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Fantasma de la patria muerta y esperanza de resurrección

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En uno de los primeros días del mes de septiembre encontré en el decadente buzón de mi casa, un mensaje escrito con letras rojas en un blanco papel pergamino. Lo leí con suma incredulidad. Había sido enviado por alguien que afirmaba ser un fantasma.  “Pero no se asuste. Soy un fantasma inocuo”, decía el autor del mensaje, y proseguía así: “Quiero conversar con usted. Lo invito a cenar.”

El mensaje informaba sobre el día, el lugar y la hora de la cena, y terminaba con estas palabras: “No importa que usted acepte o no acepte la invitación. Yo lo esperaré en aquel día, y en aquel lugar, y en aquella hora. Tendré la apariencia de un viejo caballero tan triste como usted nunca podría imaginarlo. Quizá soy la tristeza misma.” Acepté la invitación.

La cena sería un jueves, a las ocho de la noche, en un hotel de Antigua Guatemala. Ese día era 15 de septiembre. Arribó tal día, y llegué al hotel, que estaba situado entre las ruinas de un convento, entre cuyos fragantes jardines, precisamente durante la noche, parecían deambular lentamente difusos monjes orantes. En ese hotel los fantasmas eran rutinarios visitantes, quizá siempre imaginados y nunca observados. Se conjeturaba que eran fantasmas de almas que querían expiar una pena, o vengarse de una ofensa, o delatar al autor de un olvidado crimen, o revelar el lugar en donde estaba oculto un fantástico tesoro.

Allí estaba. ¿Cómo no reconocerlo? ¡Era ciertamente el ser humano más triste que podía imaginar! Estaba sentado frente a una mesa redonda, en cuyo centro había una rosa desmayada, iluminada por la llama tambaleante de una vela que la derretida parafina adornaba de manera impredecible.

Me miró y, con un gesto cortés, sugirió que me sentara, y me dijo: “Recuerde que soy incorpóreo, y comprenda, por favor, que tengo que simular que soy corpóreo. Ya cometí un error en este mismo hotel: descuidadamente atravesé una pared, y un huésped que me observó huyó espantado; pero no había motivo para el espanto. Hubiéramos podido ser amigos.”

Un mesero tenaz obligó a pedir la cena; y mientras la cena era preparada y servida, inicié la conversación.“Alguien me dijo que un fantasma es una especie de espíritu de ser humanos que ha muerto, y que visita a los vivos, ya con propósitos benévolos, ya con propósitos malévolos. Usted, ¿fantasma de qué extinto ser humano es, y cuál es su propósito de visitar a los vivos?”Su respuesta fue la siguiente: “Soy el fantasma de una patria que ha muerto. Murió asesinada. Es su patria.”

“¿Quién la asesinó?”, le pregunté. “La asesinaron todos sus hijos”, me respondió. “¿Y cómo?”, le pregunté. “Fue asesinada con mil puñales. El primero, el que provocó la más grande herida, fue la indolencia: dedicados sus ciudadanos a sus asuntos privados, no se ocuparon de ella.”

“El segundo fue que los mejores ciudadanos la despreciaron. Nunca quisieron gobernarla, y entregaron el gobierno a los peores. El tercero fue la irresponsabilidad: cuando los gobernantes destruían la patria, todos optaban por la resignación, y no por la rebelión.”

“El cuarto fue la complicidad. Los cuantiosos saqueos del tesoro público fueron contemplados con indiferencia, investigados con negligencia y, finalmente, premiados con impunidad. La ineptitud de los funcionarios públicos fue admitida como si fuera una virtud. No hubo preocupación por la justicia, el derecho y la legalidad, sino preocupación por convivir con la arrogancia de la injusticia, la corrupción del derecho y el imperio de la ilegalidad.

“No quiero hablar de los puñales adicionales que hirieron a la patria de la cual el fantasma soy, aunque no puedo evitar la evocación de aquellos brillosos y filosos puñales con los que legisladores, jueces y gobernantes, engendros predilectos de la impudicia, despreciados por la moralidad, atacaron el corazón mismo de la patria.”

“La patria ha muerto. Su sangre ha teñido ríos, manantiales y lagos. Ha habido luto en montañas y valles; y se ha marchitado la monja blanca, y ya no ha emprendido vuelo el quetzal. Y han reprimido las auroras sus mágicos fulgores, y los crepúsculos han convertido en sollozo sus últimos resplandores. Usted debe saberlo: la patria ha muerto. Y no os engañéis. La patria ha muerto. Y si creéis que vive, disfrutad de vuestro propio engaño, mientras os acecha, con desgraciada crueldad, el inevitable desengaño.”

“¿Qué quiere ahora?”, le pregunté. “No quiero ser ya doliente alma fantasmática. Quiero que resucite la patria. Y estaré deambulando hasta que resucite.” Entonces le pregunté: “¿Y cuándo cree que la patria podrá resucitar?”

Resucitar la patria no será milagro de la historia sino hazaña de vuestra voluntad. Resucitará cuando los mejores ciudadanos se ocupen de los asuntos de la patria como si fuesen caros asuntos privados; cuando los mejores estén dispuestos a gobernar; cuando jamás la cómoda resignación sustituya al ímpetu de rebelión; cuando aquel que convierte en manantial de ilícita riqueza personal el tesoro público sea condenado pronto a residir en la tumba, como si fuera su legítimo hogar. Y resucitará la patria cuando diputados, jueces, gobernantes y gobernados…”

El fantasma se disolvió. Yo quedé estupefacto. Abandoné el hotel y caminé en las calles ya solitarias de la ciudad. Y no obstante mi senectud, súbitamente surgió, en mi espíritu, energía para combatir por la resurrección de la patria.

Post scriptum. Había furia en mi alma e incendio en mi corazón, y aquella energía fue un resurgimiento de la volcánica energía de mi consumada juventud. ¡La patria muerta tenía que resucitar!

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