduría, y que el único saber que hay en el mundo es aquel que él pretende poseer como un maravilloso tesoro. Para él. en su delirante mundo de fecunda estupidez, los límites de su insolente ignorancia son los límites del mundo.

Esta pretensión de sabiduría del individuo estúpido es el origen de una ley, que puede ser enunciada de esta manera: el grado de sabiduría que un individuo estúpido cree tener tiende a ser directamente proporcional al grado de estupidez que padece. Es decir, el individuo más estúpido tiende a creerse más sabio.

Es un síntoma de algunos legisladores: pretenden ser poseedores de la ciencia del derecho; pero realmente son poseedores de la ignorancia del derecho. Y por tal ignorancia decretan leyes incompatibles con el derecho, destinadas a ser maldiciones jurídicas.

Cuarto síntoma. Atribuirse aquello que, por su más íntima naturaleza, la estupidez excluye: la inteligencia. El individuo estúpido no cree ser estúpido; pues por su esencia misma, es decir, por ser estúpido, no cree que lo es. Cree ser inteligente.  Y puede enunciarse también esta ley de la estupidez: el grado de inteligencia que un individuo estúpido cree tener tiende a ser directamente proporcional al grado de estupidez que padece. Es decir, el individuo más estúpido tiende a creerse más inteligente.

Es un síntoma de algunos gobernantes: se atribuyen inteligencia precisamente para gobernar. Hasta pueden pretender que la catástrofe que provocan sus intenciones, sus actos y sus obras realmente no es catástrofe sino bendito producto de su fabulosa inteligencia, tan fabulosa, que nadie puede percibirla. O hasta pueden pretender que tienen inteligencia porque tienen poder, como si el poder dotara de inteligencia.

Quinto síntoma. Suponer que la convicción es prueba de la verdad. Es evidente que podemos estar convencidos de una creencia falsa; pero el individuo estúpido prescinde de esa evidencia.

Su creencia tiene que ser verdadera porque está convencido de ella, y hasta se jacta de que una atinada providencia o un grandioso designio de la historia le ha inspirado esa creencia. Por supuesto, la convicción no puede ser refutada. Se refuta un argumento; y la convicción no lo es.

Es un síntoma de algunos ideólogos: suponen que por estar convencidos de la verdad de su ideología, su ideología es verdadera. No importa que los hechos infatigablemente demuestren que es falsa. La convicción es estúpidamente más importante que los hechos.

Post scriptum. La estupidez es fecunda en variedades. Destacan dos: estupidez analítica y estupidez sintética. La analítica consiste en creer que la parte es el todo. La sintética consiste en creer que el todo es la parte. Y también destacan estas dos: la estupidez docta, o con elevado grado académico, y la estupidez indocta, o con primitivo conocimiento, suficiente únicamente para conservar la vida.

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